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Estados Unidos y Europa han dejado de entenderse

Imagen referencial: PlanV

Europa, a lo largo de la historia, nunca fue tierra de paz. Hasta 1990, la Guerra Fría la mantuvo en una dicotomía entre comunismo y capitalismo como uno de los resultados de las conferencias de Yalta, en las que Stalin, Churchill y Roosevelt, acordaron repartirse los territorios, por lo fue entonces que se dio el nacimiento de la llamada “Cortina de Hierro”. Europa quedaba dividida por el muro de Berlín en el Este y el Oeste.

Hubo un período de entreguerras, que dividió históricamente a la Primera de la Segunda Guerra Mundial. Al finalizar las últimas décadas del siglo XIX ocurrió la Guerra Franco-Prusiana y previamente, las guerras Napoleónicas. La secuencia cronológica inversa llega a la Guerra de los Siete, la de los Treinta Años (que culminó con un laborioso tratado, la Paz de Westfalia en 1648) y la de los Cien Años.

Frecuentemente se producían alianzas ocasionales para enfrentar las conflagraciones contra el Imperio Turco Otomano, que llegó a las puertas mismas de Viena. Lo de una Europa pacífica y un mundo violento y en guerra, no es algo pertinente que se lo pueda decir. Pero, mientras en Europa hubo varias hostilidades en esos periodos, también ocurrieron enfrentamientos en la China, India, Asia Central y África con guerras entre países y regiones.

Esa pugna de los imperios extra continentales concentró grandes esfuerzos de las potencias europeas. España, Reino Unido, Francia y Holanda lucharon entre ellas para dominar especialmente el mar, con batallas históricas entre la armada inglesa y la española y las propuestas de “mare liberum” (mar libre), planteada por el holandés Hugo Grocio y las de “mare claustrum” (mar cerrado), que plantearon los británicos una vez que se convirtieron en el imperio hegemónico.

Entre los siglos XVI y XX, hubo una supremacía global con la expansión de los imperios. España y Portugal lideraron la expansión en el siglo XVI, estableciendo colonias en América, África y Asia.

Otro factor que influyó fueron las guerras religiosas. Desde el siglo XVI, los enfrentamientos entre católicos y protestantes se combinaron con guerras e intereses de las potencias. Europa no estaba unida: eran territorios en constante conflicto y ni siquiera la influencia de algunos Papas pudo moderar ese espíritu.

Entre los siglos XVI y XX, hubo una supremacía global con la expansión de los imperios. España y Portugal lideraron la expansión en el siglo XVI, estableciendo colonias en América, África y Asia. La llegada de los españoles a América en 1492 y de los portugueses a la India en 1498 marca el inicio del proceso de predominio europeo que solamente culminará en 1997 con la devolución de Hong Kong a China por parte del Reino Unido y Macao por parte de Portugal.

En el siglo XVII, los Países Bajos y Francia se sumaron a la competencia imperial, mientras que Gran Bretaña inició su ascenso. En el siglo XVIII, el Reino Unido y Francia se disputaron territorios en América y la India. En el XIX, el imperialismo llegó a su mayor nivel con la colonización de África y Asia, liderada por el Reino Unido y Francia, seguidos por Alemania, Bélgica e Italia.

En la primera mitad del siglo XX, los imperios europeos enfrentaron crisis por las guerras mundiales y el surgimiento de los movimientos independentistas. Aunque la descolonización avanzó luego de la Segunda Guerra Mundial, Europa ha dejado una profunda huella en el mundo, con un legado que persiste en instituciones, sistemas de gobierno y estructuras económicas que siguen influyendo en los países que alguna vez fueron sus colonias, sin olvidar las atrocidades y barbaridades que algunos de estos imperios cometieron (como los franceses en Haití y los belgas en el Congo).

Imagen del ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial.

¿Dónde está hoy el problema?

