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Trump y nosotros

Donald Trump en una visita al muro. Foto: Archivo

Trump y sus demonios han traído con ellos el miedo y la angustia, no solamente a los inmigrantes, sino a toda la nación. Aquí todos dependemos de los otros. EE.UU. es una comunidad hecha de miles de comunidades formadas por inmigrantes. Todos, absolutamente todos quienes vivimos aquí hemos llegado desde algún lugar. Solamente los nativos ya estuvieron aquí desde antes de la colonización. Por siglos, la mayoría de inmigrantes ha llegado a este país sin documentos que avalen su permanencia. Muchos logran obtenerlos y otros no, pero todos hemos trabajado muy duro para hacer de EE.UU. lo que es.

Betty Aguirre-Maier
PhD D (ABD) en Lenguas y Literatura por la Universidad de Utah, E.E. U.U. Profesora de Literatura para el Programa Bridge de la Universidad de Utah. Presidenta de la Fundación Innovaciencia en Ecuador. Docente universitaria, investigadora, escritora y traductora.

La memoria es frágil y muchos han olvidado fácilmente que su origen es migrante, que sus padres, sus abuelos, algún ancestro llegó a está tierra, la que por largo tiempo fue la tierra de los sueños. Como los mismos abuelos de Donald Trump, entre ellos uno que llegó de Alemania a los 16 años de edad y fue peluquero o la abuela que llegó de Escocia y que fue empleada domestica por varios años. Llegaron en un momento en que los alemanes, escoceses y otros europeos huían de la guerra y del hambre. Trump también ha tenido dos esposas que migraron y según lo han dicho algunos medios de investigación, Melania llegó con visa de turista y trabajo sin documentos.

Otro poderoso y olvidadizo, a la derecha de Trump, es Marco Rubio, secretario de Estado. Hijo de cubanos que emigraron a los EE.UU. en los años 50 y que después de veinte años lograron ser ciudadanos. Su padre fue camarero en un casino en Las Vegas donde creció Rubio, en una comunidad mormona. Años después se convirtió al catolicismo. El sabe más que Trump sobre ser inmigrante, pero aun así su ambición lo llevó a convertirse en el perfecto “conservador” que ha dedicado su vida política a atacar a los inmigrantes.

Donald Trump junto al entonces senador Marco Rubio, ahora Secretario de Estado. Foto AP / Evan Vucci

Los inmigrantes siempre hemos sido expulsados de nuestra tierra por varias razones. Y por ello hay que recordar que no existe ser humano que no sufra al dejar su país, su casa, su gente.

Por años la gente arribó en barcos, otros llegaron por aire y muchos por tierra. El objetivo era y es pisar suelo estadounidense aun a riesgo de perder la vida, detalle que nos hace fuertes. Los inmigrantes somos una comunidad que tenemos dos cosas en común: hemos sido y somos expulsados de nuestros países y soñamos con volver a ese mismo país abandonado. Nuestros hijos, si nacieron aquí o llegaron pequeños, ya vivirán otra realidad pero heredarán el amor por el país de origen a través de la comida, la música, la familia, las historias que han de escuchar de sus padres, abuelos o tíos.

Los inmigrantes siempre hemos sido expulsados de nuestra tierra por varias razones. Y por ello hay que recordar que no existe ser humano que no sufra al dejar su país, su casa, su gente. Nadie es feliz marchándose sin saber si volverá. Nos expulsan los conflictos, la violencia, las crisis políticas y económicas. También hay muchos que migran por amor, pero de igual manera pasarán por los mismos problemas que enfrentan los otros. Aquello que también nos une es el sueño de algún día volver, aunque sea brevemente, para abrazar la tierra, a la madre, a los nuestros, a todo lo que llamamos hogar.

Agentes de policía chocan con manifestantes durante una manifestación contra las detenciones y deportaciones de migrantes en Los Ángeles. Joel Angel Juarez (REUTERS)

Los seres humanos vivimos de sueños y los migrantes nos marchamos al exilio protegidos por ellos. Vulnerables e ingenuos, la mayoría no sabemos que al llegar a ese otro país todo será desconocido, extraño, y que apenas crucemos sus fronteras dejaremos de ser ciudadanos de un país para convertirnos unos pocos en recipientes de visas de trabajo y la mayoría en indocumentados. Los primeros días son de asombro ante aquello que veíamos solamente en pantalla o en fotografías. Pero rápidamente aterrizamos en la realidad del color de piel, del idioma, de los documentos y del trabajo. El miedo de muchos a que los descubran, a no entender cuando les hablan, a ser rechazados, a la soledad, a dejar de ser, se vuelve cotidiano. Pero aquí estamos y poco a poco vamos adquiriendo habilidades, cosas, espacios y participación.

Los que hemos tenido una buena estrella y aprendimos a navegar esta sociedad deberíamos tener la obligación moral de apoyar a quienes siguen llegando o están en desventaja. Solidaridad y respeto es lo que debe unirnos. No la caridad ni la tolerancia, porque la primera es humillante y la segunda es arrogante. Cuando voy a las escuelas secundarias con el programa de la Universidad para la que trabajo y veo a tantos chicos inmigrantes llevando sus días como pueden, muchos sin el idioma y desde la pobreza, les digo que no desmayen, que estudiar es una prioridad. Unos se animan y otros me ignoran. Seguramente lo oyen todos los días.

