@GabyMunoz777
En Ecuador hay un grupo social históricamente cuestionado, controvertido, polemizado y también satanizado: el sector público.
Mejorar los servicios, usar de manera eficiente los recursos y gestionar de forma efectiva las instituciones del Estado ha sido una preocupación constante y tema de conversación generalizado. Los ciudadanos demandan ya no solo universalidad sino calidad de los servicios que provee el Estado, en escuelas y hospitales, por ejemplo.
Hay una creciente exigencia, no solo en Ecuador sino en América Latina, de más efectividad en la administración pública y en cada funcionario que trabaja en ministerios, municipios, prefecturas…
Dicen que trabajan contando las horas para que se acabe la jornada. Que ganan el sueldo sentados en el escritorio. Que son privilegiados porque tienen salario fijo y, en muchos casos, cargos inamovibles.
Lourdes Garay escucha eso y dice con su voz fuerte y enérgica. “¡No! Mi padre me dijo que uno siempre debe ser un servidor público —en el sentido de servir a la gente— y jamás un burócrata. Como dijo la exsecretaria de Estado de los Estados Unidos, Condoleezza Rice: «no hay mayor desafío ni mayor honor que estar en el servicio público»”.
Lourdes Solanda Garay Clavijo (Portoviejo, 21 de noviembre de 1975), viene de una familia que dedicó su vida al servicio público.
Su abuelo, Asisclo Garay Portocarrero, fue primer jefe del Cuerpo de Bomberos y estuvo en uno de los grandes incendios que afectaron a Guayaquil. Fue diputado dos ocasiones y alcalde de Guayaquil.
Por esa historia hay un barrio tradicional porteño que lleva su apellido, así como parques y una estación de bomberos. Su padre, Galo Garay Vargas Machuca ocupó estos cargos: diputado velasquista en dos períodos, prefecto del Guayas y luego jefe político de Guayaquil en el gobierno del expresidente de la República, León Febres Cordero.
Lourdes o “Lula”, como la conocen, dice que su padre era igual al personaje Gerardo Villamizar, el padre de las Villamizar, una serie de Netflix sobre el rol de tres combativas y valientes hermanas en el Ejército Libertador. “Casi lloro en las primeras escenas de la serie”.
Lourdes Garay.
Su madre, Laura Clavijo, trabajó muchos años en la empresa telefónica de Quito. Nació en Portoviejo porque su padre estaba trabajando en la construcción de la vía Rocafuerte-Tosagua-Portoviejo, por lo que la familia se trasladó a Manabí.
En una videollamada me cuenta los detalles de su vida y el significado que tiene para ella la administración pública. Es domingo por la mañana. Ella está en la playa y yo en Quito, con el cielo moteado de nubes negras.
Se conecta puntualísima. Me escribe cinco minutos antes para indicar que está lista. Es tal cual se muestra en su cuenta de twitter (@lulagaray) con más de 13.000 seguidores: tez blanca, cabello rubio, largo, rizado y una voz muy segura, fuerte y directa, tal como sus publicaciones que muestran su cotidianidad como madre, esposa, funcionaria, jugadora de sóftbol y chef aficionada.
Lourdes o “Lula”, como la conocen, dice que su padre era igual al personaje Gerardo Villamizar, el padre de las Villamizar, una serie de Netflix sobre el rol de tres combativas y valientes hermanas en el Ejército Libertador. “Casi lloro en las primeras escenas de la serie”.
La madre de Lula falleció cuando ella tenía diez años de edad. Fue Lula quien se hizo cargo de sus dos hermanos menores y junto a su padre tomaron el mando del hogar. En su niñez ya sabía cuánto debían durar un litro de aceite y una libra de arroz.
Su primer trabajo fue la docencia. Era profesora de inglés. A los 27 años ingresó a la Municipalidad de Guayaquil. Fue en el 2004, durante la administración de quien fue alcalde de una de las ciudades más grandes del país: Jaime Nebot Saadi.
Comenzó como asistente de María Gloria Cornejo. Le asignaron un escritorio junto al de su jefa. Desde ahí aprendió a redactar oficios de respuesta a las múltiples solicitudes que reibe un municipio.
