Si mal no recuerdo, cuando el Mundial 2022 entró en su fase decisiva, había un fervor pro-Argentina bastante generalizado. Tal vez porque la albiceleste venía jugando lindo desde la Copa América de 2019. Tal vez porque esa ilusión se materializó en el coro «Muchachos, ahora nos volvimo’a ilusionar, quiero ganar la tercera, quiero ser campeón mundial…», convertido en himno popular del torneo. O tal vez porque entendíamos que era la última oportunidad de Messi, un jugador de época.
Nos alegramos por Argentina. Por un equipo aguerrido, de fútbol atrevido y vistoso. Nos alegramos por la historia de ese grupo y por las pequeñas epopeyas que fue construyendo: la reivindicación de Scaloni y su cuerpo técnico; los cuatro golazos de Di María en finales; la consolidación en el once inicial de Julián Álvarez, Alexis Mac Allister y Enzo Fernández; las locuras del Dibu Martínez… Y, sobre todo, nos alegramos por Messi, porque el Mundial cerraba su ciclo particular. Su «camino del héroe», en toda regla: el llamado a la aventura; las primeras pruebas; la renuncia a la selección después de tres finales perdidas; la «ayuda sobrenatural» de Scaloni y una generación dispuesta a arroparlo como nunca; la esperanza renovada con la Copa América. Solo faltaban la prueba definitiva, la apoteosis y el regreso a casa. La mayoría de quienes amamos el fútbol lo vivimos así.
¿Qué ocurrió en estos cuatro años para que, en la recta final del Mundial 2026, aquel entusiasmo se haya transformado en sospechas, acusaciones e incluso hostilidad hacia la Argentina?
Puede haber una sensación de guion forzado. El viaje del héroe terminó; es momento de descansar. Nadie pidió una secuela.
Pero no creo que vaya por ahí la cuestión. Más bien, esta hostilidad parece un síntoma de nuestra época. No descubro nada si digo que vivimos tiempos de profunda polarización; de algoritmos que premian los mensajes viscerales; de miedo, ira e indignación convertidos en las emociones más rentables; de sesgos de confirmación, reacción conservadora y desconfianza hacia la democracia, la ciencia y las instituciones. En una palabra: conspiranoia.
Y la conspiranoia también llegó al fútbol.
Argentina ocupa hoy el banquillo de los acusados. Se la señala como la selección protegida por la FIFA, se desconfía de cada decisión arbitral que la favorece y se la asocia, por extensión, con esos poderes en la sombra que supuestamente gobiernan el mundo.
¿Por qué precisamente ese equipo al que hace cuatro años gran parte del mundo futbolero enviaba buena energía ocupa hoy el lugar contrario?
Creo que una posible respuesta está en el barro En el barro del potrero y en el fango de la FIFA.
El barro del potrero
César Luis Menotti, el técnico que condujo a la Argentina a su primer título mundial en 1978, decía que el fútbol se basa en tres elementos: espacio, tiempo y engaño. El espacio que se crea y se cierra; el tiempo para pensar, que se gana o se le arrebata al rival; y el engaño, esa llave que permite conquistar ambos mediante técnica y táctica.
No deja de ser significativo que haya sido un argentino quien elevara el engaño a categoría filosófica. Argentina se distingue especialmente por dos juegos —o, más exactamente, por un juego y un deporte—: el truco y el fútbol. El primero consiste, esencialmente, en engañar. El segundo, al menos en una de sus versiones más románticas, la del potrero, convierte el engaño en un arte: la gambeta, el amague, el firulete. Por supuesto, el principio es engañar al rival. Aunque, de vez en cuando, también se engaña al árbitro. Basta recordar a Maradona. No es tan sencillo como antes, sobre todo desde la llegada del VAR. Que le pregunten a Embolo.
La discusión, en realidad, siempre gira alrededor de los límites del engaño. De esa frontera difusa entre la picardía y la trampa, entre la astucia y la deslealtad. ¿Les soy sincero? Entre todas las polémicas arbitrales que han acompañado a Argentina hasta las semifinales, la única jugada que realmente me dejó mal sabor de boca fue el tiro libre de Messi contra Cabo Verde, cuando remata mientras Vozinha estaba acomodando la barrera, después de apurar al árbitro indicándole «silba». Ahí, para ese momento, podía trazar mi propio límite. Hay selecciones —y arqueros— a los que no me molestaría que les hicieran un gol así: los equipos que viven coqueteando con la trampa, las potencias de siempre… o un arquero sobrado. O alemán. Pero Cabo Verde fue una de las selecciones más limpias del Mundial y Vozinha, uno de los jugadores más simpáticos del torneo. Me alegré de que alcanzara a reaccionar y evitara el gol.