Las diferencias entre EE.UU. y Europa sobre la guerra de Ucrania, tras la llegada al poder de Donald Trump han llevado a la UE a establecer un plan de defensa propio, que tendrá un costo de ochocientos mil millones de euros. La presidente de la Comisión Europea, Úrsula Von der Leyen, ha dicho que “necesitamos un esfuerzo de la defensa europea y lo necesitamos ya mismo”. Sin embargo, el líder de la coalición de derechas que gobierna Italia, Matteo Salvini, declaró hace poco que “un ejército manejado por la Von der Leyen no duraría ni veinte minutos”.

Quedan flotando algunas interrogantes. No se sabe si dicho dinero bastaría para disuadir a Moscú de abandonar Europa y todas sus pretensiones militares. Desde febrero de 2022 —cuando se inició la invasión rusa a Ucrania—, los países europeos de la OTAN se propusieron aumentar su presupuesto militar bajo presión de EE. UU., que ha sido su objetivo de esta década

El problema es que si EE. UU. deja de apoyar a la OTAN, en su esfuerzo por detener el avance ruso en Ucrania, la consecuencia sería el retiro de equipos y armamentos estadounidenses, básicos para mantener ese frágil equilibrio respecto a los rusos.

El gasto militar total de los treinta y un miembros de la OTAN (sin EE. UU.) es varias veces superior el de Rusia. Pero su coordinación y efectividad es menor. Un plan de defensa europeo permitiría a Europa flexibilizar recursos a los países pobres a través del Banco Europeo de Inversiones (BEI).

Sin embargo, el liderazgo político europeo encabezado por Francia y el Reino Unido tiene algunas brechas, a las que se suman el probable ascenso de la derecha alemana al poder con Friedrich Merz, en coalición con la socialdemocracia, lo que muestra las contradicciones no sólo en la UE, sino también con EE. UU.

El Reino Unido comenzó apoyando un plan para enviar trescientos mil soldados europeos a Ucrania para garantizar su defensa, pero esa fuerza se redujo al 10% (treinta mil).

Trump se mostró dispuesto a aceptar la buena voluntad del líder ruso, Vladimir Putin, para negociar la paz, pero posteriormente lo ha seguido amenazando con sanciones. El presidente estadounidense advirtió tanto a Kiev como a Moscú de “sentarse en la mesa de negociaciones ahora, antes de que sea demasiado tarde”.

El Reino Unido comenzó apoyando un plan para enviar trescientos mil soldados europeos a Ucrania para garantizar su defensa, pero esa fuerza se redujo al 10% (treinta mil), quedándose como estaba, pero integrada por todos los países de la OTAN menos EE. UU., a condición de que este país apoye el despliegue. Francia es el único país de la OTAN, además de EE. UU., con armamento nuclear tras la salida del Reino Unido de la UE, reduciendo la capacidad nuclear de la Unión Europea sólo a Francia.

El submarino nuclear de ataque (SNA) francés Suffren. Foto: Reuters

Macron ha dicho que quiere extender a sus socios europeos la defensa de su armamento atómico, modernizado periódicamente, al margen de EE. UU. En la década del sesenta, el general Charles De Gaulle abandonó la OTAN para mantener la independencia de Francia, y luego regresó. El mandatario francés dijo: “tenemos el ejército más eficaz de Europa y gracias a las decisiones tomadas por nuestros antecesores tras la Segunda Guerra Mundial, disponemos de capacidad en disuasión nuclear”. Francia tiene 209 cabezas nucleares que podrían afectar a Rusia, pero ésta cuenta con más de 5 mil, por lo que una entrada en combate de Europa contra Rusia sería favorable a esta última.

Europa es un continente que ha vivido en guerra constante durante el segundo milenio. Los cuarenta y cinco años de Guerra Fría sólo fueron una breve pausa. A esto se sumó la expansión de los imperios europeos por Asia, África y América, generando animadversión mundial frente a la zona europea. La OTAN, sin EE. UU., ha asumido una actitud para crear una defensa europea propia ante la negativa estadounidense de darle su espacio en las negociaciones de paz en Ucrania. La constitución de un sistema de defensa europeo propio es un proyecto de largo plazo difícil de cumplirse por la cantidad de países que formarían parte.

