Al primer ministro electo de Hungría, Peter Magyar (la traducción exacta de su nombre en castellano sería “Pedro el húngaro”), en el Ecuador lo llamarían “traidor” —como denominó Rafael Correa a su sucesor en la presidencia, Lenin Moreno— por abandonar la disciplina partidaria y emprender su propio camino, tras ser uno de los alfiles del ex primer ministro Viktor Orbán, quien permaneció en el poder por más de tres lustros.
En las calles de Budapest los jóvenes festejaban: «finalmente Orbán se fue. Esperamos esto por 16 años». Las guerras y las nuevas formas de pobreza están rompiendo una hegemonía. La victoria húngara es una señal de alarma para la derecha mundial (llamada internacional soberanista).
Sin embargo, existe una razón más profunda relacionada con la zona de influencia de la que el autócrata derrotado era un representante. La filosofía MAGA (Make America Great Again), los populismos y los soberanismos que definieron una década (del 2015-16 hasta la actualidad), perdieron una de sus piezas clave.
Entre los rostros que caracterizaron este largo período de hegemonía, incluida la cultural, todos se suben al carrusel de la inquietud: el ex primer ministro Boris Johnson y Nigel Farage en Gran Bretaña (responsables del Brexit —salida del Reino Unido de la UE—), Marine Le Pen, en Francia, Geert Wilders, en los Países Bajos y Alice Weidel en Alemania, pasando por los soberanistas italianos, liderados por Matteo Salvini.
A diferencia de los anteriores, se debe mencionar el pragmatismo de la actual premier italiana, Giorgia Meloni, que sigue marcando diferencias/distancias con el trumpismo. ¿Podría el voto húngaro ser la primera fisura en una narrativa que conquistó corazones y mentes en EE. UU. y Europa?
Así como los disturbios contra la OMC en Seattle, en noviembre de 1999, marcaron una modificación en el sentimiento colectivo contra una globalización apoyada por democracias liberales egoístas y distantes, ¿puede esta primavera húngara indicar que el cansancio y el miedo se adueñaron del mundo de Donald Trump que, hasta hace no mucho, parecía victorioso e inconmovible?
La crisis de Occidente
Las cadenas de valor y de sufrimiento globales se mezclaron en la crisis de Occidente. El alargamiento de las primeras ha conllevado la devaluación del trabajo como vía de acceso a una vida libre y digna; el de las segundas ha conllevado a la devaluación del voto como medio de participación en el destino democrático de una comunidad. Cada vez se precariza más el trabajo, lo que lleva a inevitables reacciones en las urnas con los votos de castigo contra candidatos que creían haber asegurado su hegemonía por largo tiempo.
En un ensayo de 2018 (Estados nerviosos), el autor William Davies explicaba el giro soberanista de mediados de la década de 2010 precisamente por una sensación de pérdida de control: “así como los actos de autolesión individual surgen de la necesidad de sentir control, aunque sea solo sobre el propio dolor, también los actos de autolesión colectiva surgen de la misma necesidad; por lo tanto, grupos enteros, privados de derechos, podrían sabotear su propio bienestar o libertad si al hacerlo logran cierto control sobre el futuro, o, mejor aún, de una ilusión de que exista tal garantía”.
El populismo soberanista de derecha reside precisamente en esto. El trumpismo inicial nació de la crisis financiera y luego económica desencadenada del colapso de Lehman Brothers en 2008, que posteriormente derivó en un desastre de deuda soberana. La crisis inmobiliaria y bursátil de ese año (imágenes de empleados que, tras perder sus trabajos, salían corriendo desesperados y cargando cajas por la 7ma Avenida de Nueva York) y cómo no recordar la angustia de los griegos apretados por la Troika europea en su peor crisis de la historia.
«Grupos enteros, privados de derechos, podrían sabotear su propio bienestar o libertad si al hacerlo logran cierto control sobre el futuro, o, mejor aún, de una ilusión de que exista tal garantía».
La globalización agresiva, causante de la desertificación del Cinturón Industrial, produjo un fenómeno literario menor en la década de 2010, La elegía americana, que más tarde dio lugar a un importante fenómeno político: el ascenso de su autor, J.D. Vance, a la vicepresidencia de los EE. UU. marcando la consolidación del modelo de Donald Trump, más aún en su segundo mandato, tras el período del demócrata Joe Biden.
El Brexit, impulsado contra una Unión Europea fría y burocrática, se nutrió de la propaganda absurda y las fake news a favor de la salida de la UE, que se exhibía en los autobuses rojos de Londres: al abandonar la UE, aseguraban los partidarios del Brexit, habría un beneficio de 350 millones de libras esterlinas semanales para el maltrecho Servicio Nacional de Salud. La “democracia iliberal” inventada por Orbán sería, desde entonces, un oxímoron exitoso.
