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Los cuadernos de Omar: la infancia que Gaza entierra y que el mundo calla

Palestinos caminan entre las ruinas de edificios destruidos por Israel en el campo de refugiados de Al Bureij, en el centro del enclave, el 23 de julio de 2025. / Anadolu / Anadolu via Getty Image

El amanecer en Gaza parecía inventado por un dios distraído. Entre los escombros de un edificio que hasta la víspera había olido a pan recién horneado, un niño de nueve años camina con la obstinación de quien busca algo que solo él sabe. Se llamaba Omar, aunque en la penumbra polvorienta cualquiera podría confundirlo con la sombra de sí mismo.

De la casa familiar quedaban paredes inclinadas como borrachos, ventanas sin cristal y la memoria del ruido seco que había sacudido la madrugada. Su madre no salió de los muros vencidos, su padre yacía en un hospital saturado de lamentos, y sus hermanas habían desaparecido en el estruendo como pájaros sorprendidos por una tormenta.

El niño, sin embargo, no buscaba cuerpos. Preguntaba por sus cuadernos, aquellos donde dibujaba balones y escribía letras torcidas que soñaban con ser palabras. Le importaba más rescatar sus páginas que rescatar la niñez que le habían robado. Entre las ruinas, se agachaba con paciencia infinita, como si supiera que la memoria se guarda en papeles y no en monumentos.

Alrededor, los vecinos removían piedras con las uñas, cada uno convencido de que bajo su propia ruina había un corazón latiendo todavía. El aire olía a pólvora y miedo, pero también a una terquedad antigua que se negaba a rendirse. Gaza era, a esa hora, un cementerio donde los vivos andaban con la resignación de los muertos.

Omar se sentó sobre un bloque de cemento y, sin lágrimas, miró el horizonte. Tenía la expresión solemne de los viejos profetas, como si hubiera visto en un instante el destino de su pueblo entero. A su edad, debería aprender a multiplicar; en cambio, aprendía a dividir: la vida entre el polvo y la ausencia.

La escena de Omar entre los escombros no es un hecho aislado. Es la consecuencia de más de siete décadas de un conflicto que comenzó oficialmente en 1948, con la creación del Estado de Israel. Ese año, bajo el auspicio de las Naciones Unidas y con el respaldo de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, se creó el Estado de Israel sobre tierras habitadas desde generaciones por familias palestinas. Lo que para los israelíes significó independencia, para los palestinos se convirtió en la Nakba, la catástrofe: la expulsión forzosa de más de 700.000 personas de sus casas y aldeas, que hasta hoy mantienen las llaves como símbolo de un retorno pendiente.

Omar se sentó sobre un bloque de cemento y, sin lágrimas, miró el horizonte. Tenía la expresión solemne de los viejos profetas, como si hubiera visto en un instante el destino de su pueblo entero.

Desde entonces, la región ha atravesado múltiples guerras árabe-israelíes y una ocupación militar que marcó un punto de quiebre en 1967, cuando Israel tomó el control de Cisjordania, Jerusalén Este y la Franja de Gaza. Territorios palestinos que, en teoría, debían constituir el futuro Estado palestino, quedaron bajo una administración militar que, lejos de ser temporal, se extendió hasta el presente.

En Cisjordania la ocupación derivó en la construcción de colonias ilegales, donde hoy viven más de 700.000 colonos israelíes, amparados por leyes y recursos que no se aplican a la población palestina. En Jerusalén Este, las familias palestinas han sido desalojadas poco a poco para cambiar la composición demográfica de la ciudad. Y en Gaza, un estrecho territorio de dos millones de habitantes, se impuso un bloqueo terrestre, marítimo y aéreo que restringe el acceso a alimentos, medicinas, agua potable y electricidad.

El resultado ha sido la creación de un régimen de segregación que organizaciones internacionales como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han descrito como apartheid. Un sistema que diferencia y discrimina, donde los derechos de los palestinos están subordinados al control político, militar y económico de Israel.

En ese marco histórico se inscribe la vida de Omar. Su búsqueda desesperada entre ruinas no es solo consecuencia de una guerra reciente, sino de una estructura de ocupación que lleva décadas negando a los palestinos la posibilidad de vivir con dignidad en su propia tierra.

La historia de Omar, que busca sus cuadernos entre ruinas, refleja la cruda realidad de millones de niños palestinos. Detrás de su rostro se ocultan cifras que traducen la pérdida irreparable. Según información de AP News, hasta el 4 de septiembre de 2025, más de 64. 000 palestinos han sido asesinados desde el inicio del conflicto en octubre de 2023.

