Icono del sitio Plan V

14.000 kilómetros en moto por Sudamérica (parte I)

moto

Víctor Hugo Sevilla, de barba, y su compañero de ruta en la mayor parte de la travesía. Fernando fue quien ideó el viaje y la ruta, es un motociclista que ha recorrido varios países de América del Sur. Aquí a punto de entrar a Brasil, por la Amazonía. Fotos: Cortesía.

PARTE I (Quito-Medellín-Cúcuta)

I. Subirme a la moto, vencer el miedo

Recorrí 14 mil kilómetros, pero nunca medí la proporción; nunca me imaginé la distancia. Cuando viajé era una decisión sin reflexión. He usado moto, pero no he sido un motero toda la vida; no he realizado esos viajes nunca y la verdad que fue una propuesta muy espontánea.

Al oír a un amigo que se iba al viaje en moto, le dije “te acompaño”. Un amigo que además me advertía que él no aceptaba compañía. Y le insistía en que yo soy buen compañero y lo hice fuertemente para que él me incluyera en su vuelta. En mi caso no había reflexión previa. No hubo algo que me dijera: ándate por tal motivo. Era simplemente irse, sin otra intención que hacer una prueba. Nunca fui un motociclista de ciudad, antes de comprarme la moto de paseo nunca salí de la ciudad tampoco; no tengo más de cinco años haciendo moto continuamente. Y ese día, cuando al fin se decidió que lo haríamos, recién empecé a pensar en qué atuendo ponerme. Fue en noviembre del 2025 y tenía plazo hasta mayo del 2026, que era el mes previsto para salir.

Siempre tomé a la moto con mucha seriedad. Me gustó toda la vida, quise tener moto toda la vida. Creo que ser un tipo que tenía habilidad para manejar vehículos, pero siempre pensé en la diferencia con la moto. Siempre admiré el que haya gente que domine ese movimiento, esa fuerza que lo lleva entre las piernas. El auto era estar en una jaula segura, mientras que los de las motos estaban inermes. Esa fue siempre mi inquietud. Pero cuando tuve la moto grande, para mí fue una enseñanza. Fue aprender a vencerse a uno mismo. Porque el miedo que te da subirte a una moto, que si no la manejas bien te hará pedazos, esa era para mi una lucha diaria. La mía es una moto de cilindraje mediano, 650cc; es una moto pesada, me la compré nueva. Cuando vivía en un departamento cuyo acceso era a través de rampas muy pronunciadas, el miedo a hacer rampas y el momento en que sales de una llegas a una calle con gente.

Cuando decidí irme al viaje no controlaba bien la moto, pero había vencido ya los miedos a toparme con la gente, a causar daño, me caí dos veces porque frené abruptamente cuando veía que alguien, aparentemente, se venía contra mí. En la ciudad manejaba muy controlado, nunca tuve un problema, pero nunca me había enfrentado a la sorpresa que te da una curva del camino. Una curva en el camino no es algo organizado ni programado. Eso tuve que ir aprendiendo en estos catorce mil kilómetros.

Me preparé para el viaje asegurándome a mí mismo. Tuve una rutina de ejercicio permanente, fortaleciendo piernas, abdomen y brazos. Después me propuse aprender a armar el equipaje. Durante un buen tiempo paseaba por Quito con las maletas cargadas en la moto para aprender a equilibrar el peso, a medir el ancho de la moto que cuando ya tienes equipaje no pasa por cualquier lado. También compré herramientas para el viaje, en caso de tener que reparar cosas simples, aunque pensaba que la moto no me iba a dar problemas por ser nueva; me propuse aprender a hacer el mantenimiento mecánico básico, así que en tres ocasiones pase un día entero en la mecánica de un amigo para hacer el mantenimiento de las motos: cambiar el aceite, cambiar las zapatas, ajustar la cadena, lo cual sinceramente no habría podido hacerlo, así me hubiera tocado. El resto fue sorpresa.

