El despliegue de más de 3.000 mil agentes federales de inmigración ha cambiado la cotidianidad en Minneapolis y ha abierto un debate sobre cómo se aplican las políticas migratorias. La muerte de Renée Good y Alex Pretti, dos ciudadanos estadounidenses durante operativos federales, ha generado cuestionamientos sobre el uso de la fuerza, la falta de coordinación con autoridades locales y los mecanismos de control y rendición de cuentas. Mientras las protestas y el material informativo se multiplican en espacios públicos, residentes y líderes comunitarios señalan que el problema va más allá de casos aislados y apunta a la necesidad de revisar las estrategias de control migratorio y su impacto en la seguridad y los derechos civiles.

Para comprender la magnitud de lo que sucede hoy en EE. UU., es necesario analizar el significado de la migración en la construcción de la nación estadounidense y su estado actual. Para ello, urge revisar algunos momentos históricos, no tan lejanos.
La década del 80 fue un momento de inflexión en el mundo por la convergencia de cambios políticos, económicos, tecnológicos y culturales que todavía influyen en el presente. En EE. UU., se redefinió la idea de “responsabilidad individual” y esto marcó el fin del consenso del Estado de bienestar. Hubo un retroceso de los sindicatos, menor protección laboral y un cambio en la relación entre gobierno, empresas y trabajadores. Sin embargo, el tema migratorio fue tratado como un asunto de urgencia nacional ante el reconocimiento de la realidad económica. Era vital ordenar el sistema bajo la visión conservadora pragmática: una población indocumentada permanente debilitaba el Estado de derecho. Este reordenamiento se logró bajo un consenso político bipartidista gracias a que la migración no estaba tan polarizada como hoy. Por lo cual, se definió la firma de una amnistía como un compromiso nacional.

En su último discurso como presidente de los EE. UU., Ronald Reagan, pronunció estas palabras: “Puedes ir a vivir a Francia, pero no puedes convertirte en un francés. Puedes ir a vivir a Alemania, Turquía o Japón, pero no puedes convertirte en un alemán, un turco o un japonés. Sin embargo, cualquier persona, de cualquier rincón del planeta, puede venir a vivir a Estados Unidos y convertirse en estadounidense.” (20 de enero de 1989).
Tres años atrás, en 1986, Reagan firmó la Ley de Reforma y Control de la Inmigración (IRCA), que otorgó estatus legal a casi 3 millones de inmigrantes indocumentados. Conocida como la «Amnistía Reagan», esta legislación bipartidista permitió que quienes habían residido en Estados Unidos desde antes del 1 de enero de 1982 pudieran solicitar la residencia legal, al tiempo que introdujo sanciones para los empleadores. Esta fue la última vez que EE. UU. otorgó una amnistía migratoria. Traer estos momentos históricos a la discusión, que ya son parte del complejo tema migratorio en EE. UU., es uno de los objetivos de este artículo; mas no las políticas económicas neoliberales de la era Reagan, conocidas como Reaganomics.
Lideramos el mundo porque, de forma única entre las naciones, atraemos a nuestra gente —nuestra fuerza— de todos los países y rincones del planeta. Y al hacerlo renovamos y enriquecemos continuamente nuestra nación: Ronald Reagan
Más allá de la urgencia de nuevas políticas migratorias, el discurso de Reagan respondía a dos preocupaciones personales: la primera, un homenaje (una love letter) a sus ancestros, inmigrantes europeos, irlandeses, escoceses e ingleses que llegaron a EE. UU., con los mismos sueños de millones de personas. La segunda, su deber y preocupación como un líder que dejaba el poder con cierta incertidumbre, por lo que su discurso fue, además, una llamada de atención a los futuros líderes del país. Los invitó a mantener “la grandeza” de esta nación construida por inmigrantes. Para Reagan la gran fuerza vital de EE. UU. estaba contenida en cada generación de nuevos estadounidenses; lo cual, dijo, garantizaba que el liderazgo del país continuara por mucho tiempo: “Lideramos el mundo porque, de forma única entre las naciones, atraemos a nuestra gente —nuestra fuerza— de todos los países y rincones del planeta. Y al hacerlo, renovamos y enriquecemos continuamente nuestra nación”. Sin embargo, han pasado casi cuatro décadas desde aquel discurso y ningún líder posterior ha escuchado el clamor de más de 11 millones de inmigrantes indocumentados por la instauración de una nueva amnistía. Al contrario, EE. UU. ha entrado en una espiral de eventos que están sacudiendo su sistema democrático, sus valores y el orden del planeta. Ha pasado de ser la gran nación que lideraba en casi todos los campos del quehacer humano, a un país caótico que ha perdido el norte.
