Al pensar en un apocalipsis zombi, con alta probabilidad llegarán a nuestra mente imágenes reconocibles en series como The Walking Dead, The Last of Us o incluso Los Simpson. La premisa es sencilla: los seres humanos son contaminados por un organismo patógeno, sea virus u hongo, y se convierten en zombis, seres sin autoconciencia que usan el cerebro del huésped para cumplir tres objetivos básicos: mantener las funciones motoras, alimentarse y propagarse, confluyendo en el único propósito de intentar contagiar a los humanos restantes, alimentándose de ellos. La clave de la distopía zombi es, entonces, la pérdida de las funciones del cerebro que nos hacen humanos: pensar, decidir, sentir compasión y empatía, etc.
¿Es realmente necesario un organismo patógeno con hambre voraz para convertirnos en zombis?, ¿no basta con apagar el cerebro, sea de forma consciente o inconsciente?, ¿cuánto de la polarización radical de estos tiempos se explica por el acto de apagar la mente para negar la realidad o ciertos aspectos de ella?
Para responder, abordaré tres casos de diversa escala geográfica donde se expresa esta polarización radical. En escala global: el conflicto Israel-Palestina; regional: el conflicto Trump vs. Maduro; nacional: el paro y la protesta social contra el gobierno de Daniel Noboa. Aunque son temas para llenar libros, aquí seré breve. Simplemente considero que son buenos ejemplos de cómo los grupos en conflicto han optado por obviar partes críticas de la realidad material, entendida como hechos verificables, y de la realidad subjetiva, referida a la posición e intereses de otras personas.
Israel-Palestina. Los grupos alineados a —y alienados en— la defensa del pueblo palestino, por lo general afines a la izquierda tradicional y a los movimientos identitarios, son incapaces de decir en una misma frase: “Netanyahu es un terrorista de Estado y Hamás son terroristas a secas”. Pero no es que no lo puedan decir, que sería un hecho únicamente de forma. Es que no lo ven ni lo piensan; han optado por desconocer y han decidido no analizar una parte vital de la realidad: que el conflicto no es unidireccional y que Hamás es tan destructivo para el pueblo palestino como el Estado de Israel. En esa miopía, llegan a hacer suya la frase Palestina libre desde el río hasta el mar, consigna de guerra que promueve, en la práctica, la desaparición de Israel, país marcado significativamente por su identidad étnica. Entonces, grupos cuya causa se basa en la idea —subjetiva y objetable— de que Israel es un Estado genocida, hacen suya una frase expresamente genocida. ¿Se dan cuenta? Nada, absolutamente nada, justifica la masacre de personas y pueblos enteros.
Trump vs. Maduro. Este conflicto se puede ampliar o enfocar desde otros ángulos en nuestro propio continente: libertarismo tipo Trump-Milei vs. socialismo latinoamericano tipo Chávez-Kirchner-Correa; populismo penal tipo Bukele vs. populismo de masas de los mismos líderes socialistas; ultraderecha anti derechos humanos tipo Trump-Bolsonaro-Áñez vs. ultraizquierda anti derechos humanos tipo Maduro-Evo; derecha militar tipo Bolsonaro vs. izquierda militar tipo Venezuela-Cuba-Nicaragua… Da igual el enfoque. El punto es el mismo: la incapacidad de dimensionar los peligros de ambos extremos y, más aún, de cuestionar y posicionarse contra esos peligros; la incapacidad de ver y decir en la misma frase que Maduro y Bukele son violadores de derechos humanos; que Evo Morales es tan cuestionable como Trump en términos de sus acusaciones de violencia de género; que Milei está desquiciado y Daniel Ortega es un monstruo; que Maduro ha sido tan brutal para Venezuela como fue Pinochet para Chile… ¿Cuándo perdimos la capacidad de cuestionar al poder que se ejerce autoritariamente y contra los derechos humanos sin ver la bandera de quien lo ejerce? ¿Cuándo fue que decidimos relativizar las violaciones de derechos humanos, lo que implica asumir, en la práctica, que ciertos humanos valen más que otros?
