Ya no son simples ofertas de campaña, pero preocupan. La captura, casi milimétrica, del dictador venezolano Nicolás Maduro en el búnker del Fuerte Tiuna y la incursión de fuerzas militares estadounidenses en territorio del país caribeño, muestran que las ideas del presidente de EE. UU., Donald Trump, no son fantasías. Hay otros asuntos pendientes para el mandatario, que cumplió hace pocos días su primer -y bastante largo- año de mandato.
Está la idea de retomar el canal de Panamá, con el pretexto de que los chinos manejan este estratégico punto en el istmo centroamericano y el plan de denominar como golfo de América al denominado golfo de México. Sin dudas, los países afectados están alertas.
Tanto como el reino de Dinamarca, ante la intención de Trump de adquirir o tomarse por la fuerza Groenlandia, una isla en el océano Ártico que fue, en la historia, el lugar donde los vikingos se aprovisionaron antes de descubrir lo que llamaron “Terranova” (este de Canadá y EE. UU.) en el 800 D.C., aproximadamente. Groenlandia o “Greenland” (tierra verde), una aspiración de Donald Trump en su agresiva política imperial, provocando protestas en este frío territorio y en ciudades como Copenhague (la capital danesa), con leyendas escritas que señalan “no queremos ser estadounidenses”.
Y mientras Donald Trump insiste en controlar Groenlandia y aumenta su campaña de presión y amenazas, pese a la resistencia interna -incluyendo a algunos asesores-, se deteriora más la relación entre EE. UU. y sus aliados europeos, cisma que comenzó cuando Trump llegó al poder, al buscar resolver a su manera el problema de la invasión rusa a Ucrania. Muchos aliados de Trump que se oponen a sus planes sobre Groenlandia, prefieren actuar como si no fuera en serio y que eventualmente olvidará el tema, pero queda claro que no bromea.
Incluso si se cree que su deseo de controlar Groenlandia es utópico, los métodos que usa son tensos y con impactos a largo plazo, Trump sigue presionando a Dinamarca para que ceda Groenlandia poniendo en riesgo la unidad de la alianza occidental. Trump responde a las crecientes críticas republicanas y europeas no retrocediendo, sino intensificando su influencia: nuevos aranceles a países europeos si no hay un acuerdo para comprar Groenlandia. En el siglo XIX, EE. UU. adquirió una parte del territorio mexicano (otra se la tomó a la fuerza), Alaska a Rusia, la Florida a España y Luisiana a Francia.
Incluso si se cree que su deseo de controlar Groenlandia es utópico, los métodos que usa son tensos y con impactos a largo plazo. Trump sigue presionando a Dinamarca para que ceda Groenlandia poniendo en riesgo la unidad de la alianza occidental.
Hace poco Trump envió una carta a la primera ministra de Noruega manifestando su desaire al Premio Nobel de la Paz: “no me siento obligado a pensar únicamente en la paz”, sino en “lo que es bueno y correcto para Estados Unidos de América”. La carta se filtró y Trump publica mensajes privados del secretario de la OTAN y del presidente Macron de Francia. También memes de él conquistando Groenlandia.
Groenlandia está bajo la protección de la OTAN, lo que provocaría una reacción de los países europeos para defenderla ante una eventual invasión estadounidense. Desde su primer mandato Trump amenazó con retirar a su país de la alianza militar atlántica, poniendo en entredicho la existencia de la OTAN, creada en 1945, tras la segunda guerra mundial, para unirse contra la URSS y otras amenazas. La situación en Groenlandia refuerza la idea europea de construir un futuro sin EE. UU.
No es un ejemplo aislado de las ambiciones territoriales y amenazas militares de Trump, que parece cada vez más envalentonado para buscar dominar el hemisferio occidental, evitando eventuales amenazas rusas y chinas en la región por lo que insiste en tomar el control de Groenlandia.
Muchos republicanos en la legislatura son escépticos. Será complicado que Trump encuentre partidarios firmes. Don Bacon, republicano de Nebraska, dijo que es “la cosa más tonta que he escuchado en mi vida”. El senador republicano John Kennedy, de Luisiana, calificó como “estupidez en grado extremo” la idea de una acción militar sugerida por Trump. En esta ocasión, esperar no sería suficiente y algunos republicanos empiezan a aceptarlo.
De todos modos, existe una propuesta bipartidista de dos senadoras, la republicana Lisa Murkowski, de Alaska, y la demócrata Jeanne Shaheen,, de Nueva Hampshire, para bloquear la intención de Trump de adueñarse del territorio de cualquier Estado miembro de la OTAN, pero la medida requiere dos tercios de los votos de ambas cámaras para evitar un veto de Trump. Suena raro pensar que el Congreso someta a Trump a un juicio político tras hacerlo dos veces en su primer mandato, en una legislatura que, por ahora, sigue controlada por los republicanos, quienes deberían responder ante sus bases. Pero sigue siendo una opción no descartable.
