Icono del sitio Plan V

El fin de una civilización o el ocaso de un imperio

Columna de humo que se eleva desde la capital iraní, Teherán, tras los ataques estadounidenses e israelíes del 3 de marzo de 2026. Atta Kenare / AFP

El 28 de febrero de 2026 Israel y EE. UU. bombardearon objetivos militares en territorio iraní, causando la muerte de Alí Khamenei (ayatola supremo de Irán) y de varios militares y civiles. Otro ataque, cuatro días más tarde, mató a cerca de 170 personas en una escuela de niñas cercana a una base naval del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (https://bit.ly/4tuNF88).

Durante todo el mes de marzo el tándem Israel-EE. UU. bombardeó suelo iraní, para reprimir una supuestamente rápida recuperación de su tan pretextado programa nuclear. Israel dijo que se trataba de una acción preventiva, mientras para EE. UU. la operación Furia épica —como la llamaron— era ofensiva. La violencia, hasta entonces relativamente focalizada en el extremo occidental de Medio Oriente, se extendió a toda la región.

La operación Furia épica debía ser una campaña segura y rápida, casi tan breve como la que terminó con la abducción de Nicolás Maduro, con todo y cambio de régimen político. Pero en el mes y medio transcurrido desde el 28 de febrero hasta la declaratoria de una tregua mentirosa, Irán ha sido capaz de castigar a Israel; incluso ha vulnerado su aparentemente inexpugnable escudo antiaéreo. Valiéndose de misiles y drones ha dañado bases norteamericanas e infraestructura militar y aeropuertos en varias ciudades del golfo, en Baréin, Qatar, Emiratos Árabes, Kuwait y Arabia Saudita.

La réplica iraní a los ataques iniciados el 28 de febrero busca provocar el mayor daño posible a la economía occidental. El boicot a las operaciones navales en el estrecho de Ormuz ha causado un shock económico de alcance mundial y de consecuencias todavía incalculables.

La muerte de Alí Khamenei debía desencadenar el cambio de régimen. Pero los ayatolas mantienen el apoyo de una población dispuesta a defender su cultura y su organización social frente a los ataques externos. Pese a la constante agresión, a los éxodos internos provocados por los bombardeos judeo-norteamericanos y a la destrucción de infraestructura civil, la nacionalidad iraní se siente, por ahora, triunfadora frente a un enemigo inmensamente más poderoso.

En este escenario, la mañana del 7 de abril el presidente Trump advirtió en su red social que “Una civilización entera morirá esta noche […] No quiero que esto pase, pero podría pasar […] ¿QUIÉN SABE? Lo descubriremos esta noche, uno de los momentos más importantes en la compleja historia del Mundo […] ¡Dios bendiga al gran pueblo de Irán!” [https://bit.ly/4e9J4nm]. Trump sugería que su ejército podría bombardear puentes, centrales eléctricas y otras infraestructuras civiles de Irán hasta “regresarlo a la edad de piedra”, si no acataba su ultimátum de reabrir el estrecho de Ormuz [https://bit.ly/4c9lbJZ].

Minutos antes de cumplirse el plazo de esa amenaza, Trump anunció una tregua de 14 días, condicionada a la reapertura del estrecho de Ormuz. Su apocalíptico tuit del 7 de abril no pasó de ser otra bravata. Aparentemente, ni siquiera contaba con el apoyo logístico del Pentágono (https://bit.ly/4tAE0Ni).

La muerte de Alí Khamenei debía desencadenar el cambio de régimen. Pero los ayatolas mantienen el apoyo de una población dispuesta a defender su cultura y su organización social frente a los ataques externos.

Antes del 28 de febrero Washington consideraba que Ormuz era un activo imperial: “una vía marítima a través de la cual fluiría el petróleo del mundo denominado en dólares, bajo la protección y disciplina estadounidenses, respaldadas por sus bases militares en toda la región”. Pero en marzo el tráfico marítimo en Ormuz apenas llegó al 5-10% de los niveles anteriores a la guerra (Gráfico 1). “El canal por el que circula cerca de una quinta parte del petróleo del mundo se encuentra bajo control iraní, y la Guardia Revolucionaria dirige las operaciones de navegación en aguas iraníes alrededor de la isla Larak” (Progressive International Briefing n. 9: 10/04/2026 (https://bit.ly/4vmf51P).