Así funcionan estos límites. Son profundamente subjetivos. Dependen de simpatías, antipatías y circunstancias. Me he emocionado con prácticamente todos los goles de Messi en este Mundial. Ese, en cambio, no me habría gustado. Y, sin embargo, cuando él mismo marcó su propio gol con la mano en 2007, sí me alegré. Picardía pura, en un derbi, antes de que el VAR hiciera mucho más difícil ese tipo de travesuras. Un último truco de potrero.
Además, en el barro, también hay lealtad. Casi nunca se juega con árbitro. No siempre se requiere un juez para jugar con honor.
Y hasta ahí con el fútbol de potrero.
Quienes hemos jugado fútbol sabemos que la picardía y la astucia siempre están presentes: el amague, el saque rebotado en el rival, el córner fabricado, la viveza para ejecutar rápido un tiro libre. También esas acciones que se acercan peligrosamente a la frontera de la trampa. Que lance la primera piedra quien nunca haya saboreado con picardía un córner que no era, un saque rápido porque el rival estaba distraído o un gol con el arquero desprevenido —repito: mientras no sea Vozinha—. Y conviene decirlo: eso no es patrimonio argentino, ni siquiera sudamericano. Otra cosa es que algunos sean especialmente buenos incluso para engañar. Comparen, si no, un buen piscinazo de Neymar con el último de Embolo.
Pero las polémicas que han rodeado a Argentina en este Mundial van bastante más allá de la picardía del potrero.
Hablemos de la FIFA.
El fango de la FIFA
Los Mundiales y todo lo que generan no ocurren gracias a la FIFA. Ocurren, más bien, pese a ella. Hay que agradecerle la iniciativa de organizar el primer mundial en 1930 y la constancia para retomarlo en 1950, tras la Segunda Guerra Mundial. Poco más.
Ya en 1934 permitió que Mussolini convirtiera el Mundial en propaganda para la Italia fascista. No sería el único caso —aunque sí el más descarado— de un anfitrión favorecido: Inglaterra en 1966, Argentina en 1978, Corea del Sur en 2002 o Brasil en 2014 son ejemplos que todavía alimentan discusiones. En este mismo Mundial, la FIFA dejó pasar el sancionable grito homofóbico del anfitrión México y revirtió con alevosía una sanción por tarjeta roja a un jugador del anfitrión Estados Unidos. Súmese a eso el FIFA Gate y la cuestionada elección de Rusia y Qatar como sedes de los Mundiales de 2018 y 2022, pese a sus vulneraciones de derechos humanos.
Si existe una organización global cuya historia invita a las teorías de la conspiración, esa es la FIFA.
Y Argentina, por decirlo de alguna manera, simplemente estuvo en el lugar equivocado y en el momento equivocado.
Incluso el Mundial de Qatar, que terminó con la consagración definitiva de Messi, dejó algunos cuestionamientos. El principal fue el de los cinco penales sancionados a favor de Argentina. Pero decir “a Argentina le cobraron cinco penales” no constituye un argumento. El penal, hasta donde recuerdo, forma parte del fútbol, como el córner o el saque de banda. La pregunta relevante es otra: ¿estuvieron bien cobrados? De los cinco, el único verdaderamente discutible fue el señalado frente a Polonia —el que Szczęsny, que se pronuncia, más o menos ‘Chesni’, terminó atajándole a Messi—. Además, conviene poner el dato en contexto. Argentina fue uno de los equipos que más tiempo jugó dentro del área rival. Cuantas más acciones se generan ahí, mayor es la probabilidad de que aparezca un penal. Así de simple.
Llegó entonces el Mundial de 2026. Con la FIFA bajo sospecha y Argentina cargando ese antecedente —y otros más antiguos—, cada jugada fina pasó a convertirse inmediatamente en un supuesto favor arbitral. Contra Argelia quedó instalada la discusión sobre una posible expulsión de Messi por una acción peligrosa, aunque claramente involuntaria y en la que retiró a tiempo el pie. Frente a Cabo Verde, la mayor polémica fue la viveza del tiro libre que comenté antes. Y cada nuevo penal a favor de Argentina, acertado o no, alimentaba la misma narrativa: “otra vez la ayudan”.
La mayor controversia llegó en los octavos de final frente a Egipto. Primero se sancionó un nuevo penal para Argentina —atajado por el portero egipcio—. Después se anuló un gol egipcio por una falta cometida muchos metros antes de la definición. Puede discutirse si el reglamento debería permitir revisar acciones tan lejanas al gol. Lo que resulta difícil discutir es que la falta existió y que el reglamento vigente obliga a anular la anotación.
Egipto marcó poco después un gol prácticamente idéntico, esta vez válido. En los hechos, la anulación no favoreció a Argentina: no era un posible 3-0 lapidario, era un 2-0 que no fue y luego volvió a ser. Argentina no se rindió; descontó, empató y terminó remontándolo en la última jugada. Aun así, la conversación posterior giró casi exclusivamente alrededor del arbitraje.