El Grupo de Visegrado, con la Polonia de los hermanos Kaczynski alineada con el primer ministro húngaro, representaba la tradición, un llamado a los valores cristianos y una forma de gobierno autocrática y competitiva: la gente seguía votando, pero fueron eliminados todos los contrapesos y sistemas de control.
Y para un pueblo que, en última instancia, ya no cree poder cambiar su destino mediante el voto, los soberanistas ofrecían respuestas fáciles. Esto funciona, por un tiempo, hasta que se agota. Ningún político ni ninguna tendencia pueden durar tanto tiempo en el poder, porque llevan a un cansancio que deriva en reacciones en las urnas favoreciendo tendencias que son la antípoda de la anterior.
Sistema cleptocrático
Sin embargo, los últimos años y con los acontecimientos recientes están provocando un nuevo cambio. Orbán era el modelo del antiguo asesor del primer período de Donald Trump, Steve Bannon, y se había autoproclamado como «un gran líder moral»: pero no cabe duda de que lo que le alejó del voto popular fue el sistema cleptocrático, que convirtió a Hungría en el país más corrupto y uno de los más pobres de la Unión Europea.
Pero todos los líderes soberanistas del mundo, desde Trump hasta Vance, quien incluso llegó a Budapest en los últimos días de una campaña electoral donde estadounidenses y rusos tuvieron una activa participación, perdieron su tiempo. El propio Vance fue quien salió peor parado, abriendo opciones electorales para el secretario de Estado, Marco Rubio, más bien distante del extremismo de MAGA. Las autocracias tan propias de esta despiadada modernidad han gestado nuevas guerras, nueva pobreza y nuevos temores.
Trump, que se lanzó a la aventura iraní pese a las advertencias de sus generales, tiene paralizada la economía mundial y envía mensajes inquietantes con sus declaraciones sobre “aniquilar civilizaciones enteras”, llegando incluso a atacar a León XIV (de quien dijo que “es débil, no sería papa sin mí”). Sin embargo, el pontífice estadounidense, que se ha convertido en su espina clavada, le respondió: “Dios no está con los prepotentes y sin moral la democracia se vuelve tiranía”.
Mientras que Putin, con su temeraria invasión de Ucrania, ha arrastrado a Rusia a un conflicto más largo que la Segunda Guerra Mundial, sin haber conquistado el Donbás. Y el Reino Unido intenta retomar los contactos con la tan denostada UE en la medida de lo posible, gracias al primer ministro Keir Starmer, consciente de los desastrosos efectos del Brexit en la economía británica durante sus diez años de implementación.
El “Cuco de Budapest”
Viktor Orbán, el padrino de la derecha nacionalista mundial y primer ministro de Hungría por 16 años, sufrió una derrota contundente en las elecciones. Al final, la corrupción y una economía anémica lo hicieron caer. Su derrota fue también la derrota de otros populistas de derecha que vieron en el orbanismo un modelo de cómo convertir triunfos electorales en una forma de control político atrincherado.
Hungría, que después de la Guerra Fría era la favorita de los inversionistas extranjeros, ahora es uno de los países más pobres de la UE. El crecimiento económico de 2025 fue de apenas el 0,4 %, y el desempleo está en su nivel más alto en diez años. Hungría es el país más corrupto de la UE, según Transparencia Internacional, compartiendo ese lugar con Bulgaria. Dicha corrupción, ante la que los votantes expresaron su indignación, dejó maltrecha la economía del país.
Durante su gobierno, Orbán fue el gurú mundial de la democracia iliberal, un sistema de amplio control político sobre las instituciones húngaras, incluidos el poder judicial y los medios de comunicación.
Se trata de un patrón bien establecido que algunos definen como la “paradoja populista”. Líderes que ganan con la promesa de sanear el sistema y luchar contra la corrupción, pero al llegar al mando desgastan las instituciones que luchan contra la corrupción y las usan para afianzarse en el poder. En ese plano, no importan los matices ni las tendencias ideológicas.
Orbán llenó de fieles los tribunales y organismos gubernamentales que antes eran independientes. Tomó el control de los medios de comunicación. En 2014, bautizó esta estructura como Estado iliberal. Con el tiempo, este Estado iliberal pasó factura a la economía de su país.
Eso implicó afectar a los actores económicos independientes poderosos, favoreciendo a las multinacionales por sobre empresas locales. También dio poder a los leales: empresas que prometían lealtad a Orbán eran favorecidas en licitaciones públicas, incluidas empresas vinculadas a su familia.
