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 Seccionales 2026: ni justas, ni transparentes, ni democráticas

Imagen referencial. Foto: Archivo PlanV

El adelanto de las elecciones seccionales y del CPCCS para el 29 de noviembre de 2026 no es un ajuste técnico del calendario, es una jugada política para inclinar la cancha. No son justas porque movimientos y candidaturas no compiten en igualdad: durante nueve meses, la principal fuerza de oposición al oficialismo, la RC, quedó fuera del padrón electoral, y el 3 de mayo era la fecha límite para que Unidad Popular y Construye puedan estar habilitadas para competir subsanando impedimentos de control electoral; sin embargo, el CNE, con el voto dirimente de su presidenta, Diana Atamaint, decidió por su cancelación del registro electoral.

Precandidatos fuertes se neutralizan. La maniobra golpea la capacidad de inscribir candidaturas, armar listas, definir cuadros y controlar el proceso en territorio. Es un sistema de selección controlada de candidaturas.

Tampoco son transparentes. El control del padrón y del conteo lleva demasiado tiempo bajo sospecha, sin auditoría ciudadana real ni veedurías independientes. Y no son limpias porque el dinero oscuro, la pauta estatal y la desinformación se han convertido en grandes electores silenciosos. Confiar en que las urnas están blindadas frente a la manipulación es una ingenuidad peligrosa. Una elección sin equidad, veeduría y control efectivo es un simulacro.

La cuestión ya no es solo quién gana, sino qué se discute y en qué condiciones. La compresión del calendario deja a la mayoría de organizaciones sin tiempo ni recursos para construir planes sólidos, formar equipos técnicos, recorrer territorio y someter sus ideas al escrutinio público. La agenda se reducirá a eslóganes, ataques viralizados, memes, promesas de seguridad a la carta y discursos emocionales de corto alcance. Lo complejo se vuelve casi imposible de explicar; lo simple, aunque sea falso, resulta políticamente más rentable.

En este escenario, las primarias -ya antes poco creíbles- se convierten en 2026 en una coreografía hueca. No hay tiempo real para organizarlas de forma democrática, ni incentivos para abrir verdaderamente los procesos internos, ni mecanismos efectivos para garantizar que la “consulta a las bases” sea algo más que una formalidad.

Que este proceso sea o no una trampa perfecta dependerá de la capacidad de actores sociales, medios, observadores independientes y ciudadanía organizada para romper el libreto: exigir auditorías, reclamar claridad en el padrón, documentar irregularidades y colocar temas incómodos en el centro del debate. Lo que está en juego no es solo una alternancia institucional, sino la posibilidad de que el voto vuelva a ser un acto de decisión libre e informado.

La política real detrás de las elecciones

Las elecciones de noviembre de 2026 son en realidad una operación política de gran escala: un intento de reorganizar el poder territorial, blindar la arquitectura institucional y administrar el descontento social en un solo movimiento, bajo reglas apretadas, con partidos desfondados y con una opinión pública fatigada por la inseguridad, la precariedad y la propaganda. La novedad no está solo en la simultaneidad de papeletas, sino en el sentido profundo del calendario: cuando se reduce el tiempo de deliberación, se empuja a los electores a votar por marcas conocidas, por reflejos defensivos o por miedos inducidos, no por proyectos de ciudad ni por ideas de país.​

Ese es el primer dato de coyuntura. El segundo es todavía más delicado: el país llega a estas elecciones con una crisis de representación tan extendida que ya no se expresa solo en el desprestigio de los partidos, sino en la sensación de que las instituciones han sido capturadas por intereses económicos, familiares y corporativos que gobiernan por encima de la deliberación democrática. Esa hegemonía no se ha construido a pesar de la polarización con el correísmo, sino gracias a ella. El país ha sido empujado a elegir siempre entre miedos; mientras tanto, el poder real ha refinado sus métodos: tecnopolítica, segmentación algorítmica, uso estratégico de redes, desinformación, presión publicitaria y administración del caos como técnica de gobierno.

