En medio de todas las teorías conspirativas, el ataque ordenado por Trump contra Irán (con la muerte del ayatola Kamenei incluida), ha demostrado un refrán muy conocido: “el que golpea primero, golpea dos veces”. Esto lo sabe el mandatario estadounidense, porque la reacción del líder chino, Xi Jinping, ha sido muy lenta. Calculada para algunos analistas pero, para otros, un reflejo de las debilidades de China en este crucial período de lucha por la hegemonía mundial, rompiendo la idea de la “tripolaridad” entre EE. UU., Europa y el eje China/Rusia.
Las rápidas incursiones y ataques de Trump a Venezuela (con la captura del presidente Maduro y su esposa Cilia Flores) e Irán (con la muerte del líder espiritual de ese país) demuestra cómo penetró EE. UU. en asuntos energéticos y de seguridad de China, potencia asiática que pasa por dificultades, con la cuestión de Taiwán en la mira.
Una fuente autorizada de Pekín sugiere un cronograma: el anuncio o predicción de Donald Trump de que la guerra en Irán podría durar cuatro semanas y terminaría justo antes de que el presidente estadounidense llegue a China. El ataque estadounidense contra Irán no puede entenderse si se observa solo desde la perspectiva de Medio Oriente, Europa o la política interna estadounidense. Hay una cuarta visión, la del Lejano Oriente, según la cual esta guerra tiene otro significado, algo más racional.
Xi Jinping lleva mucho tiempo esperando la oportunidad para relanzar su doctrina de «diplomacia de gran potencia», con la que Pekín pretende tratar con EE. UU. de igual a igual en un duopolio global
Un experto observador japonés de asuntos de China, Katsuji Nakazawa, de Nikkei Asia, señala «que Xi Jinping no puede cancelar la visita de Trump después del ataque a Irán. Los problemas económicos y políticos internos de China limitan sus críticas a EE. UU». Entre los puntos más interesantes de este análisis está el momento del inicio de las operaciones militares, vinculadas con una cumbre muy esperada: la visita de Trump a Xi Jinping a fines de marzo.
Venezuela e Irán, recuerda el experto japonés, fueron por años dos pilares de la estrategia energética y geopolítica de Pekín. Se trata de regímenes hostiles a EE. UU. y, a la vez, valiosos proveedores de petróleo. Atacar a uno y desestabilizar al otro afectó las vulnerabilidades estructurales del poder chino.
Este momento de la crisis es revelador. La operación militar contra Teherán se produjo mientras la Casa Blanca preparaba el viaje de Trump a Pekín. El presidente estadounidense visita China del 31 de marzo al 2 de abril. Solo tres días: poco tiempo para una visita de Estado típica, llena de ceremonias y reuniones, pero suficiente para sugerir que Washington buscaba acelerar la ofensiva contra Irán.
Trump parece haber calculado que Xi Jinping no podía cancelar o posponer la reunión, ni siquiera después del ataque estadounidense que eliminó al líder supremo iraní, Alí Jamenei. Al parecer, la Casa Blanca habría identificado una debilidad en el liderazgo chino.
Para Xi, esa visita tiene significado simbólico y político. El líder chino lleva mucho tiempo esperando la oportunidad para relanzar su doctrina de «diplomacia de gran potencia», con la que Pekín pretende tratar con EE. UU. de igual a igual en un duopolio global. La imagen de Xi como interlocutor indispensable en el escenario mundial es casi tan importante como los resultados concretos de la diplomacia. Parece que Putin no es el único que busca legitimidad…
Cuando Trump evocó una especie de G-2 con China, el líder comunista sintió mucha satisfacción. La creencia estadounidense de que es improbable que Pekín responda con dureza no es nueva. A principios de año, Trump puso a prueba la paciencia de China con su operación en Venezuela. El 3 de enero, las fuerzas especiales estadounidenses llevaron a cabo una redada en Caracas, capturando al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores y los trasladaron a Nueva York para enfrentar cargos por narcotráfico.
El incidente fue humillante para Pekín, solo horas después de que Maduro recibiera a una delegación ministerial china de alto nivel. Sin embargo, la reacción oficial de China ha seguido siendo moderada. Esta señal se interpretó en Washington como evidencia de que Pekín no quiere un enfrentamiento frontal con la administración Trump.