Los dilemas europeos frente a los nacionalismos

El giro en política exterior de Trump ha hecho aflorar las contradicciones de los proyectos nacionalistas europeos. La Europa de estos días solo tiene un consenso: el mundo creado en 1945, con el establecimiento de los organismos internacionales para garantizar la paz y seguridad internacionales ya es una utopía difícil de sostener, pese a los esfuerzos y llamados que la ONU hace. Por cierto, las Naciones Unidas requieren ahora de una nueva reestructuración, que rompa, sobre todo, el poder de veto que tienen las potencias que triunfaron en la segunda guerra mundial (EE. UU., Rusia, China, Reino Unido y Francia).

El giro de la política exterior de la nueva Administración Trump respecto a la guerra de Rusia, sus ambiciones de tomarse Groenlandia y su reciente política de aranceles han movido la conciencia europea. Ante este escenario de incertidumbre la Comisión propuso un plan, el llamado Rearm Europe, que ha provocado una toma de posiciones de los diferentes países de la zona….

En esta Europa, que abarca cinco husos horarios y en donde entrarían 2.100 Maltas en una sola Francia, nadie puede ignorar las tensiones y contradicciones que la situación internacional genera en su interior. En España, estas fracturas pueden constatar en la izquierda, con un gobierno de coalición y sus socios parlamentarios divididos entre dar el salto geopolítico de la Unión y una defensa común y los que rechazan cualquier aumento del gasto militar, advirtiendo que una “carrera armamentística” llevará a la UE al desastre. No está unida la izquierda y tampoco la derecha. Incluso en la extrema derecha europea existen fisuras.

Algunas voces describen a la extrema derecha como la “internacional del odio”, una alianza articulada por los nacionalismos, el rechazo al “globalismo” y a Bruselas y cierta admiración por liderazgos fuertes como los de Trump o Putin. ¿Cómo se posicionan frente a la guerra de Ucrania? ¿Quieren un rearme europeo autónomo o EE. UU. sigue siendo su aliado? ¿Cómo encaja en su visión la guerra arancelaria que amenaza la economía de las clases sociales a las que representan?

En esta Europa, que abarca cinco husos horarios y en donde entrarían 2.100 islas de Malta en una sola Francia, nadie puede ignorar las tensiones y contradicciones que la situación internacional genera en su interior.

Las coaliciones de derecha están gobernando en muchos países, más que en otros tiempos. Además de las presidencias de Italia y Hungría, gobiernan en coalición en Croacia, Eslovaquia, Finlandia y Países Bajos y mantienen influencia en Suecia. Solamente se espera su llegada al poder en Francia y Alemania.

De pasar esto, la relación con Bruselas, la OTAN y Washington sería complicada. Un ejemplo es Giorgia Meloni. Tradicionalmente, los Hermanos de Italia (“Fratelli d’Italia”) fueron críticos con “la Unión Europea de las élites” y se oponen al Pacto Verde Europeo. Su euroescepticismo se extendía a la OTAN y a la política exterior de EE. UU. Todo cambió cuando fue nombrada presidenta del consejo de ministros de Italia en 2022 y desde entonces, ha girado hacia un “pragmatismo europeísta” alineado con la OTAN, pero sostiene que una defensa autónoma europea sin la Alianza Atlántica es una ingenuidad.

Giorgia Meloni. Foto: Redes sociales

La actitud desafiante de Trump frente a Europa puso a Meloni en una posición incómoda y su conexión privilegiada con Washington ha perdido fuerza por el enfriamiento del aterrizaje de la red de satélites Starlink en Italia. Existen muchas dudas de que la seguridad italiana pueda depender de una empresa de Elon Musk.