También se cuestionó el gol del triunfo argentino por una supuesta falta previa. Basta ver ambas acciones para notar la diferencia: en la primera, el contacto provoca que el jugador argentino pierda el balón; en la segunda, Julián Álvarez recupera limpiamente la posesión y el rival cae como consecuencia de la inercia de la jugada. No eran situaciones equivalentes. Pero para entonces el detalle ya importaba poco. La sospecha estaba instalada y el equipo egipcio, en su enojo por dejar escapar un partido prácticamente controlado, echó leña al fuego.
En cuartos de final ocurrió algo parecido. Con el partido igualado, Embolo simuló una falta que terminó en tarjeta amarilla para Leandro Paredes. El VAR corrigió la decisión: retiró la amonestación al argentino, sancionó al suizo por simular y, como ya tenía una amarilla, acabó expulsándolo. La decisión fue reglamentariamente impecable. Sin embargo, la reacción no fue preguntarse por qué un jugador seguía intentando engañar al árbitro con más de un centenar de cámaras siguiéndolo. La reacción fue denunciar otro supuesto favor a Argentina. Incluso el capitán suizo amagó con retirar a su equipo del campo.
Paradójicamente, quien terminó perjudicando a Suiza no fue el árbitro. Fue Embolo. El director técnico de Suiza —bastante parecido a los actores Mads Mikkelsen y Oliver Masucci— insinuó que el error fue del árbitro por la amarilla a Paredes en una acción que no ameritaba. Respuestas: 1) ya se venían quejando de que debía sacarle amarilla, porque también existe la amarilla por reincidencia, 2) la actuación exagerada de Embolo buscaba justamente una amarilla, 3) ¿por qué no aceptamos que el error, clamoroso, fue del jugador suizo?
Para entonces, la teoría conspirativa había alcanzado un punto en el que también se cuestionaba el supuesto “camino fácil” de Argentina, enfrentando a selecciones que no forman parte de la élite futbolística. Ese argumento se desmonta solo.
Si Argentina enfrentó a Cabo Verde fue porque Uruguay no ganó su grupo. Si terminó cruzándose con Egipto y no con Paraguay, por ejemplo, fue porque así lo determinaron los resultados. Y si jugó contra Suiza fue porque Portugal perdió el liderato frente a Colombia y porque, después, Suiza eliminó precisamente a Colombia. En otras palabras, el cuadro no se acomodó para Argentina. Simplemente ocurrió, como en todos los mundiales.
Pero cuando una teoría de la conspiración logra instalarse, deja de importar la evidencia. Lo único aceptable pasa a ser un arbitraje que perjudique al supuesto beneficiado, es decir, que perjudique a la Argentina. Cualquier decisión ajustada al reglamento comienza a interpretarse como una prueba más de la conspiración.
Por eso vuelvo a la idea inicial. Argentina quizá solo pasó por el lugar equivocado en el momento equivocado. Carga con una Copa del Mundo obtenida durante una dictadura, con viejas picardías —una mano, por ejemplo—, con el peso histórico de formar parte de la aristocracia futbolera y con una FIFA cuya credibilidad hace tiempo se hundió en el fango. Era el candidato perfecto para protagonizar la siguiente teoría de la conspiración.
El último engaño
Yo sí apoyo a la Argentina en este Mundial. No esperaba una secuela de la gloria de Qatar ni de la consagración definitiva de Messi, pero la estoy disfrutando como el que más. En un Mundial de futbolistas exhaustos tras una temporada interminable; de selecciones incapaces de sostener su mejor versión durante noventa minutos o de conservar un 2 a 0 favorable, la principal virtud argentina ha sido una obstinación admirable. Esa capacidad de no rendirse, de reaccionar ante la adversidad cuando el partido y las fuerzas parecen escaparse.
Sin las piernas de hace cuatro años. Con el mismo corazón. Con más corazón. Y con una generación dispuesta a exprimirse una última vez “por la última de Leo”. Porque hay otra cosa que Argentina hace como nadie: ponerle banda sonora a los Mundiales. Desde Brasil, decime qué se siente, pasando por Muchachos, ahora nos volvimo’a ilusionar, hasta Por la última de Leo, Argentina quiero verte bicampeón. Pocos países han conseguido convertir sus canciones de cancha en himnos capaces de cruzar fronteras.
Yo sí quiero ver el último baile de Messi, a sus 39 años recién cumplidos. Porque, al final, si Menotti tenía razón y el fútbol consiste en dominar el espacio, el tiempo y el engaño, quizá el último gran engaño de Messi no sea a un defensor ni a un arquero, sino al tiempo.