La insistencia de Trump
Trump habla reiteradamente de que Rusia y China estarían rondando la isla y estarían listas para tomarla si EE. UU. no lo hace, lo cual no es cierto. El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores chino, Guo Jiakun, pidió a EE. UU. que “deje de usar la llamada amenaza china como pretexto para buscar intereses egoístas”.
Trump también arremetió contra el Reino Unido por entregar a Mauricio la isla de Diego García en el océano Índico, señalándolo como un “acto de total debilidad”. Algo similar a lo de Groenlandia, porque el Reino Unido originalmente compró Diego García y mantiene una base militar conjunta con EE. UU. Esto, según Trump, hace esencial tomar Groenlandia. Esta idea estuvo “en la mente presidencial desde hace 160 años, EE. UU. ha intentado adquirir Groenlandia. No es algo nuevo”, sostiene el mandatario estadounidense.
Una encuesta de CNN señala que el 75 % de los estadounidenses e incluso casi la mitad de los republicanos se oponen a tomar Groenlandia. Una mayoría de los republicanos (52 %) se opone firmemente y solo el 7 % lo apoya sin mencionar la posibilidad de acción militar. Una encuesta de CBS News-YouGov mostró que la oposición subía al 86 % si Trump emplea la fuerza militar. Se creía que la base de Trump (los MAGA) apoyaría la idea mientras él seguía impulsándola, pero no pasa.
¿Por qué Groenlandia es danesa?
La historia común que comparten Groenlandia y Dinamarca es compleja y arrastra heridas de la era colonial difíciles de cicatrizar. Hasta el regreso de Trump al poder, la relación entre la isla y la antigua metrópoli atravesaba su momento más tenso.
La radio pública danesa desveló en 2022 que miles de mujeres groenlandesas, muchas menores de edad, fueron obligadas a utilizar un dispositivo intrauterino para evitar embarazos en los años sesenta y setenta. Varios políticos groenlandeses describieron ese capítulo de la historia como “un genocidio”. La premier Frederiksen pidió disculpas a las víctimas durante una ceremonia oficial en septiembre.
En febrero de 2025, antes de las elecciones groenlandesas, la televisión pública danesa estrenó un documental sobre la extracción, entre fines del siglo XIX y 1987, de criolita con un beneficio de 400.000 millones de coronas danesas (54.000 millones de euros) obtenido por Copenhague con la explotación de este mineral.
Al mirar un mapa desde arriba se ve lo cerca que están Groenlandia, Rusia y Alaska. Groenlandia es un foco importante de las defensas de EE. UU. Tienen una importante base allí con sistemas de rastreo espacial y de detección de lanzamientos de misiles. La zona es importante estratégicamente y según avanza el deshielo y las rutas marinas se abren, va a ser hasta crucial para los países cercanos y también para China. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, con Groenlandia situada entre EE. UU. y la URSS, el territorio fue un punto clave para evitar un hipotético ataque soviético.
Groenlandia es rica en recursos naturales y una oportunidad de negocio por el cambio climático. Tiene más de un siglo en el punto de mira de EE. UU. Por esta razón, Dinamarca y otros siete países europeos enviaron pequeños contingentes de tropas a Groenlandia -un gesto simbólico-para participar en maniobras militares, por lo que el presidente de EE. UU. anunció la imposición de aranceles de hasta el 25% a estos ocho aliados si se oponían a su plan. Poco después, retiró la amenaza.
La radio pública danesa reveló, en 2022, que miles de mujeres groenlandesas, muchas menores de edad, fueron obligadas a utilizar un dispositivo intrauterino para evitar embarazos en los años sesenta y setenta.
“Me gustaría llegar a un acuerdo, ya saben, por las buenas; pero si no lo hacemos por las buenas, lo haremos por las malas”, dijo Trump el 9 de enero, mientras cuestionaba la soberanía danesa sobre la isla: “que un barco suyo desembarcara allí hace 500 años no quiere decir que sea de Dinamarca”. Se refiere a los vikingos.
“No usaré la fuerza”, declaró en su polémica intervención en el foro económico de Davos (Suiza), donde insistió en la “necesidad” de controlar Groenlandia. De producirse una invasión estadounidense, los soldados daneses deben entrar en combate sin esperar órdenes, según una directiva militar de 1952 vigente del ministerio de defensa danés.