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.Tom Williams / CQ Roll Call

Una guerra generalizada en todo el Oriente Medio parecía, antes de marzo de este año, una poco probable locura solo atribuible a la intolerancia de dos monoteísmos que llevan más de un milenio tratando de aniquilarse mutuamente. Pero la locura se hizo realidad con la intervención de una potencia imperial cuyas intromisiones despiertan desconfianza y generan costos económicos para quien resulte involucrado. Parece una ley de la historia: la caducidad de un imperio genera costos, destruye la confianza, favorece a unos pocos, perjudica a muchos y despierta resistencias de todo tipo.

¿Locura o improvisación?

La hegemonía norteamericana se sostenía en tres pilares: supremacía militar, control financiero global y legitimación ideológica del liberalismo económico y político. La crisis de 2008, la desindustrialización auspiciada por la tesis de las ventajas comparativas, la polarización interna de la sociedad norteamericana y el desafío que representa el ascenso de China han erosionado irreversiblemente esa estructura.

Trump es una respuesta desesperada a los retos que plantea dicha erosión. Sus propuestas van contra el orden mundial promovido por el propio EE. UU. tras la caída del muro de Berlín: preferencia por un imperialismo neo-mercantilista, militarización del comercio internacional, destrucción del multilateralismo y formación de áreas de influencia.

Con estos argumentos, José Luis Villacañas, catedrático emérito de historia de la filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, sostiene que Trump “no es un loco, ni un improvisado, ni un accidente histórico. Es un síntoma del declive estructural de Estados Unidos y, al mismo tiempo, un estratega capaz de actualizar las líneas maestras de la doctrina geopolítica estadounidense para un mundo cada vez más hostil y agresivo” (https://bit.ly/4cdYKDF).

Esa actualización contendría una belicosa reformulación de principios propuestos por académicos como Zbigniew Brzezinski, el artífice de la Comisión Trilateral creada en 1973 (la puesta en práctica de una organización privada para fomentar la cooperación entre EE. UU., Europa y Japón, ideada por David Rockefeller para contener a Rusia y China), y Samuel Huntington, el autor de El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (Paidós, 1996), que sostiene que en el siglo XXI las diferencias culturales y religiosas serán la causa fundamental de los conflictos entre Occidente y el bloque islámico-confuciano.

Villacañas hace notar que en la era digital el soberano “no es necesariamente el Estado, sino quien controla las redes de comunicación. Elon Musk, Peter Thiel y otros actores emergieron […] como los nuevos depositarios de la soberanía técnica”. El verdadero arquitecto de la doctrina aparentemente conducida por Trump sería Thiel, para quien “la Constitución estadounidense limita en exceso el poder Ejecutivo […] la estructura de contrapesos, pensada en el siglo XVIII para evitar tiranías, se ha convertido en un obstáculo para gobernar un país enfrentado a amenazas globales”.

En las relaciones privadas la confianza y el capital social se construyen sobre virtudes morales fundamentales. Confiamos en la gente honesta y previsible, que honra sus compromisos y está dispuesta a apoyar a otros.

Una de esas amenazas se encuentra en Medio Oriente, región que en 2024 produjo 30,55 millones de barriles/día de petróleo, de los cuales 15% brotaron del subsuelo iraní (Gráfico 2). La amenaza radica, más que en el flujo de energía contenida en el petróleo, en los desafíos al sistema monetario internacional que cuantifica y valora ese flujo. Si el dólar pierde credibilidad y deja de usarse para saldar las transacciones petroleras, EE. UU. perderá otro de los pilares de su hegemonía, habida cuenta de que hace tiempo dejó de promover el liberalismo económico.

China compra a Irán hasta el 80% de su producción total de petróleo, a pesar de la sanción norteamericana. El país de los ayatolas en poco tiempo será una pieza clave en la nueva ruta de la seda y en la integración energética de Eurasia. De su lado, Israel considera intolerable que Irán alcance, con esto, más influencia en Medio Oriente, por lo que no duda en servir de punta de lanza a EE. UU en su empeño de contener a China en todos los frentes. Mientras tanto, la Unión Europea sigue dubitativa sobre qué es lo más conveniente para ella.