Ya para mayo, en cuanto a organización tenía todo. Tenía marcado el alojamiento para todo el camino, dónde iba a hacer el mantenimiento de la moto; facilitó mucho el internet. Tenía programados dos tipos de viaje. Uno de Quito hasta Medellín, donde tenía reservas en hoteles, pero desde Medellín en adelante ya no, eran hospedajes “sorpresa”. La ruta no fue decidida por mí, no olviden que yo estaba de acompañante de mi amigo. La meta era llegar al sur de Brasil por el Atlántico, y esa era la ruta que permitía eso: Ecuador, Colombia, Venezuela. La otra era irse por Perú, pero mi amigo ya había hecho esa ruta y no quería hacerlo, sino por el norte.

Estaba ya preparado, supuestamente, pero nunca se me quitó el miedo. El miedo se me iba acumulando. El viaje era un desafío, pero no lo dimensionaba. Me encanta la moto, viajar, sentir la velocidad de la moto, pero tenía terror a lo desconocido, a las sorpresas, era pavor físico. Así salí el 20 de mayo, mi amigo ya estaba en Colombia, se había adelantado. Me despidieron mis buenos amigos la noche anterior y fue mi momento de mayor temor. Tenía una sensación de opresión, de angustia; y en mi cabeza martillaba la idea de «no te vayas», pero nunca cuestioné ni el viaje, ni el trayecto, nada. Tenía que meterme en esa agua fría. Tengo 71 años y eso también pesaba, pero contraté un seguro de salud para que me cubra todo el viaje por algún imprevisto en el camino. Todo eso lo organicé y todo estaba aparentemente ordenado de manera racional. Lo que no estaba planificada era esta sensación de «no te vayas». Cómo superé esto tiene que ver con mi relación con la moto y qué me enseñó la moto. Si yo vencía el miedo de subirme día tras día a la moto, sentía esa opresión de no poder, por ejemplo, hacer 600 kilómetros de un tirón. Para vencer esa opresión hacía 600 kilómetros en un solo día, de ida y vuelta. Eso fue parte de mi preparación y me dio la capacidad de decirle a mi amigo «yo te acompaño» porque ya tenía mi recorrido. Así aprendí que, teniendo mi edad, era capaz de hacerlo y que cuando tomas la decisión no hay nada que te detenga.

Estaba preparado, supuestamente, pero nunca se me quitó el miedo. El miedo se me iba acumulando. El viaje era un desafío, pero no lo dimensionaba. Me encanta la moto, viajar, sentir la velocidad, pero tenía terror a lo desconocido, a las malas sorpresas.

Salimos con mi compañera, sentada detrás mío, una hermosa mañana de ese 20 de mayo. Saliendo hacia Ibarra hay un mirador hermoso, antes de las curvas, desde donde se ve hasta el Chimborazo. Fue hermoso, nos detuvimos a mirar las montañas cuando ya el miedo se había ido. Esa primera parada fue una toma de conciencia. Ya estábamos en el camino, no había regreso. Yo invité a mi pareja a viajar en la moto hasta Medellín, para estar juntos un tramo de este desafío. En ese mirador reflexionamos sobre nuestras sensaciones. En esa madrugada, los dos nos habíamos confesado que teníamos miedo. Y nos dijimos: estamos bien. Luego paramos en Cayambe a los famosos biscochos con café. Habíamos quedado en salir a las cuatro de la mañana y ya estaba en el punto de partida, pero tuve que regresar a la casa porque me olvidé las herramientas. Así que salimos a las seis de la mañana desde Carcelén. Así estaba de nervioso.

Mayra, la compañera de viaje de V.H. Sevilla desde Quito hasta Medellín. En este punto de Colombia disfruta de un descanso luego de una tediosa y peligrosa travesía por las congestionadas carreteras colombianas.

