La peripecia de un lector que transcurre en el Buenos Aires del siglo XXI se cruza con la París de la centuria del XIX a través de un diario íntimo. Una novelaensayo donde la literatura epistolar es el artificio para este aventurero ecuatoriano.
La aventura comienza cuando Plaza conoce a un destacado profesor y crítico literario en la ciudad de Buenos Aires. “Esas cartas —pensaba Plaza cuando escribía en su diario— son textualidades muertas, para qué revivirlas”. Él comprendía que esas epístolas eran vestigios de dos poderosos intelectuales de América Latina que jamás se habían conocido, era una misión para un arqueólogo de la incertidumbre y la reinterpretación como Michel Foucault. Plaza sabía que el crítico y filósofo francés usaba ese concepto de arqueología para manipular los sucesos del pasado, y hacer que la realidad tal como había sido dada pudiera ser transformada o llegara a convertirse en otra cosa, y así cuestionar la verdad.
Un secreto epistolar del siglo XIX puede cambiar el presente.
Andrés Lasso. Foto: Santiago Cárdenas
Andrés Lasso Ruales (Quito, 1981) Ensayista y docente. Profesor en la Facultad de Humanidades de la Universidad de las Américas (Quito). Vivió en Brasil y Argentina. Es periodista cultural formado en la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, de Porto Alegre y tiene una maestría en Políticas Ambientales en la Universidad de Buenos Aires. Amante y estudioso de la literatura ecuatoriana y argentina. Realizó trabajos como el perfil de Luis Gusmán en la revista española Zero Grados; y en la revista literaria argentina Colofón publicó ensayos sobre los relatos de El estereoscopio de los solitarios, de Juan Rodolfo Wilcock, Respiración Artificial de Ricardo Piglia y sobre Macedonio Fernández en la novela La ciudad ausente. En 2015 alcanzó el segundo lugar del premio Iberrutas con El arma delicada para resistir el dolor, el susurro en la cultura armenia. Actualmente escribe una compilación de ensayos sobre el Ecuador del siglo XIX en la revista Plan V.
Fragmento de la obra
París, 30 de marzo de 1882 (Diario de Rodolfo Mariotti):
Escribir una carta es un alivio disfrazado de retazo que sale con fuerza de la raíz del ánima, como una bala que escapa cuando se dispara un revólver. Nunca hay que abrir un sobre que lleva una misiva para otra persona, es de mala suerte, decía mi abuela, una mujer de comienzos del siglo XVIII: “Una epístola es un secreto invaluable. El mensaje de esa esquela incluso tiene más plusvalía que el oro”.
Si estamos solos en un país extranjero y leemos un aviso de algún ser querido, es probable que esas palabras nos generen cualquier tipo de emociones, ya que en ellas está expuesta la fibra del autor o autora que escribe la información de algo o de alguien, con intención o sin ella, la persona que recibe la nota anhela el conocimiento del recado. El anacoreta, después de aceptar su condición de aislamiento, inventa historias, personajes, para no volverse demente y también para que el silencio no mortifique su cabeza y así soportar la circunstancia que escogió.
Todo eso pensé cuando se fue ese mequetrefe, ese esbirro, ese don nadie que lo único que anhela es apropiarse de la gloria del otro. Porque él ni volviendo a nacer diez veces conseguiría escribir un verso. Es una pena que mi amigo no haya asistido a la reunión pactada, él nunca falta a su palabra. Algo pasa, y lo sé. Lo que me preocupa es que no trajo la misiva de respuesta.
El hecho de que su perro faldero venga y se disculpe sólo denota que este pseudoasesor es un miserable. Por más que este mangajo justifique explicando que don Juan no vino a la reunión porque tiene el corazón destrozado por un país ingrato y que está deprimido, no existe disculpa, y encima tiene la osadía de aclararme que Montalvo sí escribió la carta y que algún día me la entregará. ¡Pero eso sí!, me aclaró todo por medio de él, porque el escritor no deseaba ver a nadie por su situación psicológica. Eso no significa en lo absoluto que mi amigo sea un tipo descortés y que no cumpla con la promesa que se planteó. Yo sé quién es, él se batió con alta prosa y enfrentó con dignidad a todos esos villanos que están acabando con su país. Sin duda, acá hay algo extraño. Porque el escritor nacido en la Mitad del Mundo es noble y leal como mi compatriota que se encuentra afligido y con el alma hecha un hilo, él también dedicó toda su vida a construir una Argentina sobre la base de las ideas de progreso para alcanzar una sociedad más justa, una educación implacable para que el obrero se pueda defender del latifundio, para que el empresario no categorice a sus trabajadores como bichos del mato, y para que un estado también se beneficie de la migración de otra cultura no sólo en el fluir de lo cotidiano sino en la forma y en el intelecto.
Este perro de Palacios no se aleja un instante y siempre está como mosca revoloteando alrededor de este ensayista, vaticino que aunque pasen los años, mi amigo ecuatoriano se transformará en una filosofía política.
Mañana iré a visitar al Figarillo para explicarle este amargo suceso.