Lula Garay en una de sus actividades como funcionaria municipal.
Lula no se quedó en casa. Salió de su hogar para ser parte de la Comisión de Víctimas. Integró el grupo de coordinación para ubicar a los muertos y trasladarlos. Ayudó en la entrega de oxígeno a los enfermos. Su cuenta de Twitter fue una de sus herramientas para atender a los ciudadanos y llevar ayuda.
Luego pasó al área administrativa y a la Secretaría General, donde aprendió, gracias al actual ministro de Gobierno y exasambleísta Henry Cucalón, todo sobre los temas legales y el funcionamiento del concejo cantonal.
Después estuvo en la Dirección de Acción Social y Educación (DASE). Su último cargo fue de Directora de la Unidad de Servicios Especiales, a cargo de la coordinación interinstitucional. “Y este último lo terminé exactamente con el escritorio ubicado junto al de mi jefe. Como en mis inicios. Fíjate cómo es la vida”.
Veinte años trabajó Lula Garay en el Municipio de Guayaquil. ¿Lo más duro que le tocó enfrentar? La pandemia del COVID-19.
Guayaquil fue noticia mundial en el 2021: el virus mató a miles de personas. Hubo muchísima gente en los hospitale, miles de contagiados y todo un país conmovido.
En ese momento de pandemia no se sabía si habría vacunas, si el virus estaba en superficies, si el contagio era directo o si flotaba en el aire. Por eso la orden fue el encierro total en las casas.
Lula no se quedó en casa. Salió de su hogar para ser parte de la Comisión de Víctimas. Integró el grupo de coordinación para ubicar a los muertos y trasladarlos. Ayudó en la entrega de oxígeno a los enfermos. Su cuenta de Twitter fue una de sus herramientas para atender a los ciudadanos y llevar ayuda.
“Yo salía vestida como astronauta. Llegaba a casa a ducharme porque no quería contagiar a mi esposo y a mis tres hijos. Mi teléfono no paraba de sonar. Un día empecé a sentirme mal y me encerré en mi cuarto. Todos los días rezábamos el rosario porque no quería que me pasara nada. Por WhatsApp, enseñé a mi marido y a mis hijos a cocinar. Ahí les escribía cómo se hace el arroz. Fue un momento durísimo y ahí aprendí a amar más la vida”.
Aquí como parte del COAE cantonal de Guayaquil.
reflexiona que en el sector público es importante desarrollar un plan de carrera que incentive a los funcionarios con nombramiento definitivo y puedan no solo mejorar sus ingresos sino sus capacidades, conocimientos y fortalezas.
Le pregunto a Lula sobre el rol del funcionario público y el impacto que la gestión tiene en la cotidianidad de la gente. “En el sector público, uno toma decisiones que son decisivas para el ciudadano. Es un rol de alta responsabilidad. Y para administrar un Estado se debe estudiar, se debe entender el funcionamiento de las diferentes instancias del gobierno. Puedo decir que todos los días me levanto con una serie de peticiones ciudadanas y empiezo a planificar cómo ayudar. Es lo que me mueve, mi misión de vida”.
Pero, también, reflexiona que en el sector público es importante desarrollar un plan de carrera que incentive a los funcionarios con nombramiento definitivo y puedan no solo mejorar sus ingresos sino sus capacidades, conocimientos y fortalezas.
Coincidimos en que las autoridades de libre remoción —que llegan con el poder de turno— deben entender que el funcionario que trabaja durante años en una entidad se convierte con el tiempo en la memoria institucional. Ellos saben cómo funcionan los procesos, de la continuidad o no de los proyectos que empezaron en su momento, de los puntos difíciles que la nueva autoridad debe reforzar. “Nos falta tener políticas públicas y no que cambien con las nuevas administraciones. Cuando el exalcalde de Guayaquil, el ingeniero León Febres Cordero, ganó su primer periodo para la Alcaldía contrató a una empresa experta en talento humano para seleccionar al personal de la Municipalidad. Cuando terminó su mandato, su sucesor, el abogado Nebot, mantuvo al personal y siguió con su línea”.