Cuando llegamos a Ipiales ya estábamos armados de la conciencia del viajero. Ya no había vuelta atrás, olvidemos los temores. Ya eso de hacer el papeleo para cruzar la frontera te pone en otra situación, ya estás al otro lado. Además, nos contagiamos de un movimiento adicional: en Ipiales, a esa hora conté unos 14 motociclistas, que habían llegado de varias partes del Ecuador y otros países del Sur e iban rumbo a Medellín, a una feria de motociclismo que es la más grande de la región. Venían de Chile, de Argentina y había un montón de ecuatorianos. En el tiempo que demoramos en cruzar conté 14. El personal migratorio tenía mucho trabajo y nos demoramos cuatro horas en cruzar, pero conocí a motociclistas que comentaban del viaje a Medellín. Confiados en esas conversaciones creíamos que la cosa era sencilla. Pero empezamos a enfrenar lo difícil, que es el tránsito, el impresionante movimiento vehicular en la carretera a Pasto. Es una muy buena autopista, pero sobre la moto entendí la relación entre tiempo y espacio. Esta relación se me rompió, porque sabes a dónde vas a llegar, la distancia nominal, pero no sabes cuándo vas a llegar. En Colombia no se sabe, porque todo depende del tránsito. Así que, si pensábamos llegar a Pasto en unas tres o cuatro horas, llegamos en siete. En ese tráfico no sabes cómo te viene la carretera. Solo pensaba que eran un poco más de 200 kilómetros de recorrido, pero nos tomó siete horas: tráfico, interrupciones por obras, unas curvas muy demandantes; la moto es grande y llevaba equipaje lateral y llevaba a mi pasajera, algo que duplicaba el peso. Muy desafiante, porque tomamos el lado de la cuneta y los carros prácticamente nos empujaban al costado. Tuvimos que seguir el ritmo de los vehículos; eso me enseñó que no hay certezas en el camino, porque hay otro elemento, en Ecuador hay otros tiempos para el tráfico, más amables, en Colombia las rutas son terriblemente congestionadas, muchos camiones. Cada que avanzaba, sin embargo, me iba sintiendo más seguro pero el camino hacia Medellín fue muy difícil, porque fueron los momentos de mi adaptación al camino y a la moto.

II. De Medellín a Cúcuta: la dimensión desconocida

La ruta hacia Medellín fue muy difícil, pero me fui afianzando en la moto. Empecé a perder el miedo a las distancias, a los carros… La idea de llegar era lo fundamental. Tener una idea de que la meta estaba ahí, pero luego de cuatro horas sobre la moto no llegabas y ya estabas cansado y sentías que ya habías recorrido suficiente como para haber llegado y no aparecía nada, y no había nada, porque nada conoces, además. Porque en tu país tienes una referencia y sabes las señales y los cruces y esa es la ruptura del espacio y tiempo, entras a la dimensión desconocida.

Hasta Medellín, como me acompañó mi pareja, ella iba más relajada y me decía dónde parar, pero había lugares donde no había cómo, el tráfico te empuja de tal manera que no puedes. En esa ruta no hay cómo arrimarse a un lado; pero ella me iba haciendo notar alguna montaña, ella miraba el paisaje por mí, tomaba fotos …yo miraba la carretera y a los carros. Ella fue una compañía excepcional, muy solidaria, echada para adelante. Tuvimos momentos difíciles donde cada uno mide su capacidad. Por ejemplo, cuando llegamos a Pasto (buscábamos hoteles en la periferia) y me había equivocado y había contratado un hotel en pleno centro de la ciudad. Llegar a ese sitio fue un suplicio, en hora pico, un tráfico horrible.

El segundo pase fue de Pasto a Popayán. Ahí tuvimos un desafío muy fuerte porque no paró de llover por lo menos cien kilómetros, unas tres horas de lluvia constante y eso significa mucha más tensión. En Popayán sí había acertado en conseguir un hotel en la periferia. Lo curioso es que el GPS nos sacó de la ciudad y se alargó la llegada, desde las motos veíamos Popayán hacia abajo y llegamos un poco tarde, tipo 8 de la noche a un hermoso hotel hacienda; pero el camino era de hacienda y ya había estado nueve horas sobre la moto desde Pasto. El camino era empedrado, estrecho, obscuro y cuando vi el hotel, a unos 200 metros, paré y dije «no voy más». Era tan complicado ese camino y estaba tan cansado que no fui capaz de seguir. Y dejé la moto y caminamos hacia el hotel. Ahí nos encontramos con moteros que habían estado cruzando con nosotros en Ipiales y eso se convirtió en una gran tertulia. Hay un espíritu motero, una fraternidad, que te aglutina y te vas encontrando. Así que llegamos caminando, y el recepcionista se montó en la moto y la llevó a la casa.

Víctor Hugo Sevilla en un tramo del camino a Venezuela.

