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La elección de fiscal general: un fiasco de la peor especie

27 de los 75 postulantes para el concurso de fiscal general del Estado fueron admitidos para continuar con el proceso. Foto: Alfredo Cárdenas / El Universo

La renuncia anunciada el 2 de abril de 2026 por parte de la directiva y varios integrantes de la veeduría ciudadana del concurso para designar a la nueva autoridad de la fiscalía general del Estado no es un incidente menor del procedimiento: es una señal de deterioro de legitimidad en el corazón mismo del mecanismo de control social que debía blindar el proceso.

Los ex veedores sostuvieron que sus observaciones fueron ignoradas, que no tuvieron acceso adecuado a información clave y que se conformó, de hecho, un grupo paralelo más cercano a las decisiones de la Comisión Ciudadana de Selección. En paralelo, el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS) mantiene en marcha el concurso, cuya estructura formal se activó entre enero y marzo de 2026, tras la conformación de la comisión y varias resoluciones sobre principalizaciones y renuncias internas.

El primer efecto político de esta ruptura es la erosión de confianza sobre el resultado final del concurso: el proceso deja de proyectar imparcialidad y empieza a transmitir la idea de una selección previamente conducida. En un país donde la fiscalía general del Estado es pieza decisiva para investigar corrupción, crimen organizado y disputas entre élites políticas, cualquier sospecha de captura del procedimiento contamina por anticipado a quien resulte designado.

La implicación institucional es todavía más delicada. El CPCCS venía arrastrando problemas de credibilidad por conflictos en otros procesos de designación, y esta crisis refuerza la percepción de que el control ciudadano funciona solo como adorno procedimental y no como contrapeso real. Con la vigilancia social neutralizada, el concurso corre el riesgo de judicializarse o de llegar políticamente podrido a su desenlace. Incluso si el trámite no se detiene, la autoridad electa podría iniciar funciones bajo una sombra de ilegitimidad que dificultaría sus decisiones más sensibles.

El concurso puede continuar, pero su resultado ya está condicionado. La nueva Fiscalía en el nuevo Ecuador nacerá bajo cuestionamientos de ilegitimidad.

En términos de gobernabilidad, el episodio abre un frente adicional para el Gobierno y para las fuerzas políticas que disputan el control indirecto de la justicia. Una Fiscalía cuestionada desde su origen no estabiliza el sistema: lo vuelve más frágil. El costo no se agota en el concurso; se proyecta sobre la persecución penal futura, sobre la cooperación entre funciones del Estado y sobre la percepción ciudadana de que la justicia sigue siendo terreno de reparto, no de autonomía. La renuncia de la veeduría desnuda la precariedad del dispositivo institucional que debía asegurar transparencia.

La salida de la veeduría ciudadana del concurso para fiscal general no es un desacuerdo técnico: es una alerta sobre cómo se está administrando uno de los procesos más sensibles del Estado. Cuando quienes debían vigilar denuncian falta de acceso, exclusión y decisiones cerradas, el problema deja de ser interno y se traslada al terreno político: ¿quién controla realmente la designación de la autoridad que investigará al poder?

El concurso puede continuar, pero su resultado ya está condicionado. La nueva Fiscalía en el nuevo Ecuador nacerá bajo cuestionamientos de ilegitimidad. No enfrentará solo casos judiciales, sino dudas permanentes sobre su independencia. El episodio instala un mensaje más profundo: el sistema de selección de autoridades no estaba hecho para garantizar confianza ni transparencia. Y cada proceso fallido debilita la credibilidad del Estado frente a la ciudadanía.

Un arranque marcado por la opacidad

Nadie sabe quiénes son, salvo los burócratas que están calificando las carpetas de más de 70 aspirantes, según se afirma desde prensa independiente. El proceso para designar al nuevo fiscal general del Estado en el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social ha dejado dejó hace tiempo de ser un trámite institucional y se convirtió en un dispositivo de disputa política de alta intensidad. Lo que el reglamento presenta como concurso de méritos, en la práctica se configura como un campo de selección atravesado por vetos cruzados, sospechas de direccionamiento y una progresiva erosión de confianza en la comisión encargada.

Observaciones sobre criterios de calificación, posibles conflictos de interés y la fragilidad de los mecanismos de impugnación han desplazado el debate desde la idoneidad hacia la legitimidad. Es decir, el problema ya no es quién puede ser Fiscal, sino bajo qué condiciones alguien podría llegar a serlo sin quedar políticamente condicionado desde el origen.

El resultado previsible es inquietante: incluso si el proceso concluye formalmente sin rupturas, el nuevo Fiscal podría cargar con un déficit de origen difícil de revertir. Porque en escenarios de alta polarización, la independencia no se declara; se construye. Y este proceso, parece haberla puesto en entredicho antes de nacer.

El resultado no es un Fiscal débil: es un Fiscal funcional, que no necesita dar órdenes ilegales pues le basta con no actuar, archivar, dilatar o mirar hacia otro lado; o perseguir a los que incomodan al poder.

La discusión sobre el nuevo Fiscal no es un debate técnico ni un concurso más en la burocracia del Estado. Es una pregunta mucho más incómoda: ¿quién va a tener la capacidad -y la voluntad- de investigar al poder cuando el poder cometa delitos? Porque el Fiscal no persigue solo delincuencia común; persigue corrupción, abuso de autoridad, redes político-criminales, es decir, las formas más sofisticadas de impunidad.

Por eso el problema no es el nombre que salga del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, sino el circuito que lo produce. Si ese circuito está capturado, condicionado o atravesado por intereses, el resultado no es un Fiscal débil: es un Fiscal funcional, que no necesita dar órdenes ilegales pues le basta con no actuar, archivar, dilatar o mirar hacia otro lado; o perseguir a los que incomodan al poder.

La pregunta de fondo es brutalmente simple: ¿quién controla a quienes controlan? Si la respuesta termina siendo “nadie”, entonces la justicia deja de ser un contrapeso y se convierte en parte del problema. Y en ese punto, la democracia se vacía por dentro.

Cuando la Fiscalía entra en un circuito antidemocrático, la ley deja de ser un límite al poder y se convierte en un instrumento del poder. Y en ese escenario, ningún ciudadano está realmente a salvo: hoy es un adversario político, mañana puede ser cualquiera.

El proceso en el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social para elegir al nuevo fiscal general del Estado trasciende lo administrativo: ese funcionario es quién investigará al poder. Entre sospechas de direccionamiento y evidente influencia del poder político, el riesgo no es solo un mal nombramiento, sino el de una Fiscalía funcional, incapaz de procesar la delincuencia política y garantizar control democrático.

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