La baja más sensible de la Operación Furia épica

Hace tres décadas, Francis Fukuyama escribió Trust: The Social Virtues and the Creation of Prosperity (Free Press, 1995). Consideraba que EE. UU. era una sociedad muy confiable, impresión similar a la que tuvo Alexis de Tocqueville a principios del siglo XIX. “Si hoy tuviera que reescribir Trust, no caracterizaría a EE. UU. como una sociedad altamente confiable”, confiesa Fukuyama.

En las relaciones privadas la confianza y el capital social se construyen sobre virtudes morales fundamentales. Confiamos en la gente honesta y previsible, que honra sus compromisos y está dispuesta a apoyar a otros incluso si al hacerlo no obtiene beneficios inmediatos. La confianza es el resultado de conductas reiterativas. Pero si una de las partes se aprovecha o engaña a la otra parte, una relación de confianza puede romperse instantáneamente. También la desconfianza se auto refuerza: si alguien se siente traicionado, en el futuro podría tratar de vengarse.

En el ámbito internacional, solo la conducta virtuosa de un país, observada reiteradamente a lo largo del tiempo, genera confianza en otro país.  En ausencia de una autoridad coercitiva, y dado que el uso de la fuerza tiene como límite la expectativa de una contrafuerza o incluso la posibilidad de aniquilación mutua, las relaciones entre países son mucho más proclives a caer en el ámbito de la desconfianza.

El ataque a Irán y la crisis del Estrecho de Ormuz no solo han destruido la confianza de los países aliados de Medio Oriente. El factor aglutinador de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) era la confianza de cada país miembro en la ayuda que recibiría de los otros miembros ante una agresión externa que, supuestamente, vendría de algún país del extinto Pacto de Varsovia. Esa confianza se puso a prueba satisfactoriamente luego de los ataques terroristas del 11-S. La OTAN no ha sido, ni es como hoy pretende la diplomacia norteamericana, un compromiso multipropósito, menos todavía obliga a apoyar a uno de sus miembros que hubiere iniciado una guerra ofensiva contra otro país.

Tras un año de Trump 2.0 el mundo entero ya no confía en EE. UU.  Hace poco, Francia vendió 129 toneladas de oro almacenadas en Nueva York. De inmediato compró un equivalente en oro europeo. Ahora todo el oro francés está almacenado en París. El 11 de abril pasado, en la clausura de la convención nacional del partido liberal canadiense, en Montreal, el primer ministro Mark Carney dijo que se “acabaron los días en que el ejército canadiense enviaba 70 centavos de cada dólar a Estados Unidos”. Esta decisión es una respuesta a las amenazas anexionistas y a los aranceles. Carney está empeñado en fortalecer la soberanía económica y en intensificar alianzas con Europa y el Reino Unido.

EE. UU. se encuentra más solo que nunca. El respeto que disfrutaba en el mundo cuando “ganó” la carrera espacial ha sido sustituido por el temor. La gran mayoría de países ejercen una soberanía siempre amenazada por los aleatorios designios imperiales. La guerra de Medio Oriente ha dañado irreversiblemente la seguridad regional. Los bombardeos a las bases norteamericanas y el bloqueo de Ormuz han incrementado la presencia iraní. Ahora incluso pretende cobrar peaje por navegar en el estrecho y Trump, lejos de defender la libertad de navegación, no habría desechado la posibilidad de compartir los ingresos (https://bit.ly/3OaxrCe).

¿Quién paga los daños?

Los bombardeos iniciados el 28 de febrero incrementaron los precios del petróleo (Gráfico 3). El marcador Brent subió de USD 70,81 el 28 de febrero a USD 138,21 el 7 de abril, el día de la falsa tregua. La escasez provocada por el cierre de Ormuz afectó rápidamente los precios de la gasolina, el gas y otros combustibles, lo que elevó los costos de transporte y de producción, en especial en Europa y Asia, más dependientes del crudo extraído de Medio Oriente. También subieron los precios de la urea y el amoniaco, lo que anticipa un futuro incremento de los precios de los productos agrícolas. Varios bancos centrales de mercados emergentes endurecieron su política o vendieron activos en moneda fuerte, lo que también anticipa mayores probabilidades de inflación y de desaceleración (https://bit.ly/48DMXxc).

