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Sobrevivir a mi mente: así se vive la depresión

Sobrevivir a mi mente: así se vive la depresión

Hoy en día, la salud mental y la depresión ocupan titulares, entrevistas y conversaciones en redes sociales. Sin embargo, a propósito de la muerte de Noelia Castillo, las enfermedades psicológicas vuelven a instalarse en el debate público. Como casi siempre: cuando ya es demasiado tarde.

No voy a opinar si su decisión estuvo bien o mal, pero sí les propongo plantearse estas preguntas: si fuiste víctima, si sufriste abusos, si sufriste abandono de tus padres, si te sientes solo o sola, ¿se justifica que quieras morir y que un Estado que te falló simplemente te dé esa salida? Y peor aún, la gente que te hizo daño, los responsables de tu cuidado que fallaron, ¿podrían vivir con eso si la consecuencia es tu muerte?

¿Acaso una enfermedad psicológica solo tiene salida en la muerte? ¿Después de pasar por depresión ya no puedes tener una vida normal? No, no es así. Conozco varias personas que han logrado salir de la depresión y hoy viven una vida plena.

Antes se creía que si alguien sufría una enfermedad psicológica ya estaba “loca”, era de lo peor, y el internarse en una clínica lo hacía aún más estigmatizante. Hoy en día ya no es tan así, al menos de boca para afuera, porque sí: te juzgan, te critican y, sobre todo, te hacen de menos.

Aquí viene lo más difícil de decir. Una persona que sufre depresión siente vergüenza. Sí, vergüenza. A pesar de que ahora el tema es más abierto, quienes la padecemos nos sentimos avergonzados. Lo admito: estoy sufriendo de depresión. Es una historia larga. Obviamente no se las puedo contar al pie de la letra, pero sí lo más relevante.

Han pasado muchas situaciones a lo largo de mi vida, muchas de ellas difíciles. No soy de estarme quejando con todo el mundo, pero creo que es necesario dar contexto. Vengo de una familia disfuncional, con padres divorciados. Desde pequeña sufrí abandono, pasé necesidades y la violencia física estaba a la orden del día. Al final, como dice la famosa escritora Louise Hay, “todos somos víctimas de víctimas”.

Pasé por muchas situaciones dolorosas, sobre todo en la adolescencia, donde las hormonas intensifican esa sensación de infelicidad. Además, siempre fui muy nerviosa y tengo una personalidad ansiosa. A pesar de todo, logré salir adelante. No creo ser un ejemplo a seguir, pero sobreviví. Hoy soy una superviviente, lo que en psicología llaman una persona resiliente. ¡Yay!!! Saber eso te da ánimo cuando te sientes destrozada, pero, no es tan fácil, esto se vuelve una lucha diaria, sí, un día a la vez.

Todos sabemos —o al menos eso creemos— que la felicidad depende de uno. A diario intentamos ser felices y hacer felices a quienes nos rodean. Pero un día todo cambió. Comencé a tener problemas económicos, las deudas empezaron a abrumarme y, de repente, aparecieron los ataques de pánico y ansiedad.

Lo que para cualquiera es un día normal, para mí se convirtió en una odisea. Subirme a un ascensor, al Metro, ir a la peluquería, tomar un bus, estar atrapada en el tráfico, pasar por un túnel o ir al dentista se volvió extremadamente difícil. Mi miedo era morir. Según mi mente, todas esas situaciones me ponían en peligro, a pesar de que lógicamente sabía que no.

Si nunca has tenido un ataque de pánico, te explico. Una sensación extraña recorre tu cuerpo. Empiezas a temblar, el corazón se acelera (taquicardia), el miedo te paraliza, la boca se seca y sientes que no puedes respirar.

Es la respuesta del cuerpo ante una supuesta amenaza: el sistema nervioso libera adrenalina para prepararte para huir o luchar. El problema es que no hay peligro real. Pero para mi mente sí lo hay. Algunas de esas situaciones aún lo son. Sí, lo son. Lamentablemente, no he terminado de superar estos miedos porque mi mente ya los instauró y ahora me toca enfrentarlos día a día.