Entre el gran discurso pro migratorio de Ronald Reagan y lo que hoy escuchamos cada día, desde la llegada de Trump al poder, hay un salto cuántico. Por ello, revisamos otro momento histórico, aunque casi desconocido, en la política estadounidense. En abril de 2011, Donald Trump fue humillado públicamente por el presidente Barack Obama durante la Cena anual de Corresponsales en la Casa Blanca (White House Correspondents’ Association). Durante semanas, Donald Trump había iniciado una campaña contra Obama, en la que cuestionaba la legitimidad del presidente, y exigía que se demostrara con un certificado que este había nacido en EE. UU. Esta maliciosa teoría de Trump invadió todos los espacios de discusión y la gente empezó a dudar del origen del presidente. Trump sabía la verdad, pero su ambición por llegar a la política, por cualquier medio, lo llevó a hacer comentarios como estos en televisión nacional. Mientras tanto, el presidente Obama esperaba pacientemente su momento de contraatacar, y cuando tomó él micrófono, lo hizo.
Esa noche, el salón brillaba entre copas y figuras rutilantes de la política, el deporte y el entretenimiento que habían sido invitados a uno de los eventos más importantes del año. Todos esperaban escuchar al gran orador que mezclaba profundos pensamientos con ironía y humor. Finalmente, frente a docenas de personalidades, un joven y elegante Obama colocó la atención en la figura de Donald Trump, sentado en medio del salón. Obama lo trató como a un crío, desmontando con ironía y fino humor todas sus falsas acusaciones, y lo llamó a ocuparse de asuntos importantes y dejar de lado las teorías conspirativas. Todo el salón estalló en risas, pero Trump no hizo más que mostrarse incómodo, dibujando con una mueca el fastidio y la humillación. El presidente Obama fue implacable y sin detenerse lo llamó, en los mejores términos, ignorante y falto de liderazgo. Se burló de sus excesos y mal gusto y mostró una imagen premonitoria de lo que Trump haría con la Casa Blanca si llegaba al poder: un casino. Quienes estuvieron ahí esa noche, sobre todo los periodistas que seguían de cerca a estas dos figuras aseguran que esa noche, Donald Trump decidió cerrar la boca a Obama y convertirse en el hombre más poderoso del planeta. Esa noche, entre risas y copas, se firmó el destino del país. Los eventos de estos últimos meses nos muestran por qué el expresidente Barack Obama representa todo lo que Donald Trump quiere borrar de la faz del país: la diversidad, la cultura y la educación. Y Obama representaba todo ello. Había nacido en Hawái de padre keniano y madre estadounidense. Fue educado en las mejores escuelas y se graduó en la Universidad de Harvard como Doctor en Jurisprudencia magna cum laude. ¿Deberíamos culpar a Barack Obama por haber abierto el camino al poder a un personaje como Trump?
EE. UU. ha entrado en una espiral de eventos que están sacudiendo su sistema democrático, sus valores y el orden del planeta. Ha pasado de ser la gran nación que lideraba en casi todos los campos del quehacer humano, a un país caótico que ha perdido el norte.