En Armenia igual conseguimos un hotel-hacienda y pasó algo curioso. Imagínate llegar en la moto al parque La Carolina y encuentres un camino que te lleve a algún lugar totalmente rural, y eso pasó, del pleno centro urbano estábamos abruptamente en un área rural, un vuelco total de la avenida principal a una bajada que dije «yo no puedo eso», una pendiente brutal, y me bajé de la moto. Entonces pasó un motociclista y le pedí que me ayudara a bajar la moto, y lo hizo lo más amablemente. Fue otro aprendizaje: la moto te lleva a donde tú le digas, puedes llevar la moto a donde sea. La máquina está preparada para lo que tú digas y eso aprendí y desde entonces no tuve miedo a nada. Mi primera claudicación fue por cansancio, pero esta segunda claudicación fue por miedo.

El cansancio es terrible, pierdes completamente la conciencia y lo fundamental de la moto es que debes estar plenamente consciente de ti mismo, porque eres tú y la moto y todo depende de lo que hagas; es una introspección absoluta y eso es lo maravilloso del viaje largo, porque son todos los tiempos para ti, y tienes todo el momento para reflexionar sobre todo lo que te ha pasado y te pasa, y sin que nadie te diga nada, te dé la razón o te la quite. Después, esa cuesta que no pude bajar, la subí y bajé varias veces, pero en ese primer momento no me sentí capaz.

Víctor Hugo y Fernando (derecha de la foto, de pie) fueron recibidos por grupos de motociclistas venezolanos apenas entraron al país de Bolívar. La amabilidad y generosidad es la característica de la comunidad motorizada.

El amigo con el que viajé, que tenía todo planificado, además, tenía la experiencia y el convencimiento (yo lo que hacía era seguirle), nunca me ayudó en alguna contingencia, si tenía que mover la moto o hacer algo en el camino; siempre me decía «tú puedes». Nunca me dio un empujoncito siquiera, y eso me sirvió para afrontar las cosas más duras que vinieron después. Y el tema de Armenia me ayudó en eso.

El viaje hasta Medellín fue por los pueblos de esa Colombia; los colores y la alegría, aunque la comida me quedó debiendo, por monotemática, no había esa diversidad que tenemos y que se agranda en Venezuela, Brasil, y en Perú la variedad es impresionante.

Medellín fue una experiencia netamente urbana. Fuimos a pasear, a hacer compras, fue el “pago” por llevar a mi pareja; fuimos a las partes culturales, a los museos. Estuvimos cinco días. Conocimos gente maravillosa, de manera especial nos tocó un salonero especial, en un local de hamburguesas que costaban al cambio, más o menos, 36 dólares cada una. Era todo divino en ese lugar, incluido el salonero. ¡Qué tipo! Bueno para conversar, para darte la acogida, extraordinario. Fue nuestra primera comida en Medellín. El sitio era carísimo, con hamburguesas premiadas en el mundo, deliciosas, y este negro, porque era un hombre negro, era fenomenal. Nos dio todo el mapa de Medellín, dónde ir a comer, dónde divertirse, dónde conocer. Luego de esos días mi pareja se devolvió a Quito y me encontré con mi compañero de ruta, Fernando, para seguir el viaje. Ahí me sentí mucho más libre, con mucha más tranquilidad, ya no tenía esa responsabilidad de cuidarla, aunque sentí su separación porque ella fue fundamental en el viaje desde Quito y todo esto nos había acercado mucho más. Hasta ahora ella me dice que cuándo nos vamos de nuevo. Eso que nos caímos tres veces por mi falta de destreza. La primera vez fue en una bomba de gasolina donde me resbalé por no poner la pierna a tiempo; el peso ayuda en las caídas, porque llevaba maletas laterales, no se lastima uno… Pero en las levantadas era terrible. La moto pesa 250 kilos, más 70 kilos Mayra, más unos 55 kilos de equipaje; casi media tonelada. Cuando ya me quedé solo, el peso bajó unos 100 kilos.