Según estimaciones de Aljazeera, han muerto al menos 7 650 personas (6 620 militares, 1 030 civiles), la mayoría en Irán (unos 5 900 militares y 595 civiles -hasta el 21 de marzo). También unos 13 soldados norteamericanos y decenas de israelitas y habitantes de los países del Golfo con bases militares norteamericanas. En el Líbano las bajas serían de al menos 2 000 personas. Los heridos se estiman en más de 20 000 y entre 3 y 5 millones de desplazados (https://bit.ly/48DdASX; https://bit.ly/3O3slaW; https://bit.ly/3OxfjTb).

Hasta el 11 de abril Irán reportó pérdidas por USD 1 000 millones por daños en energía (en especial en la central petrolera de la isla Kharg), en laboratorios nucleares (Natanz y Bushehr), en bases militares y en infraestructura civil (32 hospitales, 65 escuelas y varios patrimonios de la UNESCO). En los países del Golfo Pérsico los daños en aeropuertos, bases militares y refinerías serían del orden de los USD 120 mil millones (https://bit.ly/48tBpww; https://bit.ly/3O3rwil).

El cierre del Estrecho de Ormuz (4 de marzo) redujo en 6,7-10 millones de barriles/día la oferta de petróleo de Kuwait, Irak, Arabia Saudita y Emiratos Árabes, con pérdidas de USD 200 mil – 300 mil millones. Irán dejó de exportar unos 2,5 millones de barriles/día, lo que sumó otros USD 50 mil millones de lucro cesante. Este shock de oferta produjo escasez en Asia y la consabida escalada de precios del crudo (https://bit.ly/48tBpww; https://bit.ly/3O3rwil).

El tándem EE. UU. – Israel gastó en armas y municiones entre USD 60 mil y 70 mil millones. Hasta el 7 de abril, el gasto promedio de las operaciones a cargo de las fuerzas armadas norteamericanas fue de USD 891 millones cada día (https://bit.ly/3O3tD5L; https://bit.ly/48LwdnQ).

J.D. Vance no fue a Islamabad a negociar un acuerdo, sino a imponer a un país soberano el fin de su carrera nuclear. Pero la época en que EE. UU. podía imponer su voluntad maquillada de consenso diplomático ya pasó.

Solo queda uno de los tres pilares

Para EE. UU., en el mediano plazo la guerra contra Irán será un tiro en el pie. Trump cambió al presidente de la Reserva Federal (Fed), Jerome Powell, por Kevin Warsh. Este cambio ocurre en medio de disputas por la autonomía de la Fed y presiones para bajar las tasas de interés y recuperar el crecimiento económico. Pero la volatilidad provocada por el conflicto de Ormuz maximiza el riesgo de la política monetaria que quiere aplicar Trump con la connivencia del Warsh.

En el ámbito internacional el horizonte no se presenta menos sombrío. El 10 y 11 de abril se reunieron en Islamabad iraníes y norteamericanos para poner fin a la guerra iniciada en febrero pasado. Tras 21 horas de negociaciones, el vicepresidente J.D. Vance anunció el fracaso de la reunión después de que los iraníes se negaran “a aceptar los términos estadounidenses de abstenerse de desarrollar un arma nuclear” (https://bit.ly/4sux9E6).

Manifestantes progubernamentales ondean banderas iraníes durante una concentración en Teherán, Irán, el sábado 11 de abril de 2026. (Foto AP / Vahid Salemi)

J.D. Vance no fue a Islamabad a negociar un acuerdo, sino a imponer a un país soberano el fin de su carrera nuclear. Pero la época en que EE. UU. podía imponer su voluntad maquillada de consenso diplomático ya pasó. El domingo 12 de abril el presidente Trump ordenó bloquear el Estrecho de Ormuz, acusando a Irán de “extorsión internacional”. Además, advirtió que cualquier iraní que dispare contra buques estadounidenses o civiles será “enviado al infierno” (https://bit.ly/4mtAkKQ).