Chantal es una española brillante que ha sido mi maestra de muchas cosas en estos últimos meses. Ella lucha diariamente para que los chicos inmigrantes que están en su escuela sigan adelante.

En una de estas secundarias tres jovencitas de Centroamérica me decían: «no miss, queremos volver, no nos gusta estar aquí, la escuela no nos ayuda». Solo las miro tratando de entenderlas y esperando que sus vidas cambien. Las escuelas están saturadas, cada vez llegan más niños, más adolescentes. No hay tanto recurso para ayudarlos. Y con la amenaza de Trump de que cerrará el Departamento de Educación, si esto llega a suceder será aún peor.

Mientras observo otra clase pienso en mi colega, Chantal, una española brillante que ha sido mi maestra de muchas cosas en estos últimos meses. Ella lucha diariamente para que los chicos inmigrantes que están en su escuela sigan adelante. Con generosidad y firmeza cuida a cada uno de ellos como un tesoro, sabe sus historias, y conoce a sus padres, los orienta y no les permite que claudiquen. La adoran y cada día llegan más y más y su aula de clase se convierte en su pequeña comunidad. El espacio lleno de carteles de los lugares de donde muchos estudiantes provienen pasa a ser su refugio. Aquí dialogan, sonríen, comen, comparten y resuelven con ella los problemas cotidianos. Pero Chantal va allá allá, les ayuda a conseguir recursos médicos, asistencia social, mantas eléctricas para sus camas ya que muchos no tienen calefacción. Ha logrado que la escuela apoye más a estos chicos, que los miren, que entiendan que vienen de historias muy duras. Hace pocos días el distrito escolar la premió como una de las mejores maestras entre otros ocho maestros. Me llené de emoción porque sé que se merece eso y más. Chantal es un ejemplo de lo que es ser una maestra con vocación y un buen ser humano.

Estudiantes educación básica llegan a la escuela acompañados de sus padres, el 21 de enero de 2025, en Boston, Massachusetts. Foto: Michael Dwyer / AP

Salgo de la escuela y mientras cruzo el estacionamiento pienso en que muchos inmigrantes, la mayoría, somos víctimas de gobiernos corruptos que jamás se han ocupado del bienestar de las personas, de la educación, de la salud, de crear trabajos dignos. Somos víctimas de guerras y dictaduras, de oligarquías que por años han dejado a países enteros en la miseria, y que aún lo siguen haciendo, explotando sus recursos, abusando de la gente.

Estas hermosas jovencitas, que quieren volver a su bello pero pobre país, son pequeñas, de piel oscura, de largos cabellos negros, de ojos alegres. Quizá aún no saben por qué sus padres las trajeron hasta acá.

Somos víctimas de la ignorancia de quienes siguen sosteniendo esos sistemas con sus votos. Gente que vota por populistas que azotan correas en el aire mientras colocan a corruptos en puestos clave; votan por millonarios indolentes que jamás sabrán lo que es el hambre ni el dolor de perder a sus hijos o a padres en balaceras; votan por banqueros que ven en la presidencia su último peldaño de poder; votan por religiosos, providas, homófobos, que coartan los derechos de las mujeres, de las personas trans, de muchos que no caben en sus casilleros normativos; votan por seres llenos de odio y ambición, de racismo y clasismo. Votan por aquello que nunca podrán tener; votan por políticos de TikTok que jamás los invitarán a sus mesas.

Estas hermosas jovencitas, que quieren volver a su bello pero pobre país, son pequeñas, de piel oscura, de largos cabellos negros, de ojos alegres. Quizá aún no saben por qué sus padres las trajeron hasta acá, qué los obligó a migrar más allá de la pobreza. Su país vivió una sangrienta dictadura en los 80 que dejó a una sociedad devastada de la que hasta hoy no ha podido recuperarse. Me dice una de ellas que nos les gusta el frío helado del invierno, que extrañan el calor de sus pueblos acostados al pie de montañas casi mágicas, entre selvas y ríos. Y sé de lo que me hablan porque hace unos años estuve ahí y me enamoré de esa tierra verde, de sus lagos azules y amenazantes volcanes, de sus flores gigantes y de sus vestigios mayas. Me enamoré de su gente linda y generosa, de su comida, de los colores de sus trajes, de sus mercados, de sus historias y leyendas. Las entiendo y sé que tienen derecho a volver y quizá lo hagan. Ya en la autopista pienso que lo que Trump y toda esa pandilla de oligarcas tecno feudalistas no saben es que los inmigrantes somos ejércitos de gente solidaria, sabemos cuidarnos y cuidaremos a quien haga falta. Trump podrá expulsar a unos cuantos, pero no a todos.

Lucharemos cada día mientras estemos aquí por el derecho de estar, de vivir dignamente y permanecer sin miedo.

Betty Aguirre-Maier. Salt Lake City, Utah.

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