Por eso estas elecciones son inseparables de la votación para el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social. Mientras el debate público se enreda en alcaldías, candidaturas, escándalos y sondeos, en la misma jornada se elegirá a siete vocales de una institución opaca pero decisiva, porque desde allí se influye en la designación de autoridades de control, justicia y fiscalización. Es difícil imaginar una coincidencia más funcional para el poder: se sobrecarga al elector, se dispersa su atención y se le obliga a tomar decisiones complejas en un ambiente saturado de ruido.

En ese tablero, Quito no es una ciudad más. Es el punto donde se cruzan tres disputas distintas: la lucha por la representación política, la disputa por el sentido de la capitalidad y el objetivo del gobierno por recentralizar el poder no ya en una ciudad específica, sino en un Ejecutivo que decide desde dónde mirar al país y a qué territorios considerar estratégicos. La capital jurídica del Ecuador sigue siendo Quito; pero la capital política efectiva tiende a desplazarse según la conveniencia del régimen.

«Es difícil imaginar una coincidencia más funcional para el poder: se sobrecarga al elector, se dispersa su atención y se le obliga a tomar decisiones complejas en un ambiente saturado de ruido».

La evidencia de esa desafección con Quito ya no es solo simbólica. Durante el paro nacional impulsado por la Conaie en 2025, Noboa instaló en Latacunga el centro de operaciones de la Función Ejecutiva y gobernó desde allí en una clara señal de repliegue frente a la presión social en la capital. Más tarde, en el marco de los estados de excepción y de la narrativa oficial de guerra contra la delincuencia, varios anuncios y gabinetes clave se realizaron desde Guayaquil, convertida en escenografía predilecta de la seguridad, aunque las decisiones afectaran también a Quito. El conflicto de Cuenca con el proyecto minero Loma Larga – Quimsacocha, se disolvió en esa ciudad, no se acordó en Carondelet. No se trata de anécdotas. Se trata de un patrón: la capital aparece como espacio administrativo, pero no como epicentro de conducción política. El mensaje implícito es duro: Quito ya no es el lugar desde donde el gobierno se piensa a sí mismo.

Ese desplazamiento se vuelve más grave si se lee junto con la reforma al COOTAD aprobada en febrero de 2026, que obliga a municipios y prefecturas a destinar progresivamente hasta el 70% de su presupuesto a inversión, mantenimiento e infraestructura, bajo parámetros definidos desde el nivel central y con la amenaza implícita de condicionar transferencias fiscales del Ejecutivo. En teoría, la reforma habla de eficiencia. En la práctica, establece un mecanismo de presión financiera sobre alcaldías y prefecturas que reduce su margen de decisión política y las vuelve más dependientes del centro. Quito ya calculó que la aplicación de la reforma le obligaría a revisar alrededor de USD 459 millones de su presupuesto. No es una mera discusión contable. Es una forma contemporánea de recentralización: no se ocupa la capital, se la condiciona, al igual que a las demás ciudades.

En este contexto, la disputa política por Quito adquiere una importancia nacional fundamental, porque Quito no es solo la capital administrativa del Estado; es la ciudad que, en momentos decisivos, condensó la protesta moral del país. Fue en esta ciudad donde se incubaron las caídas de Bucaram, Mahuad y Gutiérrez. Fue aquí donde la alianza entre clases medias urbanas, sindicatos, estudiantes, pobladores, organizaciones indígenas, empleados públicos y una Iglesia comprometida con los pobres convirtió la indignación en presión política real.​ A diferencia de otras ciudades, Quito no solo vota: recuerda. Y ese recuerdo, aunque erosionado, sigue inquietando a cualquier proyecto de poder que prefiera ciudadanos administrables, habitantes de burbujas arribistas, desconectados con la realidad, antes que ciudadanos movilizados.

De ahí que el debilitamiento de Quito no sea un efecto secundario, sino un síntoma también, de una estrategia de debilitamiento premeditado.