Solidaridad con Minnesota y Minneapolis. Los límites del poder
Domingo, 3 de la tarde, Salt Lake City, Estado de Utah. 0 C. La asociación Indivisible SLC, entre otras asociaciones, convocó a una marcha en solidaridad con los trágicos eventos sucedidos en estas dos ciudades del norte del país, convertidas en campos de guerra. Voy con mi amiga Keri, mexicana, profesora universitaria, activista y presente en casi todas las protestas sociales. Llegamos al centro de la ciudad, el downtown, que ha congregado a miles de personas para alzar la voz y hacer eco de otras marchas en casi todo el país. Es invierno, hace mucho frío y Utah se ha librado de la gran tormenta que anuncian los medios, así que no hay nieve. Nos hemos abrigado bien y llevamos gafas y mascarillas para no ser reconocidas por si se presentan los agentes de ICE. Para asombro y miedo de todos —inmigrantes o no—, se dice que estos mercenarios llevan gafas inteligentes que registran los rostros de quienes protestan. Keri y yo no llevamos carteles, pero tenemos nuestra voz y cantamos consignas: ICE out, No justice, no peace, No Hate, No Fear, Immigrants Are Welcome Here, Chinga la migra y otras más. Pero esta marcha es diferente a otras en las que hemos participado; hay un dolor latente en cada uno de los asistentes. Más allá de su solidaridad con las comunidades inmigrantes y el rechazo a la construcción de un centro de detención de ICE en el Estado, esta vez ICE ha matado a dos ciudadanos estadounidenses blancos. Hay carteles que muestran la figura o el gorrito azul claro de Liam Conejo, el niño ecuatoriano detenido con su padre. Su imagen dio la vuelta al mundo y causó indignación. Hay carteles contra el presidente Trump que usan el humor y no los insultos. Y hay carteles con la imagen de Renée Good y Alex Pretti. ¿Por qué esta marcha es diferente? Porque han matado a dos de los suyos y esto tiene otro matiz, no por discriminación sino por la gravedad que estas muertes significan. “El próximo, puede ser cualquiera de nosotros.”, se repite en las conversaciones.

Reunidos en una amplia esquina y rodeados de altos edificios, conversamos y compartimos cantos y escuchamos discursos. Media hora después, cuando ya somos miles, bajamos por State Street, la larga avenida que separa la ciudad en este y oeste. Cantamos consignas. Saludamos. Marchamos con ánimo a pesar del constante miedo de que los agentes de ICE aparezcan en una de esas esquinas en las que debemos doblar; seguimos con ánimo, alegría y coraje. Nos guían altas banderas que ondean con el viento frío que viene de las montañas. Somos una masa humana que late al unísono, que se refugia en la empatía y arropa a los demás. Esta es una marcha pacífica como otras que se repiten miles de veces en el mundo entero cada vez que hay que resistir al poder.
Reunidos en una amplia esquina y rodeados de altos edificios, conversamos y compartimos cantos y escuchamos discursos. Media hora después, cuando ya somos miles, bajamos por State Street, la larga avenida que separa la ciudad en este y oeste.
Hace pocos días, fue el aniversario del natalicio de Martin Luther King, quien recibió en 1964 el Premio Nobel de la Paz por su lucha no violenta por los derechos civiles en los Estados Unidos. —No hay que olvidar que EE. UU. ha obtenido más de 400 premios Nobel, mayoritariamente en el campo de las Ciencias—. En 1963, más de 250.000 manifestantes marcharon sobre Washington D. C., hasta llegar al Monumento a Lincoln en el que M. L. King Jr. pronunció su famoso discurso «Tengo un sueño» (I have a dream). Hoy más que nunca, ese discurso es recordado por su mensaje de igualdad y esperanza y su lenguaje poético en un momento crucial de la historia de EE. UU. Además de su contribución a la legislación, su discurso sigue inspirando a los movimientos sociales, ya que Martin Luther King Jr. logró lo impensable.
Un año después de su discurso en esa misma ciudad, el presidente Lyndon Johnson firmó la Ley de los Derechos Civiles que prohibía la discriminación racial y un año después, en 1965 se firmó la Ley del Derecho al Voto. Una de sus frases famosas del discurso reza: «El final de nuestras vidas comienza el día en que nos volvemos silenciosos sobre las cosas que importan”. Y este no es nuestro caso.

¿Cómo empezó todo esto? ¿Por qué Minneapolis y Minnesota?
