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Andrea y su madre, una sola canción

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LOJA.- En el mar de tuits que en la coyuntura emergen, se viralizan y desaparecen apareció uno en el cual la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL) felicitaba a Andrea Jiménez por ser una transformadora en el mundo, por ser íntegra y por ser la mejor alumna de la Carrera de Comunicación Social. Había sacado buenas notas en todas las materias. En todos los trabajos. En todos los exámenes durante cuatro años.

Andrea es una chica de cabello largo y tez blanca, con voz de locutora. Tiene glaucoma congénito, una enfermedad que daña el nervio óptico y por lo tanto su cerebro no recibe información visual.

Su madre, Blanca Jiménez, se embarazó de ella en el colegio a los 18 años: “Terminé con las justas el bachillerato de cuatro meses en un colegio de monjas, imagínese, tremendo escándalo. Pero las monjas no se dieron cuenta”, ríe Blanca, nacida en Espíndola, uno de los cantones más pobres del país.

En una maternidad pública de Loja, Blanca ingresó a urgencias con síntomas de preeclampsia. Y nació Andrea, hace 22 años, con una enfermedad que poco a poco la obligaría a mirar solo sombras. A no ver claro el resto de su vida. A tener los ojos cubiertos con una especie de cortina verdosa cobijada por sus pestañas largas.

Su madre recuerda que durante los días que estuvieron internadas le cantó canciones, muchas canciones. Y le dijo que ella sería grande y exitosa, pese a todas las dificultades. Blanca trabajó como empleada doméstica, tejía tapetes y cosía ropa para pagar su licenciatura en Idiomas en la Universidad de Loja y las cirugías para la niña.


Cuando niña, Andrea nunca deja que su condicionamiento visual le impidiera participar en todas las actividades.

Con esfuerzos, Andrea logró ver los colores, el rostro de su madre y algunos paisajes. Ese es su patrimonio visual. El glaucoma es progresivo. Ella recuerda que hasta su adolescencia pudo distinguir lo que estaba a su alrededor. Hoy se guía por la forma de las cosas y los tonos de voz. Y claro, usa un bastón para determinar las distancias.

“Desde niña tengo un pasatiempo que me encanta. Cuando veía mejor jugaba a mirar las formas que tienen las nubes. Y no he dejado de hacerlo. Cuando naces con una discapacidad lo primero que debes hacer es asumir que tienes esa discapacidad y saber exactamente lo que puedes hacer y lo que no puedes hacer. Ahí empiezas a construir tu vida, tus metas y tus sueños. Aceptar y proyectar”.

En la escuela para personas con discapacidad «Byron Eguiguren» fue abanderada del pabellón nacional.  En el colegio «La Inmaculada» también fue abanderada. Con esas notas sobresalientes dio el examen de ingreso para la Universidad Nacional de Loja y la UTPL.

La voz de Andrea hizo que los medios de Loja le hicieran reportajes. En todos destacan su valentía. “Y yo daba tantas entrevistas que me pregunté qué se sentirá estar detrás de los micrófonos, hacer las entrevistas, preguntar a la gente. Y quise ser comunicadora”.

En la escuela para personas con discapacidad Byron Eguiguren fue abanderada del pabellón nacional.  En el colegio La Inmaculada también fue abanderada. Con esas notas sobresalientes dio el examen de ingreso para la Universidad Nacional de Loja y la UTPL.

Ambas la aceptaron. Pero ingresó a la Técnica de Loja. Los profesores le entregaron libros digitales con un software adaptado para no videntes.


En la foto de la izquierda, junto a su madre y a la derecha junto a otros compañeros de la UTPL que han logrado superar sus limitaciones físicas para sacar adelante sus aspiraciones personales y de su familia.

Así pudo leer que “el día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 05:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo (Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez); que “el pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman «allá». A más de cien kilómetros al este de la frontera de Colorado, el campo, con sus nítidos cielos azules y su aire puro como el del desierto, tiene una atmósfera que se parece más al Lejano Oeste que al Medio Oeste (A Sangre Fría, de Truman Capote) y que “lo primero que llama la atención es la luz. Todo está inundado de luz. De claridad. De sol. Y tan solo ayer: un Londres otoñal bañado en lluvia. Un avión bañado en lluvia. Un viento frío y la oscuridad. Aquí en cambio, desde la mañana, todo el aeropuerto resplandece bajo el sol. Todos nosotros resplandecemos bajo el sol” (Ébano, de Rizard  Kapuściński). Leer estos libros le enseñaron a escribir con colores.

En octubre de este año se graduará. Está estudiando los casos para el examen que le permitirá obtener la licenciatura. A veces debe detenerse porque los dolores de cabeza son fuertes. El glaucoma va opacando la visión y su cerebro estalla en dolor. Ahí debe alejarse de todo.

En esta cuarentena está conectada vía whatsapp video con la gente que quiere.

Luego de la graduación quiere impulsar un emprendimiento para emplear a personas con discapacidad y hacer periodismo inclusivo.

“Ser mujer y discapacitada genera doble discriminación. Mi autoestima y confianza en mí misma me han permitido vencer mis batallas. No es fácil. Se requiere de mucho dominio personal no rendirse ante los comentarios de la gente”.

También quiere ir a estudiar un Máster en España o Canadá. “Yo quiero que se vaya más lejos”, dice la mamá. Ambas sonríen. Y saludan a la videollamada con la que se hizo esta entrevista. Se abrazan y se despiden, alegres.  Blanca anuncia que también en octubre próximo obtendrá su maestría en la Universidad Católica de Guayaquil.

Ambas se tienen una a la otra. Se dan fuerza. Se apoyan. Se cantan, se cuentan, como aquel día en que se juntaron por primera vez en la maternidad de Loja.

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