Solo en Gaza, como ya lo reportó el Washington Post, el Ministerio de Salud palestino informó que existen casi 146.000 heridos a finales de julio de 2025. Desde junio, la ONU en cambio advierte que esas cifras podrían estar subestimadas, al tiempo que más de 21.000 niños han quedado discapacitados y más de 40.500 resultaron heridos, muchos con secuelas permanentes.

Desde mayo de 2025, más de 1.000 personas han sido asesinadas mientras intentaban acceder a ayuda alimentaria, en un contexto donde la hambruna ya no es una amenaza, sino una realidad tangible. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud ha calificado la situación como “hambruna masiva provocada por el hombre”. En julio, ya se reportaron 111 muertes por inanición, incluidos niños y embarazadas, y 5. 100 menores fueron ingresados por desnutrición, de los cuales 800 estaban en estado crítico.

Desde mayo de 2025, más de 1.000 personas han sido asesinadas mientras intentaban acceder a ayuda alimentaria, en un contexto donde la hambruna ya no es una amenaza, sino una realidad tangible.

El bloqueo sobre Gaza se ha convertido en una condena diaria. A pesar de una leve apertura en mayo de 2025, el flujo de ayuda sigue siendo escaso, lo que impide el ingreso regular de alimentos, medicinas y combustible, según reportes de Naciones Unidas. El Programa Mundial de Alimentos advierte que, por meses, más del 80 % del alimento ha sido retenido, llevando a que muchos coman solo un bocado un día sí y otro no.

Los servicios básicos han colapsado. La disponibilidad de electricidad cayó hasta un 90 %, dejando hospitales sin energía, plantas desalinizadoras y bombeo de agua fuera de servicio. En julio de 2025, OCHA describió una situación crítica de agua potable: la gente recorre kilómetros bajo un sol implacable en busca de un poco de agua, mientras enfermedades transmitidas por el agua se multiplican.

La educación y la salud también están en ruinas. Antes de la guerra, más del 95 % de los niños asistían a la escuela. Hoy, cientos de miles de menores han perdido un año escolar o más, las infraestructuras educativas han sido destruidas y más de 231 docentes y administrativos han muerto.

En paralelo, los servicios sanitarios están al borde del colapso. No solo faltan medicinas y equipamiento, sino que la falta de combustible ha obligado a cerrar hospitales enteros o realizar intervenciones sin anestesia. En algunos casos, los médicos han tenido que amputar sin anestésicos, en lo que describen como “niñas agonizando, sin morir del golpe, muriendo por el silencio que deja la anestesia que no llegó”.

 

Mientras Omar continúa con su búsqueda entre las ruinas, otras voces infantiles resuenan desde Gaza, impidiendo que el mundo olvide que detrás de cada estadística hay una persona que siente, sufre y clama por justicia.

Uno de los testimonios más desgarradores proviene de Hind Rajab, una niña de apenas seis años. Su voz quedó grabada en una llamada a los equipos de rescate de la Media Luna Roja tras un bombardeo que destruyó el vehículo en el que viajaba con su familia. Esa grabación es el corazón de la película La voz de Hind, dirigida por Kaouther Ben Hania, que conmocionó al Festival de Venecia y sirvió de denuncia dramática contra el genocidio en Gaza, donde ya se lamentan más de 62 .000 muertes desde octubre de 2023.

Sonia Silva, representante de UNICEF en Palestina, describe la situación como «indescriptible», especialmente para los niños: más de 132.000 menores sufren malnutrición aguda y 320.000 están en riesgo por falta de agua y alimentos; además, en solo dos semanas, 120.000 personas fueron desplazadas.

Un informe reciente de Naciones Unidas (UNRWA) alerta que al menos 21.000 niños han quedado discapacitados desde el inicio del conflicto (octubre de 2023), y más de 40.500 fueron heridos, muchos con consecuencias permanentes.

Las condiciones de trauma psicológico son igualmente devastadoras. Un estudio del Guardian revela que el 96 % de los niños en Gaza sienten que su muerte es inminente; casi la mitad expresa deseos de morir. Muchos sufren pesadillas, desrrealización y cambios conductuales severos. La ONG War Child está interviniendo con apoyo psicosocial: kits de primeros auxilios emocionales, espacios de aprendizaje de emergencia y ayuda básica para más de 116.600 niños, con planes de alcanzar a más de un millón en Gaza y Cisjordania.

