En el sector de Bellavista, en la isla Santa Cruz, un grupo de mujeres se viste cada mañana con el uniforme que hasta hace poco les parecía ajeno. Con casco, guantes y herramientas en mano, se inclinan sobre el suelo volcánico y, con precisión, van grapando geoceldas, una suerte de panal tridimensional hecho de polímeros, que sostendrá la nueva carretera. La escena parece cotidiana, pero en realidad inaugura un capítulo inédito en la historia vial del Ecuador: la primera vía construida con esta tecnología en Galápagos y el país.
La alcaldesa de Santa Cruz, Fanny Uribe, sabía que el desafío era grande: en las islas no se puede abrir canteras, y transportar materiales desde el continente supone un costo ambiental y económico enorme. Consciente de esa limitación, tomó una decisión que marcaría un hito: apostar por las geoceldas de tecnología PRS Neoloy, un sistema que funciona precisamente como un gran panal tridimensional fabricado en polímero rígido.
Primero, se colocan las celdas vacías sobre el terreno en franjas de 20 metros cuadrados; esto se asemeja a un nido de abeja en 3D, con celdas fabricadas a partir de aleaciones de polímeros de alta ingeniería, específicamente polímeros nano-modificados (NPA), según el tipo de aplicación. Estos materiales están formulados para ser químicamente estables, reciclables y no contaminantes, evitando la liberación de microplásticos o residuos tóxicos en el entorno.
Luego, esas celdas se rellenan con el mismo material disponible en la zona —piedra, tierra o áridos locales—, que se compacta firmemente. Cuando un vehículo pasa sobre la vía, las ruedas ejercen presión vertical sobre el suelo, pero las paredes de las celdas redistribuyen esa carga de manera horizontal, como si cada pieza del panal trabajara en conjunto para reforzar a la otra. Esto evita que el suelo se deforme, aumenta la rigidez de la superficie y reduce la necesidad de capas adicionales de asfalto o lastre.
Gracias a esta ingeniería, el espesor del pavimento disminuye, los costos bajan y la vida útil de la vía se extiende: se estima que estas carreteras pueden durar hasta 75 años y permiten soportar cargas equivalentes a las de una vía convencional, cumpliendo los estándares internacionales como las normas ASTM y AASHTO, con apenas un 1% de deterioro, frente a los cinco meses que suele resistir un camino lastrado tradicional en Ecuador. La primera fase abarca 3,5 kilómetros de los 22 km en total de esta obra y ha evitado 3.000 viajes de volquetas. Eso significa menos combustibles quemado, menos emisiones, menos presión sobre los ecosistemas.
La obra, valorada en 2,1 millones de dólares, contempla la reconstrucción integral de las redes de agua potable y alcantarillado, así como la rehabilitación de cuatro kilómetros de vías y aceras. En el caso de Galápagos, los costos de ejecución incluyen el factor de incremento del 80% establecido por ley debido al precio de los insumos y servicios en las islas. El proyecto será financiado en su totalidad por el GAD Municipal de Santa Cruz, que busca con esta inversión mejorar la infraestructura urbana y la calidad de vida de la población.
‘Me siento poderosa con mis herramientas’
Entre los pliegues de esta historia aparece Judith Cadena Llerena, de 45 años. Galapagueña de nacimiento, madre de dos hijos, acostumbrada a un mundo donde las mujeres se quedaban en casa, fue invitada por la Alcaldía a formar parte del grupo de “grapadoras”. Al principio dudó: “¿Qué va a decir la gente viéndome vestida como hombre?”, se preguntaba frente al espejo. La vergüenza duró poco.
Ingenieros mexicanos llegaron a enseñar este oficio y ofrecieron a Judith la paciencia que necesitaba. Hoy, ella afirma que ese trabajo exige una precisión que solo manos entrenadas meticulosamente, como las suyas, pueden ofrecer. “Me siento poderosa con mis herramientas”, confiesa, y ríe al recordar sus temores iniciales.
En su barrio ya no es solo ama de casa: entre semana la llaman “ingeniera” y los fines de semana vuelve a ser la vecina de siempre. La diferencia es que ahora camina por calles firmes, sin lodo, sabiendo que ella ayudó a construirlas. Ese orgullo lo transmite también a su hija, quien ya no ensucia los zapatos camino al colegio y escucha en casa una lección distinta: que las mujeres pueden hacer lo que se propongan.
La comunidad de Santa Cruz no solo ve nuevas vías, sino un espejo distinto de sí misma. El proyecto no solo ahorra recursos y reduce la huella de carbono; también ha dado a las mujeres un lugar en un espacio que parecía reservado para los hombres. “Las niñas deben crecer libres, sin miedo, con independencia económica”, dice Judith, convencida de que lo que empezó como un trabajo temporal se ha convertido en un cambio de mentalidad.
La vía se abre paso entre rocas volcánicas e historias humanas. Cada grapa utilizada en la unión de geoceldas son elementos metálicos de alta resistencia, fabricados con acero galvanizado o acero con recubrimiento de zinc, lo que garantiza su durabilidad frente a la corrosión. Su longitud varía entre 1,0 y 1,5 cm, dependiendo del espesor de la celda y del tipo de suelo. La instalación se realiza con equipos de fijación neumática o a presión, asegurando un anclaje firme entre los paneles y reforzando la idea de que se puede planificar con ciencia, ejecutar con conciencia y, de paso, transformar la vida de una comunidad. En Santa Cruz, Galápagos, las carreteras ya no solo conectan lugares: conectan a la gente con un futuro más limpio, más justo y más propio.
Y mientras la segunda fase de la obra se prepara, los habitantes ya piensan en cómo celebrarlo. “Este fin de año vamos a hacer un baile en la calle para festejar”, dice Judith. Será la primera fiesta sobre una carretera limpia, sólida y hecha con el esfuerzo de todos.
Dato
La construcción de 22 km de una carretera con el método tradicional emite un aproximado de 33.000 toneladas de CO2. Estudios afirman que la construcción con geoceldas con tecnología PRS neoloy reduce esa carga ambiental entre un 30-50% aproximadamente, debido al ahorro de extracción de materiales pétreos y reducción de movimientos de tierras.