Un contexto indispensable antes de que lleguen las encuestas

Una capital insegura, económicamente fatigada, partidariamente fragmentada y mediáticamente dividida es menos peligrosa para un Ejecutivo que ha construido su hegemonía sobre la administración del conflicto. El dato es brutal: 49% de los habitantes cree que Quito no va por buen camino y que sus problemas siguen sin resolverse. Según data de la iniciativa ciudadana “Quito cómo vamos” (2025), el 83% de los habitantes de la capital señala a la inseguridad como el principal problema de la ciudad. El 53% menciona el desempleo; en Eloy Alfaro esa cifra llega al 88% y en Quitumbe al 85%. El 41% cuestiona la mala calidad del transporte público y el 80% considera que emprender en la capital es muy difícil; -82% de sus habitantes dice sentirse orgulloso de ser quiteño, pero cada vez más decepcionados de quienes la gobiernan.

Los datos muestran un panorama incluso más complejo. Aunque en 2024 bajaron las muertes violentas respecto de 2023, aumentó de forma preocupante el uso de armas de fuego, la pobreza urbana por ingresos subió de 11,6% a 13,1% y una cuarta parte de los encuestados dijo que la situación económica de su hogar había empeorado.​ Dicho de otro modo: la ciudad puede haber contenido algunos indicadores extremos, pero su experiencia cotidiana sigue marcada por la inseguridad y el deterioro material. Una ciudad puede sobrevivir al miedo por un tiempo; no puede hacerlo indefinidamente al miedo y al empobrecimiento al mismo tiempo.

En esa fisura entra la elección local de noviembre. Pabel Muñoz llega a 2026 como alcalde con opciones reales de reelegirse. Tiene estructura, visibilidad, gestión, una base correísta disciplinada y un relato de continuidad apoyado en la promesa de culminar miles de obras, consolidar el Metro y sostener una agenda social y de movilidad. También tiene una ventaja política nada menor: ante el vacío general, sigue siendo el único actor con una narrativa reconocible sobre la ciudad. Pero ese capital convive con un límite severo. Muñoz representa una institucionalidad que administra, pero todavía no persuade a una ciudad tensionada casi al máximo. Puede exhibir orden; le cuesta transmitir horizonte.

«Una capital insegura, económicamente fatigada, partidariamente fragmentada y mediáticamente dividida es menos peligrosa para un Ejecutivo que ha construido su hegemonía sobre la administración del conflicto».

Su principal fortaleza es, al mismo tiempo, su gran debilidad. Ser el alcalde de Revolución Ciudadana le da base militante, claridad ideológica y capacidad de confrontación con el Gobierno central. Pero también permite al noboísmo desde la indiferencia y la falta de empatía. Quito es para el gobierno una plaza adversa, casi ajena, a la que se puede castigar o relegar bajo el pretexto de la disputa con el correísmo. Eso le sirve a un presidente que evita asumir plenamente la capitalidad de Quito, desplazar el centro de gravedad político hacia otros territorios y dejar instalada la idea de que cualquier reclamo capitalino es apenas una extensión de la polarización partidista. Así, una ciudad real con problemas reales queda reducida a caricatura electoral.

Los nombres que se barajan para reemplazar a Muñoz no garantizan una salida mejor. Jorge Yunda, por ejemplo, conserva recordación, lenguaje popular y llegada a sectores barriales del sur. Pero su posible retorno concentra demasiados riesgos para una ciudad exhausta. Su perfil no remite a una política de reconstrucción institucional. Su inclinación a la negociación pragmática lo convierten menos en una alternativa para reposicionar a Quito que en una fórmula para volverla administrable, negociable, incluso neutralizable.​ Un alcalde así podría bajar el volumen del conflicto con el Ejecutivo, pero también diluir aún más la importancia política de la capital.

El oficialismo, por su parte, tiene un problema estructural en Quito. Puede exhibir acceso directo al aparato de seguridad, capacidad de coordinación con Carondelet y promesa de “gobernabilidad” con el Ejecutivo. Pero un candidato de ADN arrastra un déficit de arraigo y otro de credibilidad: sería percibido, antes que nada, como delegado del presidente en una ciudad que históricamente desconfía de los mandaderos.​ En el mejor de los casos, un alcalde oficialista podría destrabar trámites y anuncios; en el peor, terminaría administrando desde el Municipio la misma recentralización que ha ido vaciando a Quito de centralidad política. Sería la derrota perfecta de la capital: no por confrontación, sino por obediencia.