La cautela de Pekín también se evidencia en su lenguaje diplomático. El Ministerio de Asuntos Exteriores chino apenas criticó la operación estadounidense en Irán, pero evitó ataques personales contra Trump.
Lo que está en juego
Está en juego la energía. China es actualmente el mayor importador de petróleo del mundo y depende del suministro extranjero para el 60 % de sus necesidades energéticas. Irán y Venezuela eran sus socios más importantes. Si Washington logra influir en las políticas internas de estos dos países o controlar sus exportaciones, podría afectar la seguridad energética de China. En el caso de Venezuela, este mecanismo está en marcha.
La cautela de Pekín también se evidencia en su lenguaje diplomático. El Ministerio de Asuntos Exteriores chino apenas criticó la operación estadounidense en Irán, pero evitó ataques personales contra Trump. El ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, también fue mesurado. Esta actitud contrasta con la violencia verbal de Pekín con otros interlocutores, como Japón, cuando el primer ministro Sanae Takaichi planteó la posibilidad de que una crisis relacionada con Taiwán pudiera representar una amenaza existencial para Tokio.
Detrás de esta cautela están las dificultades internas de China. La economía sigue sobrecargada por la prolongada crisis inmobiliaria; los beneficios empresariales se vienen desacelerando; el consumo aún está bajo y el desempleo juvenil sigue alto. En este contexto, una visita de Trump acompañado por importantes líderes empresariales estadounidenses sería una señal de confianza internacional hacia Xi. Si el viaje se cancelara, la atención mundial se centraría aún más en las fragilidades de la economía china.
La última cumbre entre Trump y Xi, celebrada en octubre en Busan, dio lugar a una tregua temporal en la guerra comercial entre las dos potencias. Sin embargo, es un equilibrio frágil. Además de los problemas económicos, Pekín también enfrenta tensiones en su ejército. La reciente purga del general Zhang Youxia, por años uno de los aliados más fieles de Xi y líder del Ejército Popular de Liberación, revela conflictos internos sobre la gestión del poderoso ejército chino.

La situación se complica más por la cuestión de Taiwán. Washington prepara una venta masiva de armas a la isla (un paquete anunciado por un valor aproximado de $ 11 mil millones). Para Xi, sería un delicado golpe político en vísperas del congreso del Partido Comunista de 2027, donde busca un cuarto mandato como líder del país.
Algunos analistas estadounidenses consideran la ofensiva contra Irán como una maniobra indirecta contra China. Según un artículo del Hudson Institute, la Operación Furia Épica busca debilitar la influencia china en Medio Oriente y permitir que EE. UU. concentre más recursos estratégicos en el Indopacífico.
Al atacar al principal aliado de Pekín en Oriente Medio, Washington envió una señal preventiva. No por casualidad China compra gran parte del petróleo iraní a precios reducidos.
En esta interpretación, el ataque a Irán no es el final, sino el inicio de una estrategia más amplia: el inicio del denominado «siglo Indopacífico», la gran confrontación entre Washington y Pekín. Por lo tanto, la apuesta vuelve a Taiwán. Trump quiere evitar que China intente contra la isla lo que EE. UU. hizo en Venezuela y luego en Irán: acciones rápidas para alterar equilibrios regionales.
Al atacar al principal aliado de Pekín en Oriente Medio, Washington envió una señal preventiva. No por casualidad China compra gran parte del petróleo iraní a precios reducidos. Para Pekín, esos suministros son su seguro estratégico: una reserva energética útil si hay sanciones occidentales durante una crisis por Taiwán.
Esta triangulación entre Washington, Pekín y Teherán revela algunos paralelismos históricos. En enero de 1979, EE. UU. y China reestablecieron relaciones diplomáticas justo cuando el Sha, Mohamed Reza Pahlevi, pro estadounidense, era derrocado por la revolución iraní. En la década de 1980, Pekín fue un importante proveedor de armas para Teherán en la guerra entre Irán e Irak. El 4 de junio de 1989, día de la muerte del ayatolá Jomeini, coincidió con la represión de la Plaza de Tiananmén. Hoy, la muerte de su sucesor, Jamenei, en un ataque estadounidense, coloca a estos tres países en el mismo panorama geopolítico.
Si el conflicto con Irán se prolonga, el viaje de Trump a Pekín aún podría posponerse. Pero algo está claro: la ofensiva estadounidense no es solo un juego por Oriente Medio. Es un riesgo calculado en una competición global. Y mientras el mundo observa las consecuencias de la crisis iraní, hay otra perspectiva alternativa: el estrecho de Taiwán y el equilibrio de poder en el Pacífico.
