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El país de «Nuestro juramento»

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Fotomontaje: PlanV

La noche del 5 de abril de 2024 quebró mucho más que la inviolabilidad de una embajada. La decisión de México de romper relaciones bilaterales y llevar el caso ante la Corte Internacional de Justicia tras el asalto de fuerzas de seguridad ecuatorianas a su legación diplomática en Quito, para detener al expresidente Jorge Glas, transformó cada episodio posterior en un recordatorio de aquel suceso.

Así, el enfrentamiento entre las selecciones de fútbol de ambos países en la Copa Mundial de la FIFA 2026, el 30 de junio, no debe leerse como un simple acontecimiento deportivo. En un ecosistema digital donde los liderazgos políticos convierten las emociones en combustible de movilización, el fútbol ofrece un escenario privilegiado para reactivar agravios, reforzar identidades nacionales y alimentar una polarización que encuentra en el patriotismo un recurso mucho más rentable que la deliberación.

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I. El delirio americano dentro y fuera del Estadio Azteca

No fue el entusiasmo deportivo llevado al arrebato, ni la pasión que genera un deporte que paga a jugadores y entrenadores obscenas cantidades de dinero con las que —no exageramos— se podrían atender problemas de pobreza, hambre, enfermedades prevalentes, educación, violencia intrafamiliar, asistencia humanitaria, remediación ambiental en buena parte del tercer mundo.

Tampoco fue el frenesí que, pasado el tiempo de juego y establecidos los resultados, se disuelve de a poco para que cada persona siga con lo suyo. Ni la sobredosis de adrenalina en no pocos “aficionados” —por algo se los llama fanáticos—: el mismo término que se emplea para designar en contextos religiosos, políticos y artísticos a una persona que defiende con pasión desmedida, y a veces de forma ciega o irracional, adhesión ciega e intransigencia, ciertas creencias o ideas que puede implicar intolerancia hacia opiniones contrarias.

Cuando el gobierno ecuatoriano ordenó la irrupción de sus fuerzas de seguridad en la embajada de México en Quito para detener al ex vicepresidente Jorge Glas, la ruptura diplomática entre ambos países pareció quedar confinada al lenguaje técnico de las notas verbales y las demandas internacionales, pero dos años después el conflicto se desplazó al Estadio Azteca: Ecuador, visitante en un Mundial de fútbol que Estados Unidos coorganiza con México y Canadá, ingresó a una cancha cuidadosamente cargada de hostilidad, donde el clima de revancha alentado desde plataformas mediáticas, convirtió el partido en la prolongación simbólica de aquel asalto a la sede diplomática.

Lo que aparece, en la superficie, como “folclore futbolero” es, en realidad, una respuesta emocional cuidadosamente provocada desde la tecnopolítica, que metió sal y limón en el delirio americano —para usar el título del libro de Carlos Granés— donde las injusticias sociales, la inequidad y el atraco de recursos de países enteros por élites económicas han parido líderes mesiánicos de derecha e izquierda, populismos desquiciados, dictaduras sangrientas y chifladuras “refundacionales”.

El combustible del nacionalismo punitivo, dentro y fuera del Estadio Azteca, operó como castigo abusivo contra los representantes deportivos de un país marcado como agresor y, además, alineado con la administración de Donald Trump, la misma que levanta muros y endurece políticas migratorias bajo una retórica xenófoba, racista y represiva.

Quedó claro, entre el México de Sheinbaum y el nuevo Ecuador, que “tomarse el Estadio Azteca” no es tan sencillo como tomarse por sorpresa la embajada mexicana en Quito.

II. “No puedo verte triste, porque me mata”

La política suele narrarse con cifras, decretos, encuestas y discursos. El fútbol, en cambio, parece pertenecer al territorio de las emociones. Sin embargo, ambos comparten una misma materia prima: la capacidad de convertir a una multitud dispersa en un solo cuerpo que siente, celebra, teme o espera. Allí donde once jugadores persiguen un balón, millones de personas proyectan una idea de país. Allí donde un candidato promete un futuro mejor, también se juega una disputa por los afectos colectivos, por la sobrevivencia del más fuerte, del más astuto —incluido el más tramposo, el más malo del barrio—.