Con el paso de los meses, la situación no mejoró. Se añadió un problema más: la depresión. Un estado de tristeza profunda, sentimientos de inutilidad, culpa excesiva, desesperanza, pérdida de interés en actividades habituales (anhedonia), falta de energía, fatiga y alteraciones en el sueño. En mi caso, terrores nocturnos, tenía miedo de dormir y buscaba quedarme despierta hasta la madrugada, hasta que ya no me quedaba de otra que cerrar los ojos. Suena feo. Lo era.

Un día, tuve que ir a la dentista y sufrí uno de los peores ataques de pánico. Me puse a llorar desconsoladamente. Decidí que no podía hacerlo y me fui, llena de vergüenza ante la doctora y mi esposo. Él ya me ha visto así, pero aun así me sigue dando mucha vergüenza.

Durante el recorrido a casa fui pensando muchas cosas. Cuando uno está en depresión, piensa pura porquería. Y de la nada apareció un pensamiento intrusivo que ya venía repitiéndose desde semanas atrás: “esto no es vida, tienes que matarte”.

Entonces mi mente, que es muy lógica, se preguntó: ¿cómo es que tengo miedo a morir y aun así pienso que la única salida es matarme? No tiene ninguna lógica.

Después de esos ataques, que se volvieron frecuentes, terminaba completamente desgastada, como si hubiera nadado kilómetros. Ese día llegué a casa, lloré desesperadamente, me recosté en posición fetal y me quedé dormida por un rato.

En la noche, mientras hablaba con mi esposo, ese pensamiento se me escapó en voz alta y rompí en llanto. Él se asustó y me dijo que ni siquiera debería pensar en eso. Ese día decidí buscar ayuda. Abrí Google y busqué un especialista en ansiedad.

Una persona que sufre depresión siente vergüenza. Sí, vergüenza. A pesar de que ahora el tema es más abierto, quienes la padecemos nos sentimos avergonzados. Lo admito: estoy sufriendo de depresión.

Comencé terapia con un psicólogo que considero un muy buen profesional. Me ayudó mucho. Le conté cosas que nunca había dicho. Estuve más de un año en tratamiento. Pero, contrario a lo que uno pensaría, no funcionó. No mejoré.

Recuerdo muy bien cuando me dijo: “Jazmina, con usted avanzamos diez pasos y retrocedemos once”. Me recomendó buscar ayuda psiquiátrica. Me dio el número de un especialista y me dijo que después del tratamiento regresara. “No puedo hacer más por usted”.

Esas palabras me dolieron como un puñal.

Mi esposo ya me había mencionado meses antes la posibilidad de un problema a nivel de neurotransmisores. El psicólogo dijo lo mismo. Pero tomar pastillas me daba mucho miedo.

Además de la ayuda psicológica, soy una mujer creyente. Busqué ayuda espiritual. Un primo, que es misionero, me acompañó en ese proceso. Trabajamos en la sanidad de mi niña interior. Fue algo muy bonito. Estuve varios meses, pero luego él tuvo que dedicarse a formar a otros jóvenes y dejé de ir.

Después del ultimátum del psicólogo, una amiga me habló de un doctor homeópata. Dudé durante una semana: ¿psiquiatra u homeópata? ¿Cuál me podría ayudar? No quería tomar antidepresivos ni ansiolíticos. No quería sentirme adormecida.

Cuando era adolescente ya me habían recetado ansiolíticos por un microadenoma hipofisario (tumor en la hipófisis). La ansiedad y el sobrepensar hacían que el tumor creciera. Pero esos medicamentos me hacían sentir que veía la vida pasar. No me gustó. Los dejé a la semana.

En ese momento aprendí a frenar mis pensamientos, a respirar, a orar. Es difícil, pero no imposible. Logré salir de eso. ¿Por qué no iba a lograrlo ahora?