Desde la campaña electoral, Magyar juró lealtad a la Unión Europea y a la OTAN, pero es hostil con Ucrania, con una integración muy rígida y sin saberse qué hará con muchos derechos civiles que fueron pisoteados por Orbán.
¿Se abren frente a las democracias liberales perspectivas progresistas? Es muy pronto para saberlo. Incluso si se hace una lectura de las noticias de última hora, el nuevo gobernante de Hungría, Peter Magyar, no es un liberal, más bien fue miembro del partido de Orbán antes de romper con su jefe y ganó presentándose como una nueva derecha, diferente.
Desde la campaña electoral, Magyar juró lealtad a la Unión Europea y a la OTAN, pero es hostil con Ucrania, con una integración muy rígida y sin saberse qué hará con muchos derechos civiles que fueron pisoteados por Orbán. Más que por las promesas que pueda cumplir, debe ser visto por lo que es: una señal de alarma para la internacional soberanista (la derecha europea). Y elimina una coartada para Europa, que, sin el “Cuco de Budapest”, ya no podrá justificar sus propios errores.
El Plan de Trump, ahora, es posicionar a Viktor Orbán como su potencial candidato para dirigir la Comisión Europea, el órgano directivo de la UE, desde donde mantendrá sus posturas anti europeas y anti OTAN, como lo hizo el ex premier húngaro en su propio país.
En estos momentos, las contundentes palabras del filósofo italiano Carlo Levi sobre el espíritu de servidumbre y el “miedo a la libertad”, cuyo ejercicio puede resultar agotador e incluso “aterrador” para algunos, pueden recordarse, esta vez como consuelo. Porque quizás la tiranía, con razón, empieza a asustar un poco más.
Magyar: “no llamaré ni a Putin ni a Trump”
Magyar, el patriota que se rebeló contra Viktor Orbán declaró tras la confirmación de su triunfo: “hemos vuelto a la normalidad”. Dos tercios del electorado del nuevo primer ministro húngaro son liberales, progresistas o ecologistas. Solo el 11 % podría ser considerado como conservador. Pero millones de personas votaron por él porque era una oportunidad única para sacar del poder a Viktator (juego de palabras para definir a Viktor Orbán como un “dictador”).
El primer ministro electo declaró en la rueda de prensa posterior a su victoria que «contestará el teléfono» si el presidente ruso Vladimir Putin lo llama, pero «dudaba» que eso ocurriera. «No lo llamaré por iniciativa propia pero, si hablamos, le pediré que por favor detenga la masacre —en Ucrania (NDA)— que lleva cuatro años y ponga fin a esa guerra, que no tiene sentido ni siquiera desde su punto de vista, porque decenas de miles de rusos han perdido la vida».
«No creo que (Putin) ponga fin a la guerra a mi petición, pero realmente espero que se vea obligado a hacerlo de todos modos», añadió Magyar. Respondiendo a la misma pregunta sobre Donald Trump, el líder del movimiento Tisza afirmó que no lo llamaría, pero que Hungría se comprometería a hacer «todo lo posible, independientemente delo que haya ocurrido durante la campaña electoral, para ser un buen aliado de EE. UU.».
Para Magyar “nuestra historia no debe escribirse en Washington ni en Bruselas (…). Nos abstendremos de interferir en los asuntos internos de ningún otro país y les pedimos que hagan lo mismo con Hungría». Agregó que «Viktor Orbán jugó una partida de ajedrez multidimensional, y probablemente esa fue una de las razones de su derrota»; «habló de todo: Ucrania, Rusia, Irán, el sha iraní, el ayatolá iraní, las elecciones presidenciales estadounidenses. Y si lo hubieran despertado en mitad de la noche, habría dicho que había ganado las elecciones presidenciales estadounidenses, no Donald Trump. Viktor Orbán habló de todo menos de los problemas que afronta el pueblo húngaro».
La lucha contra la corrupción será «una de las primeras medidas de mi gobierno», declaró Peter Magyar. «Debemos restablecer el equilibrio de poder y el Estado de derecho», recalcó repetidamente. Igualmente anunció que, mientras sigan defendiendo a Orbán, los medios públicos permanecerán cerrados.
El Kremlin anunció que no felicitará a Peter Magyar por su victoria en las elecciones parlamentarias húngaras, ya que Hungría es un país hostil. Así lo afirmó el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov. «No enviamos felicitaciones a países hostiles. Y Hungría es un país hostil; apoya las sanciones en contra nuestra», declaró el vocero a la revista Life, tras pedir «relaciones pragmáticas» con el nuevo gobierno húngaro.