Durante noventa minutos desaparecen, en apariencia, las diferencias sociales. El obrero y el empresario, el desempleado y el ministro, el joven y el anciano, el oficialista y el opositor se felicitan y festejan, unos desde las gradas y otros desde sus palcos y suites privadas. Celebran pero sin poner en riesgo el skincare coreano de ninguna diva tropical, —para que “no te juntes con esa chusma, Kiko”— como bufaba una de las más reputadas representantes de la cultura popular mexicana e “influencer” del pobrerío adicto a un icónico programa de televisión.

El fact checking contemporáneo es a la política, lo que el VAR en el fútbol. Gracias al fact checking en la política nos enteramos de las faltas no sancionadas por jueces centrales, electorales o de línea; comprobamos si los los goles son ciertos, medianamente ciertos, difíciles de verificar o abiertamente fraudulentos; percibimos la cancha inclinada a favor de algún equipo, y reflexionamos mucho mejor gracias a la cerveza sin impuesto.

Cuando el árbitro señala el final del partido, los países regresan a sus fracturas cotidianas. Vuelven las preocupaciones por la inseguridad, el desempleo, la corrupción o la incertidumbre económica.

En la tribuna, la bandera sustituye a las banderas partidistas. El himno nacional deja de ser un acto protocolario para convertirse en una experiencia compartida. La nación deja de ser una abstracción constitucional y late al pulso de miles de gargantas cantando al mismo tiempo; el corazón se arruga de orgullo. Pero esa tregua emocional nunca dura.

Cuando el árbitro señala el final del partido, los países regresan a sus fracturas cotidianas. Vuelven las preocupaciones por la inseguridad, el desempleo, la corrupción o la incertidumbre económica. Sin embargo, algo permanece: la comprobación de que una sociedad fragmentada todavía es capaz de experimentar una emoción colectiva. Ese instante resulta profundamente valioso para cualquier proyecto político.

No es casual que los gobiernos de todas las épocas hayan intentado fotografiarse junto a los héroes deportivos del momento. Tampoco lo es que las derrotas nacionales provoquen silencios oficiales o intentos por desplazar rápidamente la conversación pública hacia otros asuntos. El fútbol produce uno de los escasos acontecimientos capaces de alterar simultáneamente la agenda mediática, la conversación digital y el estado de ánimo de millones de ciudadanos. Ningún estratega político ignora ese fenómeno.

III. “…tu carita de pena, mi dulce amor”

Fue pillado en el estadio, mirando un partido del mundial de fútbol, cuando todo su país creía que estaba trabajando. El líder responsable, el que se sacrifica por todos y trabaja de sol a sol viajó sin mayores sobresaltos gracias al privilegio de haber nacido en su primer país, Estados Unidos, y luego regresar a su otro país, ese llamado Teoría; porque en Teoría todo está bien: no hay apagones, ni hospitales colapsados; todos los habitantes de Teoría en edad de estudiar, estudian; los que están en edad de trabajar, tienen trabajo digno y adecuado; no hay miedo en las calles porque la gente ya no esta en las calles; y la corrupción es un mal de otros. En Teoría, todo está bajo control; las promesas de campaña se cumplen, la economía florece. El único defecto de vivir en Teoría, es que los opositores, los envidiosos, los amargados, los portadores del virus coveísmo-19 usen sus telefonos móviles para sapearlo y reprenderlo cuando no ha estado trabajando incansablemente, o por haberle mentido a su segundo país.

IV. “…me duele tanto el llanto que tu derramas, que se llena de angustia mi corazón”

El estadio es, probablemente, la última gran plaza pública contemporánea. Ya no es únicamente un escenario deportivo, es el escenario de multiples identidades, historias y leyendas que juntas son capaces de mantener la mitología del fútbol. Allí, se producen rituales de pertenencia entre las barras y los aficionados; se construyen héroes, se eligen y condenan villanos. Todos son libres de soñar, mientras dure un partido, de abrazarse con genuino amor a sus símbolos nacionales; de sacar del fondo de su nacionalismo su sentido de pertenencia a su terruño, a una ciudad, a una provincia, a una región, a una patria. Su historia personal se reivindica en el espejo de colores y cánticos compartidos.