Cuando Plaza acabó de leer, se quedó estupefacto y pensando por qué su profesor deseaba qué él leyera esa primera carta, ¿qué había detrás de este registro?, le pareció increíble saber que el escritor de su país, que tanto admiraba, tenía un secreto, y que había justo conocido al pariente de un amigo cercano a Montalvo en París y en la centuria del XIX. Para él, amante de ese siglo, esa lectura era algo extraordinario, se sentía como en una película o en una novela de misterio.
Plaza terminó el café y la gaseosa. Antes de salir recibió un llamado de Delfina, quien lo invitaba a una reunión en su apartamento esa noche, donde iba a haber pizza, birra, vino y fernet y otros juguetes, como ella llamaba a la marihuana. Plaza aceptó en seguida sin ningún reparo, pero primero quería llegar a su apartamento y descansar un poco, tomar un baño y salir, total Buenos Aires era una ciudad nocturna, la gente vivía más en la noche. Durante el retorno a su apartamento, mientras se transportaba en el bondi 55, recordó otro hecho del pasado de su familia, que había ocurrido en el siglo XIX. Según su abuelo César, sus raíces estaban inundadas de sangre. La familia Plaza Guijarro estaba manchada por el asesinato de un tal señor de apellido Palacios a manos de Néstor Plaza, a causa del amor por Victoria Guijarro. Néstor sería el tatarabuelo de Plaza.
La historia era la siguiente: Victoria Guijarro tenía cinco hermanas llamadas Leonor, Norma, Teresa, Virginia y María del Carmen, todas eran hijas de un notable abogado llamado Estuardo y de Abigail Iturralde, una señora que había heredado una fortuna de su familia de ganaderos de la ciudad de Latacunga. La pareja se codeaba con la aristocracia quiteña y las altas autoridades del gobierno de Luis Cordero Crespo en la década del XIX.
En una de esas fiestas de la alta clase quiteña y que organizaba el gabinete de la Presidencia de la República en el palacio de Carondelet cuando corría el mes de mayo de 1893, el abogado Néstor Plaza conoció a las hermanas Guijarro, pero la que más lo impactó fue la menor, Victoria. Ella era de contextura delgada, de tez morena, tenía unos ojos negros muy parecidos al capulí, fruta similar a la cereza, que se daba en aquella región andina; tenía la nariz respingada y los labios finos, una línea perfecta que le cruzaba la cara. Apasionado por la delicadeza y la belleza de las artes plásticas, Néstor atisbó en el rostro de Victoria esa percepción que hasta aquel momento para él sólo la pintura podía conseguir.
Victoria también gustó del joven jurista que tenía el cabello oscuro, labios similares a la fresa, cara bien afeitada, finos rasgos y ojos verdes felinos. Se podría decir que ambos quedaron impactados por sus gracias. Cuando bailaron una pieza de Strauss, y mientras duraba el vals, no se apartaron las miradas, y fue ahí que comenzó un amor intenso que luego cayó en la obsesión por parte de Néstor. Ese fue el resultado de un hecho que lo marcó para siempre.
Después de ese baile en Carondelet todo iba color de rosas, el abogado quiteño incluso ya había pedido la mano en el mes de noviembre de ese año para casarse con Victoria, y don Estuardo y doña Abigail ya habían aceptado el compromiso de su última hija con Néstor. Lo que no esperaban los enamorados fue la aparición de un tercero, sobre todo Victoria, que estaba más cuidada que animal en jaula, tal como eran las tradiciones de la época.
Un día Victoria salió a la calle con dos sirvientas a comprar unos víveres en un mercado del barrio, su casona estaba localizada en el sector cercano a la iglesia del barrio de San Juan y el colegio la Providencia, en el centro colonial de Quito. Cuando la señorita Guijarro y las sirvientas entraron a la despensa, de espaldas se encontraba un tipo no muy alto vestido de traje atezado, su levita era fina, de esas que usaban en París, y tenía un sombrero de copa. El individuo estaba pagando al dueño del local.
En el momento que se dio vuelta, Victoria quedó impactada por los ojos negros de aquel sujeto que tenía el bigote largo y bien peinado, como usaban los caballeros en Europa. Él también vio a la joven quiteña y enseguida se quitó el sombrero y se inclinó ante ella, y la mujer le regaló esa sonrisa que sólo sale cuando alguna persona ruboriza a la otra.
—¡Buenos días, señorita!, pase usted, es una suerte encontrar una belleza tan delicada como la suya por estos lares, no todos los días sucede lo mismo.
—Muchas gracias, caballero, por sus piropos. No todas las mañanas uno encuentra un joven tan elegante y sutil.
Los ojos de ambos se deslumbraron en el primer instante. Sus dos empleadas fueron a verificar las legumbres para el almuerzo, mientras el galán salió de la tienda y encendió una pipa de color negra y se acomodó el bigote para que el humo del tabaco no se impregnara tanto en su mostacho. Ese hombre se llamaba Héctor Palacios y estaba recién llegado de París después de haber trabajado como agregado cultural en la Embajada de Ecuador en Francia.
Palacios era un tipo que se adaptaba a cada circunstancia, había empezado como mensajero en la ciudad de Quito, por cosas del destino había ido a trabajar como mayordomo en la mansión de Octavio Montúfar en el valle de Los Chillos, sector periférico de la capital ecuatoriana, donde toda la burguesía tenía sus haciendas y sus fincas.