Y llegamos al paro nacional contra Daniel Noboa. La razón de ser del paro de por sí encarna contradicciones y miopía: defender el subsidio de combustibles fósiles, incentivo perverso para contaminar el ambiente, cuando las propias organizaciones convocantes del paro suelen posicionarse contra la extracción petrolera —y minera—. Pero lo más grave es, nuevamente, la incapacidad para ver y nombrar la realidad. Del lado que defiende al gobierno, se reproduce la absurda idea reduccionista de que todas las personas que protestan son terroristas. ¿En serio?, ¿qué imágenes han visto de las protestas?, ¿han visto a las mujeres campesinas con sus wawas a cuestas, a jóvenes-muy-jóvenes de la universidad, a comuneras y comuneros que han salido pacíficamente a las calles?, ¿terroristas, en serio, a nivel de Hamás y los talibanes?, ¿o solo han visto al presidente nada joven de la FEUE Nacional —que tampoco parece ser un terrorista, para el caso— y a los personajes violentos que han intimidado y, ellos sí, aterrorizado a comerciantes y ciudadanía en general en diferentes poblados?
Pero del otro lado también se ha decidido no ver ni asumir la realidad completa. Para muestra, un ejemplo: el medio Tinta Digital, afín a las causas sociales, realizó una publicación en Instagram con el título “Cosas que no deberían pasar cuando protestamos, pero que han pasado durante el paro”. Con ese título sugerente, viniendo de un medio de comunicación, uno pensaría encontrarse con un llamado a frenar la violencia del Estado y también la que ocurre al calor de la protesta. Pero no, las “cosas que no deberían pasar” son únicamente las que tienen como responsable al gobierno: la vulneración del derecho a la protesta, las detenciones arbitrarias, las agresiones a periodistas, el acoso financiero y los ataques físicos por parte de policías y militares. Cosas que, en efecto, no deberían pasar o que deberían ocurrir en apego irrestricto a los derechos humanos. Pero lo otro, la violencia de quienes protestan, ¿se justifica?, ¿nada que decir sobre la imposición de un paro a comerciantes y personas que trabajan informalmente?, ¿sobre la canallesca venta de gas en Imbabura solo a las personas que apoyan el paro?, ¿sobre los ataques físicos a personas que no quieren protestar?, ¿sobre la afectación económica a una provincia como Imbabura, cuya economía depende fuertemente del turismo y el comercio? De verdad, ¿no son cosas que “tampoco deberían pasar cuando protestamos, pero que han pasado durante el paro”?
No se puede poner al mismo nivel la violencia del Estado, que por definición es la institución que detenta el monopolio de la fuerza, y la de una protesta social. Tampoco es justo desconocer las razones de quienes protestan y su derecho a hacerlo. Pero de ahí a obviar, invisibilizar y justificar actos violentos contra la población hay un abismo. ¿Cuándo pasamos de la protesta pacífica a la destrucción de ciudades?, ¿cuándo dejamos de empatizar con las personas que dependen del día a día para subsistir?, ¿el mismo día que asumimos que ciertos humanos valen más que otros, tal vez?
De nuevo, ¿cuándo perdimos la capacidad de decir, en una misma frase, que la violencia estatal irracional es injustificable, lo mismo que la violencia irracional de quienes protestan?, ¿cuándo perdimos la capacidad de ver la realidad en su conjunto, la capacidad de ver la realidad desde otros puntos de vista, que no es más que la capacidad de sentir empatía y tener compasión?, ¿cuándo apagamos el cerebro… y con él, la conciencia, si nos guiamos por un pensamiento materialista?
Tengo una teoría al respecto. Creo que en esta zombificación han jugado un rol preponderante los algoritmos digitales, que nos han llevado a encerrarnos en las zonas de la realidad que ya conocemos y aceptamos. Que la mayoría de las personas, al menos la mayoría de las que están en redes sociales, viven en una cámara de eco donde solo ven, leen y escuchan lo que reafirma su posición preestablecida; que viven, pues, bajo un sesgo de confirmación permanente. Esto es motivo de otro análisis, aunque aventuro un posible antídoto, tan simple como volver a oír a quienes piensan diferente, con humildad, generosidad, corazón y mente abiertas. Termino con la pregunta: ¿podemos volver a encender el cerebro?