A diferencia de Meloni, Viktor Orbán es el hombre fuerte del Kremlin en la UE. El líder húngaro ha bloqueado sanciones a Rusia, ha rechazado el envío de armamento a Ucrania y defiende su amistad con Putin y con Trump. Parece aislado en Europa y su posicionamiento con los líderes ultraconservadores genera más oposición en su país.

La líder del Frente Nacional Francés, Marine Le Pen (inhabilitada de sus derechos políticos por cinco años por un caso de financiamiento electoral) nunca ocultó su amistad con Putin y Trump, al menos hasta que la guerra en Ucrania y los aranceles la forzaron a cambiar su postura. Como reveló el medio francés Mediapart, su relación iba más allá de las palabras: vínculos financieros y miles de euros a cambio de intervenciones a favor de Moscú en el Parlamento Europeo.

En una entrevista con Le Figaro, la líder francesa relativizó la amenaza rusa en Europa y dijo que la prioridad en seguridad debía ser contra el terrorismo yihadista y advirtió que un eventual sucesor de Putin podría ser más hostil con Occidente. Aunque en el pasado defendió la salida de Francia de la OTAN, en 2022 cambió por abandonar solo el mando militar integrado.

Viktor Orbán es el hombre fuerte del Kremlin en la UE. El líder húngaro ha bloqueado sanciones a Rusia, ha rechazado el envío de armamento a Ucrania y defiende su amistad con Putin y con Trump.

Frente a Trump, Marine Le Pen mantiene una cierta distancia para congraciarse con su electorado más moderado, pero sostiene que podrían entenderse porque hablan “el mismo idioma”, el de “la defensa de los intereses nacionales”. Recientemente atacó la política arancelaria estadounidense por su impacto en vinos y licores franceses, advirtiendo un colapso de ese sector neurálgico de la economía francesa y dijo: “la agricultura es siempre la gran sacrificada”.

En España y Portugal, las extremas derechas se alinean con el atlantismo. Ante la imposición de aranceles a productos españoles y portugueses, no dicen nada. En el caso de Vox, Santiago Abascal tuvo que desmentir su apoyo a los aranceles tras las críticas dentro y fuera de su agrupación. Tanto Chega (la extrema derecha portuguesa) como Vox respaldan la causa ucraniana y el envío de armamento, pero rechazan el rearme europeo y cualquier cesión de soberanía en la defensa común.

Alternativa por Alemania (AfD) es un caso singular. Pese a ser prorrusa y haber cuestionado el apoyo a Kiev, tiene cierta oposición en sus filas por el anticomunismo. Esta tensión con Rusia viene desde tiempos del nacionalismo alemán. Para Hitler la expansión del espacio vital alemán pasaba por el este sometiendo a los pueblos eslavos. Sin embargo, buena parte del apoyo social del partido está en la antigua Alemania del Este gracias a los rusos. Frente al rearme alemán y ante la alianza entre el nuevo canciller Merz, el SPD y los Verdes, AfD será oposición. Respecto a Trump, el apoyo incondicional de Musk a su agrupación en las recientes elecciones alemanas es concluyente.

Las contradicciones en los posicionamientos internacionales de la extrema derecha europea no son más que la expresión de las tensiones internas históricas que atraviesan los proyectos populistas de derecha. Los adalides de la soberanía nacional y la identidad europea están atrapados en un juego de equilibrios. El apoyo a Trump implica asumir el riesgo de una guerra comercial contra sus industrias; alinearse con Putin puede tensar aún más las relaciones con sus socios europeos.

En sus Cuadernos de la Cárcel, Antonio Gramsci analizaba que, en tiempos de crisis, los partidos con una fuerte retórica nacionalista y que decían defender la soberanía de sus pueblos, tenían cercanía con potencias extranjeras. El apoyo inquebrantable de Orbán a Putin o la complacencia de Vox o Marine Le Pen con Trump demuestran que sus prioridades parecen no estar dentro de sus países.

 

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