A inicios de enero de este año, la administración Trump lanzó acusaciones sin sustento de fraude contra guarderías dirigidas por residentes somalíes en Minnesota, lo que provocó acoso, amenazas y vandalismo contra estos negocios. La polémica se intensificó tras un video viral difundido por figuras influyentes del movimiento MAGA y coincidió con un aumento de operativos de ICE en el área de Minneapolis–St. Paul. Aunque la mayoría de los somalíes en Minnesota son ciudadanos estadounidenses, las acciones del gobierno —incluida la suspensión de fondos y préstamos— generaron miedo y afectaron gravemente a los negocios de propiedad de minorías, especialmente en centros comerciales somalíes donde muchos comercios han cerrado temporalmente.
Después de los incidentes, ICE incrementó su presencia en Minnesota, realizando redadas masivas en barrios con alta población somalí, deteniendo tanto inmigrantes indocumentados como algunos con estatus legal. Esto generó miedo en la comunidad, cierres de negocios, protestas y demandas legales contra la operación, mientras las autoridades federales defendían sus acciones como cumplimiento de la ley migratoria. Para expertos y analistas, estas dos ciudades, por su tamaño y su alto número de inmigrantes, están siendo espacios de experimentación: un laboratorio de los límites del poder del gobierno de Trump. Violencia, excesos, miedo y terror.

Arte y resistencia. Un antiguo camino
“El Hielo anda suelto por esas calles
Nunca se sabe cuándo nos va a tocar
Lloran los niños, lloran a la salida
Lloran al ver que no llegará mamá.”
El Hielo (ICE) (2013), es una canción de la banda La Santa Cecilia basada en Los Ángeles, California, y formada por músicos méxico-estadounidenses. Por varios años esta canción se convirtió en un himno que hoy vuelve a sonar en la radio y las redes sociales y llama a la unidad. El arte siempre ha sido parte de la protesta social, de la lucha por los derechos y la justicia. EE. UU. tiene una larga historia en estos procesos. La música, la literatura, el teatro, el cine, la pintura, todas las formas de expresión cultural han ocupado un lugar central en la lucha por los derechos.
El crítico Theodor Adorno veía en el arte moderno una forma de “resistencia estética” frente a la cultura de masas y el control ideológico. Adorno distingue entre arte auténtico y cultura de masas. Mientras la industria cultural busca entretener y mantener el statu quo, el arte auténtico provoca reflexión, rompe normas estéticas y revela contradicciones sociales, obligando al espectador a cuestionar la realidad. Su fuerza no está en dar soluciones, sino en crear tensión y conciencia crítica, convirtiéndose así en una forma de resistencia estética frente al poder y la homogeneización cultural.
Un día después de la marcha por las calles de Salt Lake City, mi colega Chantal y yo llevamos a 60 de nuestros estudiantes al Festival Fílmico Sundance (Sundance Film Festival) que hoy mismo presenta su última edición. Asistimos a la presentación del documental American Pachuco: The Legend of Luis Valdez, dirigido por David Alvarado, como parte de la Competencia Documental de EE. UU. La película rinde homenaje al «padre del teatro chicano», explorando su vida, su trabajo con César Chávez y su lucha contra los estereotipos, y está narrada por Edward James Olmos. A pesar de la resistencia política y el escepticismo de la industria, Luis Valdez impulsó la narrativa chicana desde los campos agrícolas hasta la gran pantalla con Zoot Suit y La Bamba, creando obras icónicas que desafían, celebran y amplían la historia estadounidense.

El auditorio del Rose Wagner Performing Arts Center, uno de los sitios del Festival, está lleno de estudiantes. Y temo que como son aún jóvenes quizá no presten mucha atención a este vibrante e histórico documental. Sin embargo, los 500 estudiantes presentes, en su mayoría estadounidenses blancos, no han quitado los ojos de la pantalla por los siguientes 90 minutos. American Pachuco... es uno de los mejores documentales que he visto, y lo que ha logrado que cientos de estudiantes y yo lo hayamos disfrutado tanto se debe a que reconocimos en el personaje central, Valdez, el deseo de todo ser humano: reconocer el impacto de nuestra propia humanidad en aquello que hacemos, y aún más si es en el arte. El director, David Alvarado, quien está presente en la sala, nos muestra a Valdez y su esfuerzo de llevar el teatro a los campos de California, para impulsar el cambio mientras él mismo trabajaba junto a los trabajadores agrícolas y a César Chávez, personaje histórico en la lucha por los derechos de los trabajadores agrícolas en EE. UU..