Lula tiene varias especializaciones en comunicación, administración pública, política pública y marketing deportivo. Actualmente estudia Derecho.
Fue la primera mujer a escala panamericana en ocupar la presidencia de una Federación Nacional de Béisbol. “Estoy absolutamente convencida de que el deporte es una poderosa herramienta para evitar que los niños consuman drogas y alejarlos de las calles. El deporte, junto a la escolarización y un buen plan de alimentación, es la política pública que se necesita para que nuestros niños no sean parte de redes de delincuencia”.
Fue la primera mujer en dirigir una federación de beisbol en América Latina.
También reflexiona sobre la falta de participación de la mujer en cargos de decisión en el sector público. Las investigaciones sobre este tema no abundan en el Ecuador. No obstante, existe un estudio del Consejo Nacional de Mujeres en el 2000 que indica que a partir de 1982 hubo más ingresos de mujeres en el sector público, especialmente en los ministerios de Educación y Salud.
“Ellas necesitaron un número de años de estudio significativamente mayor para acceder a las mismas oportunidades de empleo y condiciones de trabajo que los hombres. Sin embargo, y pese a los esfuerzos, no ingresaron a cargos directivos, pues accedieron a puestos como secretarias, enfermeras, asistentes administrativas…”, concluye el estudio.
Cuando difundió en su cuenta de Twitter su separación del cargo tras dos décadas de servicio, Lula recibió decenas de agradecimientos y felicitaciones por su desempeño en la función pública. Su marca registrada en la comunidad la resume en su etiqueta #ComoGarayNoHay.
Lula cuenta que trabajó con el controversial director de Aseo Cantonal y Mercados del Municipio de Guayaquil, Gustavo Zúñiga. “Es un funcionario a quien respeto por todas sus enseñanzas. Pero también —y debo decirlo— es bastante machista. Cuando me delegaba a reuniones para coordinar con otras instituciones estudiaba muchísimo lo que iba a decir y cómo plantearía las líneas de la reunión, por ejemplo con el comandante de la Policía. Y yo iba ahí, pues, toda segura de mí misma, a representar al Municipio. Cuando volvía con los acuerdos, le decía a Gustavo Zúñiga: ya ve que las mujeres sí podemos”.
Cuando difundió en su cuenta de Twitter su separación del cargo tras dos décadas de servicio —ante la coyuntura de la próxima posesión del nuevo Alcalde de Guayaquil—, Lula recibió decenas de agradecimientos y felicitaciones por su desempeño en la función pública. Su marca registrada en la comunidad la resume en su etiqueta #ComoGarayNoHay.
Me muestra una sonrisa y pone un rostro de orgullo cuando recuerda todos los tuits de agradecimiento que recibió, incluso de ciudadanos que cuestionan la administración municipal. “Me sorprendí mucho. Hoy estoy procesando todo lo que viví en el Municipio y quiero ampliar mis alas, mis proyectos”.
En su despacho del Municipio de Guayaquil.
En la administración pública, el funcionario tiene la siguiente definición: es una persona que brinda un servicio de utilidad social. Esto quiere decir que aquello que realiza beneficia a otras personas y no genera ganancias privadas (más allá del salario que pueda percibir el sujeto por este trabajo). Los servidores públicos prestan servicios al Estado.
Cuando un funcionario sale de la institución debe realizar un trámite que se llama “paz y salvo” que incluye varias actas de entrega de los bienes que usó (computadora, escritorio, silla, etcétera) y la declaración de bienes.
“Mucha gente pensará que al ingresar al sector público ya se pueden construir casas o comprar carros. Cuando vi mi declaración final de bienes recordé lo que me enseñó mi padre: el servicio público es un apostolado. Mi mayor fortuna es mi familia, formada por mi esposo y mis hijos, quienes son maravillosos, buenos y me apoyan en todo”.
Lula se despide. Debe ir a cocinar para sus «mancitos», como les llama con cariño. Ellos son su razón de vivir