El control de Copenhague de la mayor isla del planeta no se remonta a medio milenio, como sugiere Trump, sino a más de tres siglos. Los primeros habitantes de Groenlandia, pobladores amerindios, llegaron hace unos 4.500 años. Desde el siglo X, exploradores y colonos nórdicos se asentaron en zonas costeras, pero todas las comunidades de origen europeo desaparecieron a fines de la Edad Media.
Posteriormente, el misionero luterano Hans Egede, auspiciado por los reinos de Noruega y Dinamarca, lideró en 1721 una expedición a Groenlandia para evangelizar a la población indígena. Luego de su viaje, ciudadanos daneses se instalaron en las inmediaciones de Nuuk, la capital, iniciando la colonización danesa. La gigantesca isla, a apenas 26 kilómetros de Canadá, dejó de ser una colonia cuando se incorporó formalmente al Reino de Dinamarca en 1953, y los ciudadanos groenlandeses obtuvieron nacionalidad danesa.
Aunque la idea de Trump de incorporar Groenlandia suena disparatada, el republicano no hace sino revivir viejas aspiraciones de Washington, que quiso adueñarse de este territorio estratégico muchas veces en los siglos XIX y XX. Un informe de 1867 del Departamento de Estado subrayaba la ubicación estratégica de la gigantesca isla helada y sus abundantes recursos naturales. “Deberíamos comprar Islandia y Groenlandia, especialmente la segunda. Las razones son políticas, militares y comerciales”, señalaba el documento.
El intento formal de adquirir Groenlandia fue en 1946. El presidente Harry Truman ofreció $ 100 millones en oro, que fueron rechazados por Dinamarca. Si aceptaban la oferta, no habría sido la primera venta de una colonia del país escandinavo: en 1917 las islas caribeñas de Santo Tomás, San Juan y Santa Cruz se convirtieron en las Islas Vírgenes de EE. UU., luego del pago de $ 25 millones.
Trump canceló en 2019 un viaje oficial a Copenhague porque la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, no quiso debatir una posible venta de Groenlandia -con tamaño equiparable a los territorios de Alemania, Francia, España, Italia y el Reino Unido juntos-. Tras vencer en las presidenciales de 2024, retomó el asunto con más ímpetu. Antes de su regreso a la Casa Blanca, el republicano repitió muchas veces que “la propiedad y control” de Groenlandia es una “necesidad absoluta para EE. UU. por cuestiones de seguridad nacional”.
La ocupación nazi de Dinamarca, en abril de 1940, dejó a Groenlandia aislada de su metrópoli. Las autoridades danesas firmaron un acuerdo que otorgó a EE. UU. libertad para desplegar tropas, construir bases y operar en la isla durante la guerra. El pacto implicó la creación de una red estratégica de instalaciones militares para asegurar Groenlandia frente a cualquier intento alemán de dominar el Ártico.
Además de su posición geográfica, en Groenlandia existe uno de los recursos minerales esenciales durante la II Guerra Mundial: la criolita, para producir aluminio a gran escala. Sin ella, la fabricación masiva de aviones -decisiva en la superioridad aérea de los aliados- hubiese sido imposible. EE. UU. construyó durante la II Guerra Mundial 17 bases en Groenlandia, que además funcionaban como puntos de reabastecimiento vitales para las rutas aéreas transatlánticas. Tras la derrota alemana fueron cerradas la mayoría, pero la isla ártica recuperó un papel central en la Guerra Fría.
El tratado de 1951, en el que EE. UU. reconoce explícitamente “la soberanía del Reino de Dinamarca”, concede a Washington la posibilidad de construir en Groenlandia nuevas bases, puertos, pistas de aterrizaje y estaciones de radar, y de desplegar miles de soldados e instalar sistemas terrestres de defensa antiaérea.
Tras la firma entre Washington y Copenhague de un nuevo tratado -todavía vigente- la primera potencia mundial construyó en el noroeste de la isla la base de Pituffik, crucial para la vigilancia espacial, la alerta temprana de misiles y la defensa antiaérea. Albergó a miles de militares, aunque tras el colapso soviético Washington redujo la cifra hasta dejarla en unos 200 actuales.
El tratado de 1951, en el que EE. UU. reconoce explícitamente “la soberanía del Reino de Dinamarca”, concede a Washington la posibilidad de construir en Groenlandia nuevas bases, puertos, pistas de aterrizaje y estaciones de radar, y de desplegar miles de soldados e instalar sistemas terrestres de defensa antiaérea.
“Durante la Guerra Fría llegó a haber hasta 6 mil soldados estadounidenses repartidos en distintas bases y podría volver a aumentar su presencia militar si considerara que necesita un refuerzo en Groenlandia, sin tener que disputar la soberanía danesa”, sostiene Marion Messmer, investigadora de Chatham House. Trump justifica sus intenciones por la necesidad de proteger Groenlandia de una hipotética agresión futura de Moscú o Pekín. “Si no nos hacemos con Groenlandia, Rusia o China la ocuparán, y no voy a permitir que eso suceda”, dijo.