A pesar de la resistencia política y el escepticismo de la industria, Luis Valdez impulsó la narrativa chicana desde los campos agrícolas hasta la gran pantalla con Zoot Suit y La Bamba.
Uno de los grandes logros de American Pachuco es la riqueza del material de archivo que documenta las primeras producciones teatrales innovadoras de Valdez con El Teatro Campesino, en apoyo del movimiento de los Trabajadores Agrícolas Unidos de César Chávez a mediados de la década de 1960. Y aunque el documental es de una riqueza admirable en momentos e imágenes, quiero detenerme en la histórica marcha de César Chávez a Sacramento, que comenzó el 17 de marzo de 1966, cuando el líder sindical y cerca de 100 trabajadores agrícolas (mexicanos y filipinos) iniciaron una caminata de 550 km desde la ciudad de Delano. Durante 25 días, marcharon para protestar por condiciones laborales injustas, exigiendo salarios dignos y el derecho a la sindicalización, culminando en el Capitolio estatal el Domingo de Pascua. Esta acción, inspirada en movimientos no violentos, logró gran atención pública y visibilizó la lucha por la justicia en el campo, consolidando el movimiento sindical campesino en Estados Unidos.


La música y las artes fueron fundamentales para el éxito del movimiento social que Chávez ayudó a fundar. En los años sesenta y setenta, Chávez y los activistas de los trabajadores agrícolas se aliaron con músicos y artistas para crear un movimiento llamado La Causa. La animada respuesta de músicos e intérpretes en eventos de recaudación de fondos para el Sindicato de Trabajadores Agrícolas, la aparición del arte chicano en los campos de Delano, California, el papel del teatro en la lucha, la acción no violenta y la respuesta a la violencia con el arte contribuyeron a formar el legado de un movimiento que unió la lucha social y la cultura.
American Pachuco se centra en el personaje de Luis Valdez, un chicano que creyó en el arte como una herramienta de cambio social. Como lo planteó Adorno, Valdez creyó que el arte como resistencia está fuera de los límites del mainstream: provoca reflexión, rompe normas estéticas y revela contradicciones sociales, obligando al espectador a cuestionar la realidad. Y esto es lo que sucedió al final del documental cuando todo el auditorio explotó en aplausos y expresiones de júbilo y admiración. Sin embargo, el aplauso final no fue solo para el documental ni para su director. Fue un reconocimiento colectivo a la urgencia de mirar de frente lo que está ocurriendo.
Los jóvenes de este país nunca han estado, por lo menos en las últimas décadas, tan sorprendidos por lo que está sucediendo con los inmigrantes y con sus propias comunidades. Su instinto de supervivencia les indica que hay algo que no está bien y que deben estar alertas. A los pocos minutos, el director del documental aparece entre las luces que se encienden junto a la gran pantalla y lo recibimos con ovación. Responde a las preguntas que anónimamente le hemos hecho y las responde con inteligencia y humildad. Y nosotros le agradecemos el haber traído un documental tan oportuno en estos días. Nos ha dado esperanza.
Hoy, cuando ICE patrulla calles, escuelas y centros comunitarios; cuando la migración es usada como arma política y el miedo se normaliza, el arte vuelve a recordarnos su función histórica: incomodar, resistir, crear memoria y abrir grietas en los discursos hegemónicos. Como en los campos de Delano, como en las marchas de Martin Luther King, como en las canciones que aún hoy se corean en las calles, la resistencia no siempre nace del poder, sino de la dignidad.
Porque cuando el miedo intenta gobernar, recordar —y crear— se vuelve un acto profundamente político.
Salt Lake City, 28 de enero, 2026