Otro rostro emblemático es el de Yaqeen Hammad, una niña de once años apodada “la influencer más joven de Gaza”. Con su instinto solidario llevó ayuda, alegría y creatividad —como consejos de supervivencia en medio del bloqueo— a miles. Fue víctima de un ataque israelí mientras su familia estaba en casa; su muerte simboliza cómo incluso la esperanza infantil es atacada.

 

Un cirujano español de Médicos Sin Fronteras (MSF) describió con crudeza cómo “los cuerpos de nuestros pacientes se están consumiendo a sí mismos para cerrar heridas que nunca sanan”, reflexionando sobre la desnutrición que agrava cada herida física y emocional.

Los equipos médicos han levantado alarmas sobre una explosión sin precedentes de casos de malnutrición infantil. En clínicas de MSF en Gaza y en Gaza City, la malnutrición aguda llegó a niveles nunca antes vistos: los niños menores de cinco años con desnutrición severa se triplicaron en apenas dos semanas, y el número de personas que necesitaban atención nutricional se cuadruplicó desde mayo.

La oleada mortal no se detiene ahí. Un estudio sobre personal de MSF y sus familias reveló un dato estremecedor: casi la mitad de las personas asesinadas en el conflicto son niños. En hogares cercanos al personal de MSF, los menores de cinco años experimentaron una mortalidad diez veces mayor que antes de octubre de 2023; los bebés de un mes o menos registraron una mortalidad seis veces superior.

En los puntos de distribución de alimentos gestionados por la Fundación Humanitaria de Gaza (GHF), MSF documentó escenas de violencia que rozan lo inimaginable. Entre el 7 de junio y el 24 de julio de 2025, sus clínicas en Al‑Mawasi y Al‑Atar atendieron a 1.380 personas, incluidas 28 muertes y 71 niños con heridas de bala, 25 de ellos menores de 15 años. Hubo casos como el de una niña de 8 años herida en el pecho o un niño de 12 alcanzado en el abdomen. “Niños a los que han disparado en el pecho mientras intentaban alcanzar la comida… multitudes enteras abatidas a tiros en los puntos de distribución”, detalló Raquel Ayora, directora general de MSF, exigiendo el cierre inmediato de esos centros convertidos en “trampas mortales”.

En este entorno hostil, los equipos médicos de MSF observan que un tercio de los pacientes ambulatorios tratados por heridas en 2024 eran niños menores de 15 años, y casi la mitad de esas lesiones fueron causadas por bombas o disparos.

Estos hechos ilustran lo que enfrenta Omar—y cualquier niño en Gaza—solo por vivir: una infancia devastada por la violencia estructural, la desnutrición, el trauma y el deterioro sistemático de los derechos más básicos.

Una flotilla naval y el intento desesperado

La historia de Omar, alcanza una dimensión global con el canto distante de una flotilla civil tratando de romper el bloqueo impuesto sobre Gaza. Esa voz infantil resuena en el puerto de Barcelona, donde la sociedad civil organizada alza un desafío al silencio internacional.

La Global Sumud Flotilla, también llamada Flotilla Mundial del Sumud (Sumud significa “perseverancia” en árabe), es una iniciativa civil surgida en 2025, coordinada por ONG, colectivos de solidaridad y movimientos populares unidos en la Coalición Freedom Flotilla, con el objetivo de romper el bloqueo marítimo israelí y establecer un corredor humanitario hacia Gaza. El 31 de agosto de 2025, aproximadamente 20 embarcaciones con activistas, personal humanitario y figuras públicas como Greta Thunberg y la exalcaldesa de Barcelona Ada Colau, partieron desde el puerto de Barcelona rumbo a Gaza.

Se trata de la mayor flotilla civil en la historia reciente con ese propósito. Se espera que, en su ruta, se unan más barcos desde Túnez, Italia y Grecia, conformando una flota estimada de 60 embarcaciones y más de 500 voluntarios. La misión fue organizada desde julio con participación de activistas, ONG, sindicatos, intelectuales y artistas que actúan ante lo que consideran la inacción de los gobiernos  y es una respuesta ciudadana al “genocidio” contra Gaza.