Los objetivos de la negociación de Islamabad eran inconmensurables: Washington quería lograr un acuerdo rápido para calmar los mercados y regresar al statu quo; mientras que Teherán buscaba redefinir el sistema, incluso la red de influencias, para cambiar de reglas (¿y lograr un nuevo orden?). El argumento fundamental del equipo de J.D. Vance era militar, en tanto que los iraníes presentaron un conjunto de argumentos energéticos y económicos, sin la urgencia de los norteamericanos.

Irán llegó a Islamabad no solo con la ventaja del lugar de la reunión. Ya traía un triunfo que mantendría incluso perdiendo la negociación: durante la guerra, al vender petróleo y explorar nuevas rutas comerciales, Irán rompió una parte del sistema de sanciones. Y también profundizó sus vínculos diplomáticos con China y Rusia.

EE. UU. bloqueó Ormuz con una flota de 15 buques (13 de abril), tratando de habilitar el tránsito hacia o desde puertos no iraníes. Sin embargo, el Institute for the Study of War (ISW), con sede en Washington, afirma que los únicos buques que entraban y salían por el estrecho eran los iraníes y los aprobados por Irán, que son los que acceden “…al pago por protección iraní [y utilizan] el plan de separación del tráfico impuesto unilateralmente por Irán, que obliga a los buques a entrar en aguas territoriales iraníes” (https://bit.ly/48byXL8).

Irán anunció reaperturas parciales el 17 de abril, permitiendo el tránsito a unos 20 buques (portacontenedores, graneleros, petroleros y hasta un crucero). Pero solo eran buques de bandera iraní o aprobados por Irán. El ministro de relaciones exteriores iraní declaró que esta decisión era una consecuencia del alto al fuego acordado con EE. UU. e Israel tras más de seis semanas de bombardeos (https://bit.ly/4ct0OJr; https://bit.ly/3OcQrjD). Pero al día siguiente (18 de abril) Irán cerró nuevamente la vía fluvial hasta que se levante el bloqueo estadounidense.

La situación en el estrecho de Ormuz provoca una extrema volatilidad en los precios del petróleo. Con el bloqueo norteamericano, el 14 de abril, el marcador Brent subió a USD 103,87/barril, pero cayó alrededor de USD 80/barril tras el anuncio iraní de apertura bajo tregua. Según el FMI, cada 10% de alza del precio del crudo eleva la inflación global en 0,4 puntos porcentuales y reduce 0,2% el PIB mundial (https://bit.ly/4vEJMPI).

Lo que está ocurriendo en Ormuz beneficia a los exportadores de petróleo de otras latitudes. ExxonMobil, Chevron, Conoco Phillips, BP, y Shell obtendrían un potencial beneficio de USD 63 000 millones. También las petroleras rusas se estarían favoreciendo, según la consultora energética Rystad Energy (https://bit.ly/41HL66R).

Los importadores asiáticos y europeos son los más perjudicados. China, que importa casi una cuarta parte de todo el petróleo extraído en el mundo, enfrenta un agudo problema de costos. Cuando EE. UU. inició su bloqueo de Ormuz, China anunció un acuerdo específico con Irán para que circulen libremente los buques con crudo hacia sus puertos y, mediante declaraciones del ministro de Defensa Dong Jun, advirtió a EE. UU. que no interfiera (https://bit.ly/48byXL8).

India, Corea del Sur y Japón dependen en más del 60% del petróleo que pasa frente a la isla de Ormuz. La subida del crudo también perjudica a Alemania, Países Bajos, Francia e Italia. Argentina, cuyo presidente es un gran admirador del principal responsable de esta situación, es uno de los países más perjudicados por los incrementos del crudo.

Todo esto sugiere que el “fracaso” de Islamabad en realidad marca el fin del comercio internacional controlado por una sola potencia, lo que incluye el uso de otras monedas, además del dólar, para saldar los intercambios internacionales. Según el crítico sudanés Makkawi Elmalik, lo que falló en Islamabad no solo fue el acuerdo diplomático; también fracasó la idea de que, por sí sola, la fuerza es suficiente argumento. Y lo que “comienza ahora no solo es una escalada [también es] una reescritura de las reglas del juego mundial”, dice Elmalik.

 

 

Salir de la versión móvil