El primer filtro fue el jefe de los militares aduaneros, que nos mandó a conseguir una carta de invitación de alguien que viva en Venezuela. ¿Y ahora? Nos acabábamos de enterar. Salimos caminando del lugar, pensando cómo hacer…

De Medellín fuimos a Cúcuta, que es un camino feo, muy difícil. Tienes unas cuestas y unas curvas en U, imagínense unas 20 veces la subida de Guápulo. Lo sorprendente es que había mucha gente en su bicicleta, mucha gente de mi edad. Llegamos a un punto de encuentro de los ciclistas y nos hicimos amigos de unos viejos de más de 70 años, haciendo toda esa cuesta y muy frescos. Luego estuvimos con jóvenes, que eran empresarios de alto nivel y se la pasaban vacilando a las meseras del restaurante. Nos hicimos amigos muy fácilmente. La gente colombiana es muy cordial, amable.

A Cúcuta hicimos unas siete horas, en 582 kilómetros. Paramos en alguna ciudad, atravesando la sabana luego de esa cuesta feroz. Hacíamos paradas por el calor, comíamos, todo en los pueblos, en la vía imposible. Llegamos a Cúcuta, que me pareció muy parecida a Quevedo. Es una ciudad donde pasamos casi encerrados, había mucho movimiento, una actividad frenética. Todo se mueve, lo bueno y lo malo. Estuvimos tres días porque eso nos tomó pasar a Venezuela. Llegamos el viernes antes de las elecciones presidenciales de segunda vuelta en Colombia y se preveía que se cierre la frontera. Llegamos temprano, a las 11 de la mañana, con tiempo suficiente, pensábamos, para cruzar. Mi impresión es que nos vieron como unos viejos con motos grandes y se dijeron: aquí les sacamos la plata.

El primer filtro fue el jefe de los militares aduaneros, que nos mandó a conseguir una carta de invitación de alguien que viva en Venezuela. ¿Y ahora? Nos acabábamos de enterar. Salimos caminando del lugar, pensando cómo hacer, cuando un motero, parado cerca de la acera nos preguntó si nos pidieron la carta, pues sí, «yo les doy», dijo. Fuimos al pueblo con él, llenamos un formulario electrónico, firmamos y nos dio la carta. La historia de él, que tenía unos 20 años de edad, era que su padre era colombiano y su madre venezolana y dijo que entre Venezuela y Colombia su familia vivía ya once años, pero hasta ahora no se podía regularizar la nacionalización de su madre y todas las veces que entraban a Venezuela tenían que realizar ese trámite. Entonces fuimos a la entrevista con otro militar, venezolano, y este era un tipo agrio, no descortés, agrio. Preguntó que quien firmaba la carta, le dijimos que un amigo que vivía en Caracas. ¿Está en Caracas? Sí. ¿Y cómo es que firma la carta? Así nos desarmó. Entonces Fernando, que es un verborrico fenomenal dijo que tenían que entrar a Venezuela para seguir con el viaje, «y por eso hicimos esto». Bueno, dijo, ya vamos a ver si les damos el permiso. Luego llegó un oficial más joven y casi que gritó: «a mí no me importa lo que hicieron aquí. El importante para la entrevista soy yo y conmigo tienen que entenderse». Nos metieron a otra oficina, revisión de celulares, decenas de preguntas… Y llegó las seis de la tarde y alguien dijo que se iba a cerrar la frontera, y no nos dieron le paso. Pasamos el fin de semana en Cúcuta y el lunes a primera hora fuimos a migración y nos recibió otro militar, más prepotente, que nos dijo que nos iba a negar el permiso porque le habíamos entregado un documento manchado y sucio. Mi compañero ya no sabía qué argumentar y me la jugué. Me puse firme y le dije de todo, que el documento era mío, que me entregaron ya manchado. Mi voz era firme, pero el tipo armó lío por el tema de la supuesta mancha. Un lío huevón. Y nos sacaron de la oficina diciendo que no nos darían el ingreso a Venezuela. Salimos de ahí resignados a terminar con el viaje, pero quince minutos después salió alguien con el permiso de paso firmado. Un drama donde estoy seguro quería plata, pero que ofreciéramos, pero no lo hicimos. Pero la internación del vehículo se hacía a unos quince kilómetros; fuimos para allá pero no había luz. Esta llegó a las seis de la tarde, y la atención fue muy amable, impecable. Ya podíamos pasar a un país donde su gente, la común, fue la más generosa y cariñosa que encontraríamos en el camino.

Salir de la versión móvil