Si bien la flotilla logró zarpar, enfrentó obstáculos climáticos: una tormenta obligó a los barcos a regresar temporalmente; algunos hicieron escala técnica en Menorca. A pesar del riesgo de interceptación y amenazas del gobierno israelí, que calificó a los activistas como “terroristas” y prometió encarcelarlos, la misión prosigue con advertencias sobre posibles violaciones del derecho internacional.

Este esfuerzo refleja cómo, ante la falla de los gobiernos para garantizar el paso seguro de ayuda humanitaria, actores civiles deciden actuar directamente. Para muchos activistas, esta flotilla representa tanto un acto de solidaridad tangible como una declaración política: imponer visibilidad, exigir cumplimiento del derecho internacional y desafiar un sistema que permite que un niño —como Omar— pierda su infancia entre las ruinas.

La sociedad civil en acción

El cuaderno que Omar busca no es solo el recuerdo de su vida interrumpida, sino también la prueba de un crimen que muchos en el mundo se resisten a nombrar: genocidio. El término no es una exageración poética ni una consigna política, sino una categoría jurídica precisa definida en la Convención de la ONU de 1948 para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. Allí se establece que genocidio es todo acto cometido con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso.

 

Desde finales de 2023, múltiples voces académicas, organismos internacionales y defensores de derechos humanos han empleado ese término para describir la situación en Gaza. Human Rights Watch y Amnistía Internacional han documentado patrones sistemáticos de asesinatos, destrucción de infraestructura civil y privación deliberada de servicios básicos como agua, electricidad y salud, en un territorio donde la mayoría de la población son niños y mujeres.

En enero de 2024, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) aceptó la demanda presentada por Sudáfrica contra Israel, acusándolo de violar la Convención de Genocidio. En sus medidas cautelares, la Corte ordenó a Israel “tomar todas las medidas a su alcance” para evitar actos genocidas en Gaza y garantizar la entrada de ayuda humanitaria. Un año después, el incumplimiento de esas medidas ha sido denunciado reiteradamente por la ONU y por agencias humanitarias, que hablan de una hambruna provocada deliberadamente.

La narrativa oficial de Israel insiste en que sus acciones constituyen “autodefensa” frente a Hamás. Sin embargo, juristas como William Schabas o Richard Falk, expertos en derecho internacional, subrayan que la escala, sistematicidad y carácter colectivo de los ataques contra la población civil palestina se ajustan más a la definición de genocidio que a un conflicto militar convencional.

El nombre de Omar rara vez aparecerá en los titulares de los grandes periódicos. Su historia, como la de miles de niños palestinos, suele quedar relegada a las notas al pie, de páginas que hablan de daños colaterales.

Nombrar las cosas tiene consecuencias. Decir “genocidio” no solo interpela a la historia —a los juicios de Núremberg, a Ruanda—, sino que activa responsabilidades internacionales. Obliga a los Estados parte de la Convención a prevenirlo y sancionarlo. Obliga a mirar a Omar y reconocer que su tragedia no es una fatalidad del destino, sino el resultado de una política estructurada para borrar a un pueblo de su tierra.

El nombre de Omar rara vez aparecerá en los titulares de los grandes periódicos internacionales. Su historia, como la de miles de niños palestinos, suele quedar relegada a las notas al pie de páginas que hablan de “conflicto” o de “daños colaterales”. En la narrativa mediática dominante, las bombas tienen más contexto que las víctimas, y la palabra “genocidio” apenas se pronuncia.

La cobertura global ha estado marcada por una fuerte asimetría. Mientras Israel presenta su versión de “autodefensa” con acceso garantizado a las agencias de prensa y a las principales cadenas de televisión, los testimonios palestinos luchan por abrirse paso. Numerosos analistas y observadores han denunciado cómo los grandes medios occidentales tienden a reproducir la narrativa oficial israelí, invisibilizando la dimensión humanitaria y estructural de la violencia ejercida sobre Gaza y Cisjordania.

En contraste, la verdad cotidiana llega desde los teléfonos y cámaras de periodistas locales y de las propias víctimas. Reporteros palestinos como Wael al-Dahdouh, de Al Jazeera —quien perdió a su esposa, a sus hijos y a varios familiares en bombardeos—, se han convertido en testigos imprescindibles. Sus crónicas, transmitidas desde hospitales destruidos y campos de desplazados, documentan lo que los organismos internacionales describen como crímenes contra la humanidad.