El fútbol es un deporte de masas, practicado, visto o comentado, incide en el imaginario de millones —sin distinción de raza, genero, formación, rango. Cuando se habla de millones, generalmente se hace referencia a los millones de pobres anónimos, de entre los cuales, tocado por la gracia del talento y el hado de la constancia, la perseverancia y la disciplina— un puñado se destaca y cruza el umbral hacia las mieles de la fama y la victoria. Hay muy pocas derrotas que merecen ser cantadas como elogio.

El Ecuador vencedor de la poderosa Alemania demostró que aún palpita en su gente, ese poder de resiliencia que eventualmente logra despertarlo hacia un horizonte de futuro posible pese a todos los obstáculos, por más insuperables que parezcan. Miles cantando en el estadio Nuestro juramento luego de la gesta contra Alemania, arrugan el corazón de 18 millones. El Ecuador luego de la derrota con la selección mexicana, frustrado, indignado, triste, refundido nuevamente en una mala vida que parece no tener solución, es rentable para los políticos de la peor calaña, los que no dan la cara para acompañar a sus deportistas antes, durante o después de sus gestas, pero sí para tomarse fotos con los ídolos populares.

La pérdida, más que la victoria, es el estado de ánimo ideal para un Estado controlador, autoritario, sin empatía con sus ciudadanos. La emoción se convierte en un recurso político de enorme valor. La alegría colectiva fortalece la confianza; la frustración busca responsables; la esperanza alimenta expectativas. Las mismas dinámicas que organizan el comportamiento de una hinchada aparecen, con otros códigos, en las campañas electorales y en la gestión de gobierno: la construcción del líder salvador, la lealtad incondicional de los seguidores, la descalificación del adversario y la permanente búsqueda de un relato épico.

V. “Yo sufro lo indecible si tú entristeces, no quiero que la duda te haga llorar…”

En el fútbol, el resultado termina siendo verificable. Hay un marcador que nadie puede modificar una vez concluido el encuentro. En política, en cambio, la disputa continúa incluso después del resultado. Los hechos compiten permanentemente con las interpretaciones. La incertidumbre es la invitada de honor al banquete de la desinformación. Por eso la comunicación política dedica tantos esfuerzos a administrar emociones antes que argumentos. La gente elige lo que le gusta, por eso los y las políticas se disfrazan.

Las tecnologías digitales han profundizado todavía más esa convergencia. Un gol memorable ya no pertenece únicamente al partido; se convierte en miles de clips, reacciones, narrativas y tendencias. Igual que una imagen inapropiada o sorprendente. Del mismo modo, un discurso político deja de existir como acto presencial para transformarse en fragmentos cuidadosamente editados que buscan producir indignación, entusiasmo o miedo. En ambos casos, el acontecimiento importa menos que la forma en que circula y es reinterpretado. Es idéntica la mecánica de la comunicación de cualquier gobierno que juegue con la tecnopolítica.

Foto: Getty Inages

Por ejemplo: supongamos que en teoría, traerse generadores de energía truchos en medio de una crisis de apagones, debía inicialmente apreciarse gracias al empaquetado publicitario, como una gran decisión; que el contrato para comprarlos, traerlos e instalaros haya sido una operación corrupta que nada en impunidad y que se esté litigando en un tribunal extranjero, es un quiebre del guión que, en Teoría, puede terminar con el consabido: «La historia que está a punto de ver es verdadera. Los nombres han sido cambiados para proteger a los inocentes.»

Si ese es el fin del caso, en teoría 18 millones de aficionados escogerán que los más malos le goleen por las galletas. Será la atemorizada y remordida versión de un país que perdió su porvenir futbolero con los mexicanos, que resultaron ser tipos muy malos dentro y fuera del estadio.

Cada vez que un estadio entero canta el himno nacional antes de un partido, se produce un recordatorio silencioso: las naciones no existen solamente porque compartan instituciones o fronteras, sino porque comparten relatos, símbolos y afectos.