Oriente Medio: tiempos estratégicos del nuevo desorden mundial
¿A quién favorece que el conflicto se prolongue? El estallido bélico entre EE. UU., Israel e Irán evidencia un sistema internacional sin perspectivas. Una guerra con más de 16 actores involucrados en múltiples frentes que demuestra la ruptura del derecho internacional y la irrelevancia de los organismos multilaterales.
Estas intervenciones no buscan legitimidad sino dinámicas del poder duro, al que Irán contribuyó al impedir inspecciones de su programa nuclear, mientras expandía su arsenal ofensivo y desarrollaba una red de milicias desestabilizadoras.
Israel y EE. UU. tienen intereses parecidos en Medio Oriente. Para Israel, el régimen iraní ha sido por décadas una amenaza existencial. La revolución de 1979 instauró la actual teocracia y transformó el equilibrio regional. Mientras que el desplazamiento de los fedayines del líder palestino Yasser Arafat, tras la operación israelí “Paz para Galilea” de 1982, abrió el camino para consolidar el eje chiíta integrado (Irán, Siria y los chiítas libanés), posibilitando el surgimiento de Hezbollah como instrumento armado de la proyección regional de Teherán.
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El origen de esta dinámica viene desde 1953, cuando EE. UU. y el Reino Unido auspiciaron el derrocamiento del primer ministro iraní Mohammad Mosaddegh para nacionalizar la industria petrolera, cuyas ganancias las recibían mayoritariamente los británicos. El golpe transformó la monarquía constitucional del sha Reza Pahlavi en un régimen autoritario prooccidental y sus abusos provocaron la revolución de 1979. Así, Irán pasó de aliado de EE. UU. e Israel a adversario estratégico.
Washington busca liberarse de un frente que le consume esfuerzos que debería usar en otro: China en el Indo-Pacífico. Así lo advierte el analista militar Graham Allison al analizar la “Trampa de Tucídides”, la dinámica geopolítica más desafiante de nuestro tiempo, el ascenso de un poder emergente contra uno establecido.
La correlación actual confirma el diagnóstico. China domina alrededor del 90% del procesamiento de tierras raras (insumo indispensable para sistemas tecnológicos avanzados), lidera la industria de vehículos eléctricos y plataformas espaciales de uso dual y acelera desarrollos en inteligencia artificial e hipersónica. Para EE. UU., controlar Medio Oriente es imprescindible en su futuro, donde más que Europa, sus aliados claves serían Japón y la India.
Tanto Israel como EE. UU. quieren limitar la influencia iraní. Para Israel, un cambio de régimen es el gran objetivo, mientras que para Washington lo sería si logra aplacar la región sin quedar atrapado e influir en el flujo energético. No es suficiente que caiga el régimen. Las experiencias de Irak, Libia y Afganistán demostraron que destruir infraestructura y mandos no garantiza destruir un sistema político.
¿A quién favorece la prolongación del conflicto? Para Teherán, una estrategia de desgaste le permite reorganizarse y reforzar la idea de víctima que resiste. Su estrategia de defensa incluye misiles y drones para saturar defensas, atacar infraestructura crítica energética y generar impactos económicos globales. Las armas más poderosas de Irán siguen estando en las plantas subterráneas que no fueron destruidas por los misiles estadounidenses.
Para EEUU e Israel, prolongar el conflicto implica sostener la superioridad, garantizar su logística, reducir las bajas evitando un costo político, evitar abrir nuevos frentes y reducir los efectos de una crisis energética mundial. El riesgo de un Irán prolongando el conflicto es el deterioro de las intenciones iniciales de estadounidenses e israelíes.
Las permanentes amenazas y cierres del Estrecho de Ormuz pueden originar una crisis alimentaria regional y un caos mundial en suministros de carburantes y gas. Para Washington los problemas serían la volatilidad energética, la presión inflacionaria sobre su economía y más gastos en su carrera tecnológica y espacial.
El enfrentamiento actual debe entenderse como una transición del orden internacional basado en reglas hacia otro dominado por estrategias, tecnología y fuerza. Irán explotó por años las grietas del sistema; EEUU e Israel respondieron con una guerra sin mandato multilateral. Europa sigue en la periferia mientras China y Rusia ajustan sus estrategias bajo la sombra.