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Año nuevo: el fin de los redentores

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La vida es tránsito. Caminamos sobre el lomo del tiempo que llega y desaparece, dejando como huella nuestra existencia. Existir implica estar en el tiempo, ser este tiempo que nos hace. Porque cuando el tiempo se detiene, dejamos de ser: sencillamente desaparecemos absorbidos por la nada. 

El inicio de un nuevo año nos coloca de cara a las esperanzas. No solo porque la vida sigue ofreciéndonos la posibilidad de existir entre los otros sino porque hay responsabilidades que deben ser cumplidas de la mejor manera posible. Nadie es un ser pasivo que deja que el tiempo pase sobre él sin producir efecto alguno. Todo lo contrario: es el tiempo de las responsabilidades, el de los actos concretos y también el de los proyectos a mediano y largo plazo.

El presidente Lasso debiera tomar con más decisión y coraje al toro por los cuernos. El toro de esa oposición ciega y casi estúpida de sus rivales correítas que tan solo ven en él los despojos de un sistema que, desde sus pobres imaginarios, fue el paraíso. El tiempo idílico del perverso correísmo que deshizo los cimientos mismos, no solo de la democracia, sino de la ética personal y social. 

Parecería que no se ha hecho lo suficiente para restablecer la ética política en el país. El período de Moreno solo fue un paréntesis vacío de ideas, de lenguajes políticos y también vacío de responsabilidades. Fue un tiempo a la deriva de alguien que, fundamentalmente estuvo ahí para cubrir la huida de Correa, para distraer la atención de los horrores de ese período atravesado por la lujuria del poder, el desenfreno de la lengua y la violencia de las venganzas.

El presidente Lasso debiera tomar con más decisión y coraje al toro por los cuernos. El toro de esa oposición ciega y casi estúpida de sus rivales correítas que tan solo ven en él los despojos de un sistema que, desde sus pobres imaginarios, fue el paraíso. El tiempo idílico del perverso correísmo que deshizo los cimientos mismos, no solo de la democracia, sino de la ética personal y social.

Tal vez al presidente Lasso le ha faltado suficiente coraje para desmantelar, de una vez por todas, ese perverso correísmo incrustado en el quehacer social, político e incluso académico del país. Desde luego, no se trata de ninguna cacería de brujas, pero sí de una depuración ética de algunas instituciones convertidas en sala de máquinas del correísmo dedicadas, soterradamente, a torpedear las iniciativas y acciones del gobierno central. 

La verdadera peste del país no fue ni es el Covid19. Se trata de un remedo de la peste camusiana, aquella destinada a desbaratar los andamiajes de la democracia y de la libertad disfrazándola con los fatuos ropajes de la libertad de un socialismo trasnochado y fatuo. Ese ropaje de los revolucionarios que saben vivir excelentemente bien para defender, de labios afuera, a pobres y desprotegidos. 

A la democracia le sobran aquellos héroes y titanes que crecen y se multiplican en los corredores y aulas universitarias. Bien pagados por el Estado, pontifican sobre la revolución y la redención de los pobres. ¿Y qué es el Estado sino la sumatoria de todos, de los ricos y de los pobres, de los sabios y de los semianalfabetos que exponen sus pobrezas por doquier y que constituyen el más real de los bofetones a los sabios enemigos del cambio y de la misma democracia?  

Hay un uno rojo, como una herida, en el nuevo calendario de nuestras ilusiones y esperanzas. No podemos dejar de esperar que algo bueno y gratificante acontezca en el país, en la ciudad, en la casa, en cada uno de nosotros.

Es maravilloso esperar. Todo cambia cuando en nosotros se siembran esperanzas. Sin embargo, es preciso no confundirlas con la fatuidad de las palabras vacías de quienes han hecho del engaño su estilo de vida.

El presidente Lasso podría pensar un poco más y mejor en los pobres del país que constituyen una dolorosa e inmensa población. No les de pan. Abra diariamente más fuentes de empleo. Deles trabajo, no la ignominia de las limosnas. Así tapará la boca de los voceros de la infamia 

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