VI. “…hemos jurado amarnos hasta la muerte, y si los muertos aman, después de muertos amarnos más”

Quizá por esa promesa, el fútbol continúa siendo uno de los pocos lenguajes verdaderamente universales de la política. No porque resuelva los problemas públicos, sino porque cada vez que un estadio entero canta el himno nacional antes de un partido, se produce un recordatorio silencioso: las naciones no existen solamente porque compartan instituciones o fronteras, sino porque comparten relatos, símbolos y afectos; porque sus habitantes son capaces de honrar a su familia, a sus ancestros, a sus costumbres y tradiciones, a su cultura; a quienes han ofrendado su vida defendiendo la dignidad de su país; a sus trabajadores, comerciantes, agricultores, emprendedores que llevan honradamente el pan a la mesa de sus hijos, generan empleo, aportan a la economía y -ellos sí- trabajan por un mañana mejor; a los perseguidos, desplazados, asesinados por oponerse a la corrupción y a los tiranos. La política buscará siempre gobernar esos afectos. El fútbol demuestra, una y otra vez, que siguen los latidos son más poderosos que cualquier discurso.

“Si tú mueres primero, es tu promesa, sobre de mi cadáver dejar caer,

todo el llanto que brote de tu tristeza

y que todos se enteren de tu querer.

Si yo muero primero es mi promesa

que escribiré la historia de nuestro amor

con toda el alma llena de sentimiento,

la escribiré con sangre, con tinta sangre del corazón.”

Cuando los ecuatorianos honren su promesa de amor eterno a su país, defendiéndolo de quienes se enriquecen le arrebatan el pan, la justicia y el futuro a sus habitantes, de quienes rapiñan sus recursos naturales, de quienes le mienten casi a diario, como honran su juramento hecho a flor de piel a la camiseta de su selección de fútbol, quizás las estrofas de esa canción escrita por el compositor puertorriqueño Benito de Jesús e inmortalizada por Julio Jaramillo, vuelvan a retumbar esta vez casa adentro, como retumbaron en los estadios del mundial 2026. Porque no existe ningún acto verdaderamente humano sin su música.

VII. La del estribo: el racista, xenófobo y oportunista anfitrión de la Copa Mundial

En la Copa Mundial de 2026, mientras la FIFA proclamaba que el fútbol une al mundo, delegaciones, periodistas, aficionados y oficiales provenientes de varios países africanos y latinoamericanos fueron sometidos a requisas extraordinarias, interrogatorios prolongados y controles migratorios del gobierno de Trump, que difícilmente experimentaron representantes de otras regiones.

El caso más emblemático fue el del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, distinguido como el mejor árbitro africano de 2025 y excluido del torneo tras ser rechazado en la frontera estadounidense pese a contar con documentación válida emitida para el Mundial.

La paranoia xenófoba, racista y supremacista de la trash white people, asoció nacionalidad, origen étnico o procedencia geográfica con potencial peligrosidad.

Paralelamente, otra controversia atravesó el campeonato: las pausas obligatorias para hidratación, cuestionadas por entrenadores, futbolistas y especialistas por romper el ritmo competitivo, coincidieron con nuevas ventanas para publicidad televisiva, alimentando la percepción de que el espectáculo cedía ante los intereses comerciales. Aunque la FIFA lo negó, la sincronía entre interrupciones y espacios publicitarios fue evidente.

A eso se sumaron las presiones indebidas e impresentables del presidente Trump sobre la FIFA para que se retire la sanción de un partido sin jugar que pesaba sobre el goleador de la selección de los Estados Unidos; y lo peor de esto fue la aceptación de dicha presión por parte del presidente de la FIFA, Gianni Infantino.

La UEFA, organismo rector del fútbol europeo, criticó anteriormente a la FIFA por una «decisión incomprensible e injustificable» que, según afirmó, «cruzó la línea roja» al no aplicar la sanción obligatoria de un partido a Balogun por su entrada peligrosa contra Bosnia-Herzegovina el miércoles pasado, destacó el medio NPR, de Chicago.

El deporte de millones de pobres y de gente común, mueve miles de millones en dinero para unos pocos.

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