Lo que ocurre en Quito cada invierno, con deslaves como el de La Gasca, y cada verano, con incendios en Guápulo, tiene sus raíces en el profundo desequilibrio ecológico que sufre nuestro planeta. Mientras escribo estas palabras, el Pantanal arde en Brasil, la Amazonía se consume en llamas, y la Chiquitanía en Bolivia sufre el mismo destino. En Quito, este 25 de septiembre amanecimos en un pequeño infierno, un infierquito que contrasta con la imagen de la ciudad más linda del mundo. Nuestra realidad no podrá escapar de la crisis ambiental, política y civilizatoria que nos obliga a enfrentar el futuro con una nueva visión como sociedad ecuatoriana.
En el Chocó Andino de Quito, votamos en favor de salvar 60.000 hectáreas de bosque amenazadas por las mineras, y, con esperanza, este año restauramos 1.200 hectáreas. Sin embargo, mientras nos aferramos a esa esperanza, en Loja ya se han perdido 28.000 hectáreas de bosque devoradas por el fuego, y en este mes se han reportado más de 3.000 incendios en todo Ecuador.
Mientras tanto, muchos barrios de Quito siguen sin agua, y las hidroeléctricas, probablemente ya sedimentadas, también carecen del recurso necesario para funcionar.
Pero, como suele ocurrir, pronto olvidaremos esta realidad. Lo olvidaremos de la misma manera en que olvidamos la crisis del COVID-19. Y, en vez de asumir nuestra responsabilidad, le echaremos la culpa al alcalde o a los delincuentes que inician los incendios, a esos «desechables» de la sociedad. Tal vez hasta culpemos al eucalipto, a susanita de ojos negros, o al tubo de La Gasca que no pudo contener el alud de lodo que arrasó con la vida de nuestros vecinos.
Sin embargo ni el eucalipto, ni susanita, ni el sistema de desagüe son los verdaderos responsables. Nos sirven para desahogar nuestra pena, para vaciar la indignación e impotencia ante lo que está ocurriendo a escala planetaria, algo que nos negamos a entender. Los carritos eléctricos, las minas metálicas, las hidroeléctricas, los iPhones y ese largo etcétera de nuestro modelo de explotación han sobrepasado los límites de los ecosistemas. Si no somos capaces, de controlar el deseo de querer más y más, estamos destinados a desaparecer como especie. Y si queremos empezar a resolverlo, debemos primero decirnos la verdad.
Más naturaleza, más naturaleza, más naturaleza
Estamos viviendo una crisis civilizatoria. El modelo económico y político que nos gobierna no puede continuar dominando nuestras decisiones. Quito es vulnerable, al igual que cientos de otras ciudades frente al cambio climático. Nuestra única oportunidad es mirar más allá de las cuadras de cemento, más allá de los valles y del centro histórico. Quito tiene bosques tropicales, ríos que aún corren limpios y libres, como el Pachijal y el Tulipe. Pero estos espacios necesitan protección. La administración debe volver sus ojos hacia la naturaleza, porque es ella la que mantiene el clima, el agua y el alimento, en ella están las respuestas y soluciones.
La diversidad nos hace más resilientes. Las ciudades deben romper el cemento. Esto ya está ocurriendo en muchos lugares: destapar ríos y quebradas, exponerlos al sol los cauces, para que humedezcan el clima y el suelo, para que actúen como cortafuegos naturales. Construir humedales para tratar las aguas servidas donde haya espacio. La naturaleza tiene que invadir la ciudad, y también tenemos que despertar la biofilia en los vecinos y vecinas, entre todos nosotros. Sembrar es el camino. ¿Cuántos viveros podríamos tener en el Parque Metropolitano? Imaginen muchos espacio donde, en mingas ciudadanas, aprendamos juntos sobre las plantas, donde las reproduzcamos, las cuidemos y luego las sembremos, convirtiendo este parque o jardín en un verdadero bosque alto andino, una huerta, espacios con frutales, etc. Estos espacios pueden ser bosques escuela, lugares donde aprendamos de la inteligencia de las plantas, de la gobernanza de las plantas, como nos invita a reflexionar Stefano Mancuso.
Lo que sí da votos es la velocidad: un metro, una nueva calle, otro edificio, otro centro comercial, otro estadio, otra cancha, otro adoquinado. Eso sí es «desarrollo», eso sí da votos.
Es momento de ver las oportunidades en medio del desastre, de unirnos más y dar prioridad a la vida, no solo para la ciudad, sino para todo el Distrito Metropolitano de Quito. ¿La naturaleza, la conservación, los sistemas de tratamiento de aguas servidas no dan votos? ¿Manejar un parque para diversificar las especies y los sistemas forestales no da votos? Limpiar las quebradas, proteger las Áreas de Conservación y Uso Sostenible, cuidar la salud, el tiempo y la vida de los ciudadanos, ¿no da votos? ¿Será cierto?.
Lo que sí da votos es la velocidad: un metro, una nueva calle, otro edificio, otro centro comercial, otro estadio, otra cancha, otro adoquinado. Eso sí es «desarrollo», eso sí da votos. Estamos cosechando lo que hemos sembrado durante décadas. Esta es la historia de nuestro país, la historia de las prioridades del ser humano en su afán por el mal llamado desarrollo. Este camino nos está llevando a la extinción, y lamentablemente, con mucho sufrimiento para nosotros y para cientos de otros seres que comparten este planeta con nosotros.
El planeta seguirá sin nosotros. La naturaleza también. Pero me niego a pensar que debemos rendirnos. No permitamos que la clase política en decadencia decida sola, y que el capital y las cosas sean lo único que determine el rumbo de nuestras vidas. Debemos aceptar una realidad dolorosa: este modelo económico, político y social nos está llevando al colapso.
Es hora de imaginar y de construir sistemas resilientes para un futuro distinto. Desde el Chocó Andino, seguiremos empujando las nubes sobre los bosques. Ya están cerca, en la cima del Guagua y del Ruco Pichincha. En Mindo y Nanegalito ya esta lloviendo. El agua que se produce aquí va para allá por el cielo. Gracias, vecinos y vecinas, porque con su voto, aún nos queda la esperanza de esa agua que pronto llegará a Quito mojara la tierra quemada, en donde hay que empezar a plantar y restaurar, de manera bonita y diversa, desde la economía del cuidado, desde la soberanía alimentaria, restaurar el río Machangara, el Pita, el Guallabamba, plantar esperanza. La naturaleza regresa, pero tiene que regresar bien. Y más importante que restaurar y plantar será cuidar.
Restaurar nuestros valores como personas, los valores que construyen nuestras comunidades, familias y barrios, porque Quito son sus personas, las del campo y la ciudad, de otras partes del país y del mundo. Más allá del cemento, somos todos nosotros quienes podemos hacer que Quito sea resiliente frente a lo que se avecina.