El interés de Moscú y Pekín en el Ártico es claro. El deshielo provocado por el cambio climático ofrece oportunidades económicas, la apertura de nuevas rutas marítimas y la posibilidad de explotar recursos mineros e hidrocarburos hasta hace poco inaccesibles por el hielo. Rusia reacondicionó en su costa norte más de una decena de antiguas bases militares e inauguró varias nuevas. China publicó en 2018 un libro blanco donde se definía a sí mismo como un “Estado cercano al Ártico”.
Aunque pertenece a la OTAN, Groenlandia no es parte de la UE. El territorio semiautónomo abandonó el bloque comunitario en 1985 por una disputa sobre política pesquera y pasó a clasificarse como un “país o territorio de ultramar de la UE”, por lo que mantiene ciertos acuerdos de cooperación con la Unión.
A diferencia de Groenlandia, Islas Feroe -el tercer territorio que compone el Reino, junto a la isla ártica y la Dinamarca continental- nunca fue parte de la UE. El archipiélago de 56.000 habitantes (los mismos de Groenlandia), situado entre Islandia y Escocia, obtuvo su autogobierno en 1948 y no se integró en la Comunidad Económica Europea (precursora de la UE) junto al resto del Reino en 1973, para proteger sus recursos pesqueros. Hoy es un “tercer país” para la UE.
Un territorio que busca autonomía: la presencia de China
Las aspiraciones de autodeterminación en Groenlandia se vienen gestando desde que obtuvo cierta autonomía en 1979 y se constituyó el Inatsisartut (Parlamento groenlandés). Treinta años después, sus competencias se ampliaron, aunque la defensa, política exterior y monetaria aún dependen de Copenhague. El estatuto de autonomía, aprobado en referéndum en 2008, establece reglas para un hipotético proceso de independencia.
Para iniciarlo, Groenlandia debe expresar formalmente a Dinamarca su intención de romper lazos con el Reino y luego iniciar negociaciones abordando aspectos legales, económicos y administrativos. Tras el acuerdo, se firmaría un tratado de independencia definitivo, que debe aprobarse en el Inatsisartut, antes de someterse a un referéndum entre la población. Y antes de la transición y de que Groenlandia sea miembro de la ONU, el tratado de independencia debería ser ratificado en el Parlamento danés (solo dos de los 179 diputados son groenlandeses).
Cuatro de los cinco partidos del Parlamento groenlandés aspiran a la secesión. Todos menos uno, abogan por una separación gradual y de largo plazo, conscientes de que la economía groenlandesa no podría sobrevivir sin los subsidios de Copenhague. La mitad del presupuesto anual del Gobierno groenlandés procede de ayuda danesa y más del 90% de ingresos por exportaciones proviene de la pesca.
La isla posee algunos de los depósitos más grandes que existen de «tierras raras (neodimio, praseodimio, disprosio y terbio, entre otros). Y además del uranio, también hay derivados del zinc.
Naleraq, el único partido independentista que aboga una ruptura con Dinamarca -quiere negociar directamente con Washington, de espaldas a Copenhague-, fue segundo con el 25% de los votos en las elecciones del año pasado. El resto de formaciones secesionistas, junto a Atassut, la única que defiende el actual statu quo, formaron una coalición para mostrar unidad ante las amenazas de Trump.
La isla posee algunos de los depósitos más grandes que existen de «tierras raras (neodimio, praseodimio, disprosio y terbio, entre otros). Y además del uranio, también hay derivados del zinc. La gran mayoría de las tierras raras posee propiedades comerciales únicas y son materias primas clave para la producción de tecnologías de la comunicación y energía, como turbinas eólicas, vehículos eléctricos o celulares
Patrik Andersson, Jesper Willaing Zeuthen y Per Kalvig, de la Universidad de Aalborg (Dinamarca) argumentan en un artículo académico que China logró un papel monopolístico en todos los segmentos de la cadena de valor asociada a estos elementos químicos, que son materia prima fundamental para la Unión Europea y Estados Unidos. De hecho, la UE importa el 90% de sus tierras raras de China.
Y, en Groenlandia, el gigante asiático está involucrado en el Proyecto Kvanefjeld, en el sur de la isla, para construir una mina de uranio y tierras raras (neodimio, disprosio e itrio, entre otros) junto a una empresa australiana. Este no es el único intento de China de aumentar su presencia en Groenlandia. El año pasado, una oferta de una empresa estatal china para construir tres nuevos aeropuertos en la isla acabó provocando que el gobierno danés aportara la mitad del financiamiento.