El costo de contar estas historias es altísimo. Desde octubre de 2023, más de un centenar de periodistas han sido asesinados en Gaza, según la Federación Internacional de Periodistas, convirtiendo este conflicto en uno de los más mortales de la historia para la prensa. A pesar de ello, cada día emergen nuevas transmisiones en vivo, fotografías y testimonios que desmienten los relatos oficiales y muestran la crudeza del hambre, la desnutrición y el luto.

En este escenario, las redes sociales se han convertido en un espacio paralelo de información y resistencia. Mientras algunos gobiernos presionan a plataformas digitales para moderar o limitar contenidos palestinos, millones de usuarios comparten videos, mensajes y directos que devuelven humanidad a las cifras. Para muchos, es gracias a esas voces que Omar —y tantos otros niños— no desaparecen del todo bajo los escombros mediáticos.

El costo de contar estas historias es altísimo. Desde octubre de 2023, más de 100 periodistas han sido asesinados en Gaza, convirtiendo este conflicto en uno de los más mortales de la historia para la prensa.

Mientras Omar no para en su búsqueda, en los salones alfombrados de la diplomacia internacional predominan el silencio, la tibieza o la indiferencia. Lo que para él es una urgencia de sobrevivencia, para muchos gobiernos se traduce en comunicados ambiguos, llamados abstractos a la “paz” y declaraciones que rara vez nombran al responsable.

En Europa, la división es evidente. Países como Irlanda, España y Noruega dieron un paso en 2024 al reconocer formalmente al Estado de Palestina, gesto simbólico que buscaba presionar a Israel y despertar a la Unión Europea de su parálisis. Sin embargo, la mayoría de los países europeos —incluidos Alemania, Francia y Reino Unido— han mantenido una posición ambivalente: critican los “excesos” israelíes, pero siguen enviando armas, tecnología militar y apoyo diplomático a Tel Aviv. La UE, en conjunto, ha fallado en imponer sanciones efectivas o en suspender acuerdos comerciales que sostienen la maquinaria de ocupación.

En América Latina, el panorama es también heterogéneo. Gobiernos como los de Bolivia, Colombia y Chile han condenado abiertamente las acciones de Israel, llegando incluso a retirar embajadores y romper relaciones diplomáticas en señal de protesta. Brasil y México, en cambio, han optado por un equilibrio pragmático, llamando al cese al fuego pero sin asumir una posición frontal que incomode a Washington o a los mercados.

Y está también el caso de Ecuador, cuya voz ha sido prácticamente inexistente frente a la tragedia palestina. El gobierno se ha limitado a declaraciones protocolares de “preocupación” y llamados genéricos a la paz, evitando nombrar la ocupación, el bloqueo o el genocidio. En foros internacionales, su postura ha sido de bajo perfil, en contraste con la tradición histórica de la diplomacia ecuatoriana que en otros tiempos se pronunció con firmeza en defensa de los derechos de los pueblos. Ese silencio, hoy, resuena como complicidad.

El contraste es brutal: mientras organismos como la Corte Internacional de Justicia han advertido del riesgo de genocidio, muchos gobiernos eligen la neutralidad como refugio, alegando prudencia diplomática. En la práctica, ese silencio se convierte en un aval implícito. Cada hora que pasa sin sanciones, sin embargos de armas, sin medidas efectivas, es una hora más en la que niños como Omar siguen enterrando a sus familias.

En este escenario, son las sociedades civiles las que asumen la voz que los Estados callan. Flotillas, marchas multitudinarias y campañas de boicot (BDS) buscan romper el cerco político y económico que protege a Israel de las consecuencias de sus actos. Frente a la parálisis gubernamental, son los pueblos quienes recuerdan que la dignidad de Omar no puede esperar a los tiempos lentos de la diplomacia.

Omar, sentado sobre un bloque de cemento buscando los cuadernos de su infancia perdida, no debería ser la medida de nuestra indiferencia, sino el espejo de nuestra responsabilidad. Lo que ocurre en Gaza no es un conflicto lejano ni un asunto ajeno: es la línea roja que separa la dignidad humana de la barbarie. Y esa línea se está borrando ante nuestros ojos.

Hay quienes piensan que este es solo un episodio más en la larga lista de guerras del siglo XXI. Pero no: lo que ocurre en Palestina podría ser también el preludio de algo mayor. Una chispa en Oriente Medio, alimentada por alianzas, silencios y complicidades, tiene la capacidad de arrastrarnos a una nueva guerra mundial. Como en 1914, como en 1939, basta una mecha encendida en el lugar equivocado para repetir la tragedia.

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