Esta vez era distinto. Aun así, decidí ir donde el homeópata. Pensé que era algo más natural, más inofensivo. Total, no había mucho que perder.

En la consulta le conté mi historia. Casi al final mencioné algo que parecía menor: que tomaba un medicamento para la rinitis con principio activo de Montelukast (Luzka compuesto, Singular, entre otros)

El doctor cambió su expresión. Me pidió que me detenga. Buscó información en su computadora y giró la pantalla hacia mí. Era un artículo: la FDA advertía que ese medicamento podía causar pensamientos suicidas.

Ahí estaba la respuesta.

No estaba loca. No estoy loca. ¡Gracias, Señor!.

No era solo mi mente. Era una pastilla.

Una pastilla que había tomado durante años, aunque no todos los días, pero sí en momentos de crisis. Una pastilla que me llevó a una depresión profunda, a vivir con miedo, a sufrir constantemente.

Fui donde mi médico de cabecera, mi “doctor House”. ¿Cómo no se me ocurrió antes? Pensaba que todo era mental. Me explicó los riesgos, me dijo que él no receta ese medicamento porque es cuestionado y tiene múltiples advertencias por efectos neuropsiquiátricos.

Cuando dejé de tomar ese medicamento, mi vida empezó a cambiar. Estoy mejor, sí, pero todavía tengo ciertos miedos y no podría decir que llevo una vida plena. Sigo en proceso, sigo sanando. No me doy por vencida.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿por qué se sigue recetando? Peor aún, ¿por qué se receta a niños?

Cuando dejé de tomar ese medicamento, mi vida empezó a cambiar. Estoy mejor, sí, pero todavía tengo ciertos miedos y no podría decir que llevo una vida plena. Sigo en proceso, sigo sanando. No me doy por vencida.

Tiempo después, se lo comenté al otorrino que me había recetado ese medicamento durante años, no solo en momentos de crisis, sino también de forma preventiva y sostenida. Revisó el prospecto y, entre burla y sarcasmo, respondió: “uno en un millón”. Yo esperaba algo de empatía. No la hubo.

Casi me suicido. Y no le importó.

Ahí entendí algo más.

Si alguien ajeno está sufriendo un problema de salud mental, no importa. Solo importa cuando te pasa a ti o a alguien cercano.

Y no se trata de que le importe a todo el mundo. Pero se agradecería un poco de empatía: una llamada, una frase, una oración, un abrazo.

Pero no. Las enfermedades psicológicas, en realidad, no importan. No hay seguimiento. No hay acompañamiento real. En muchos casos, los únicos que están son la familia nuclear. A veces, ni eso.

Y ahí hay otro problema: quienes sufrimos esto nos sentimos una carga. Por vergüenza, callamos. Acumulamos dolor. Y en ese silencio, muchos terminan quitándose la vida.

Hoy vemos titulares sobre suicidios, incluso de niños y adolescentes. Duele. Pero el dolor real lo vive la familia. El resto se queda en comentarios, en mensajes, en unos días de debate. Después, todo sigue. A la final, la vida debe continuar.

Ahora que el caso de Noelia está fresco, abundan las opiniones. Yo no puedo ni quiero juzgarla. Pero sí me hago estas preguntas: ¿de verdad esa era la única salida? ¿el Estado hizo bien en “terminar con su sufrimiento”? ¿En serio no tenía ninguna oportunidad para olvidar su pasado y ser feliz? ¿No merecía, al menos, la oportunidad de serlo?

He conocido muchas personas que han sufrido mucho, situaciones muy difíciles y han logrado salir adelante. La vida no es solo felicidad, pero tampoco es solo dolor. Los matices le dan valor.

Entonces, no solo es cuestión de tratamientos o terapias; también implica una actitud distinta, un cambio de mentalidad y la fe para sostenerse cuando todo se derrumba. Y, como ya lo mencioné antes, esto se vuelve una lucha diaria. Una lucha que nadie debería enfrentar en soledad. Pero, incluso si estamos solos, es una lucha que vamos a ganar.

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