A esto se suma, por lo pronto, la carta de CREO, el movimiento de Guillermo Lasso, para la Alcaldía de Quito. El lassismo quiere volver a disputar la capital con un rostro nuevo, menos gastado que sus cuadros tradicionales y más compatible con un electorado urbano de centro y centro-derecha. Pero ese mismo atributo es su fragilidad. Esa carta podría encarnar una renovación de forma, pero nunca de la estructura que le da origen. Y CREO arrastra una herencia pesada en Quito: la subordinación progresiva de la política capitalina a los intereses de la banca, de los grupos económicos costeños y de una concepción gerencial del Estado que prometió modernidad y dejó, a cambio, más distancia entre poder y ciudadanía. No se trata de cambiar el envase actualizando una vieja desconexión entre Quito y las élites que administran desde fuera.

Los outsiders: la novedad puede ser solo un disfraz

Aquí aparece, inevitablemente, la conversación sobre el outsider. Quito reúne condiciones objetivas para que una figura externa al circuito partidario tradicional resulte atractiva: fragmentación, hartazgo con los partidos, desconfianza hacia las marcas, cansancio frente a la polarización correísmo/anticorreísmo y deseo de alguien que parezca venir de la ciudad real y no del marketing político. Pero conviene no romantizar esa posibilidad. En tiempos de tecnopolítica, el outsider ya no es necesariamente el que viene de fuera del poder; muchas veces es el producto mejor empaquetado del mismo poder. La novedad puede ser solo un disfraz.

Por eso el problema no es que en Quito pueda surgir una figura nueva; el problema es que la ciudad puede enamorarse otra vez de una promesa vacía. Un o una outsider sin arraigo territorial, sin experiencia visible de gestión, sin musculatura política propia y sin independencia real frente a grupos económicos o plataformas digitales, lejos de renovar la ciudad la entregaría aún más. La ciudad necesita un liderazgo capaz de comprender que la ciudad es, a la vez, economía urbana, memoria republicana, periferia abandonada, clase media agotada, tejido popular herido y centro político de una nación extraviada.

«Por eso el problema no es que en Quito pueda surgir una figura nueva; el problema es que la ciudad puede enamorarse otra vez de una promesa vacía».

Ese es, en el fondo, el drama de la coyuntura. La capital del país llega a una elección decisiva con sus viejos partidos demolidos, con un periodismo dividido; con organizaciones sociales debilitadas, con sus gremios a la defensiva y con una parte de su opinión pública atrapada entre el anticorreísmo como reflejo y como rutina.

Y, sin embargo, sigue siendo Quito. Esa es la dificultad del régimen y la esperanza del país. Porque, pese a todo, la capital conserva una reserva moral y política que no termina de extinguirse. Sigue conectada con el movimiento indígena por historia, demografía y cultura; sigue albergando sindicatos estratégicos, empleados públicos, maestros, trabajadores de la salud, estudiantes y sectores eclesiales sensibles con los más desprotegidos. Si alguna ciudad puede volver a articular una idea de país por fuera de los intereses particulares que hoy secuestran la nación, es esta. Pero para hacerlo tendrá que dejar de elegir administradores del deterioro y evitar que la conviertan en una ciudad que protesta menos porque pesa menos.

De eso tratan, en última instancia, las seccionales de 2026. No solo de quién gane en Quito, sino de si quienes ganen en otros municipios logran volver a significar algo para el Ecuador, más allá del marketing digital o las cifras de la inseguridad o las del deterioro de la salud, del empleo, de la esperanza. Si la capital permanece debilitada, la política nacional seguirá secuestrada por gobiernos de élites económicas y arreglos familiares, que usan la polarización como cortina y la tecnología y el miedo como herramienta de control. Quito mordisqueado por las ambiciones políticas vuelve al país más gobernable para el poder. Y esa, quizá, es la forma más elegante de una derrota nacional: cuando una república pierde su capital sin necesidad de moverla de lugar

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