Alfredo Espinosa (Quito, 1987), en su investigación Democracia en tensión. El sistema de partidos de Ecuador (1996-2013) sistematiza 17 años de legislación y decisiones políticas, para encontrar una explicación a la catástrofe institucional que vive el sistema político ecuatoriano y cuyas consecuencias son visibles. Espinosa dice, en una parte de esta entrevista con Plan V, que lo peor de todo esto es que la institucionalidad electoral, tal como está, es la guardiana de la voluntad popular. Una guardiana que no hace sus deberes y permite que lo peor (y los peores) de la política ecuatoriana sea la que gobierne.
Espinosa también desmonta un mito: que la corrupción del sistema de partidos en el Ecuador haya empezado con el correísmo. Al analizar el periodo 1996-2006, el investigador demuestra que «las reformas electorales del período 1996-2006 fueron uno de los factores que debilitaron a los partidos, movimientos y gobiernos de turno que las propiciaron (…). Las constantes reformas evidencian que la costumbre en términos electorales es el cambio y la inestabilidad institucional en torno a lo normativo. De esta manera, las reglas del juego electoral responden a criterios y realidades coyunturales de las organizaciones políticas. El momento en que se operativizaron las reformas, entre 1996 y 2006, se crearon escenarios de atomización y fraccionamiento de partidos y movimientos. Situación que incidió en su poca institucionalidad».
Para el autor, en la etapa del correísmo lo que se hizo fue profundizar esta descomposición para convertir a esa tienda política en el principal beneficiario y usufructuario de la misma. En ese transcurrir, han sido el caudillismo y la personalización de la acción política lo que ha marcado la vida política del Ecuador, algo que se ratifica cuando las dos mayores opciones presidenciales para el 9 de febrero próximo son autoritarias y no democráticas, aunque tengan credenciales de legalidad. El viejo y el nuevo Ecuador unidos para sostener un sistema electoral corrupto que a su vez los sostiene y justifica.
En 45 años de retorno a la democracia no hemos logrado contar con un sistema de partidos solvente, con organizaciones estructuradas, con militancias de carne y hueso, con una institucionalidad electoral independiente.
¿Podría definir qué es el sistema electoral y el sistema de partidos en el Ecuador de hoy?
El sistema de partidos es un anhelo en el Ecuador, es algo irresuelto, que no se llega a cumplir, es una entelequia. Tenemos retazos, algunas buenas intenciones, pero no hemos concretado en 45 años de retorno a la democracia contar con un sistema de partidos solvente, con organizaciones estructuradas, con militancias de carne y hueso, con una institucionalidad electoral independiente. Lo que hemos visto es el reparto, la componenda, el abrir el grifo, el creer que la mayor participación de organizaciones y candidatos es sinónimo de democracia, y ese es un error. La democracia ecuatoriana, sus sistema de partidos y su sistema electoral tienen un vicio congénito, que es el aperturismo. Es una falacia en la que todos han decidido creer, es un pacto de convivencia entre la sociedad política, el Estado y ciertos sectores de la ciudadanía.
En su investigación hace es un balance y una sistematización de lo que ha sido la democracia ecuatoriana en cuanto a su sistema electoral, entre 1996 y el 2013. ¿Cuáles son sus principales hallazgos?
Que hemos entrado en un proceso constante de refundación institucional. Hay un espíritu arraigado en la cultura política ecuatoriana, de creer que con nuevas reformas, nuevas leyes o constituciones se van a crear cambios importantes. Pero no ha sido así. Desde la época del presidente Osvaldo Hurtado se realizaron una serie de reformas al sistema electoral y de partidos políticos. Hemos pasado por tres constituciones y cada una de ellas ha tenido sus reformas. Todas han tendido a tratar de generar condiciones de gobernabilidad, algo que ha sido un fracaso. Hemos creído que ciudadanizar la política va de la mano con que los ciudadanos independientes participen en las campañas electorales. Y lo que tenemos es que el caudillismo y el personalismo está por encima de las estructuras partidarias. Todas las reformas electorales, en mayor o menor medida han buscado generar condiciones de gobernabilidad acentuando el presidencialismo. En la época de Correa fue más visible. En su periodo entre el 2007 y el 2013 y un poco más, el correísmo acentuó la figura del presidente-candidato a través de la legislación electoral. También consolidó a un presidente fuerte, carismático y no democrático. Mucho de lo que está en el libro y lo que se ha discutido en torno al sistema electoral, pasando por los métodos de asignación de escaños hasta la intención de tener periodos presidenciales de cinco años, luego de cuatro, hacer que los diputados provinciales duren cuatro años, luego dos, luego cuatro, luego regresar el tema de los umbrales… Ha sido una mezcolanza.
Con esta falsedad de la «ciudadanización» de las instituciones se puso etiqueta a toda persona que estaba vinculada a los partidos políticos, que lo único que no tenían era afiliación pero se debían a las organizaciones políticas.
¿Un caos dirigido, una improvisación permanente, cómo definirlo?
Una democracia fallida, un sistema de partidos fallido, una institucionalidad electoral que no sirve.
¿Por qué no sirve?
Porque no es independiente, porque sus autoridades están dedicadas a pugnas de pandillas, antes que representar a los ciudadanos.
Representan solo a los actores políticos y a los dueños del poder y sirven a sus intereses…
En teoría eso era antes, cuando los partidos más votados dentro del Congreso Nacional enviaban a sus delegados al Tribunal Electoral. Con esta falsedad de la ciudadanización de las instituciones se puso etiqueta a toda persona que estaba vinculada a los partidos políticos, que lo único que no tenían era afiliación pero se debían a las organizaciones políticas. Desde la vigencia del CNE tuvimos a un Omar Simon, un Domingo Paredes, Juan Pablo Pozo, todos cercanos a Correa. Ahora tenemos una institución en pugna, una pugna entre pandillas y que no son independientes, entre un grupo que está cercano a Noboa y otra, en minoría, cercano a Correa.
¿Decirles pandillas no es una descalificación muy fuerte, o es apropiado?
Creo que es apropiado. En medio del reparto se han dado acuerdos, entonces se están disputando la institucionalidad del Estado y hay algo mucho más grave: el CNE es el que entrega el poder, es el guardián de la voluntad de los ecuatorianos, el que termina entregando el poder al candidato que recibe el mandato popular.
Hay también, y sobre todo, una crisis de representación, de personajes que simulan representarnos a través de partidos de alquiler, ¿qué dice usted de esa calidad de representación?
Lo que tenemos es una ciudadanía que es acreedora de todo lo peor, una sociedad despolitizada y empática con los caudillos, los autoritarios. Hoy en día la gente prefiere al caudillo más carismático a la más ecuánime o sólida democracia instituciona con los defectos que pueda tener.
¿Por eso es que tenemos a dos proyectos autoritarios como los más opcionados a llegar a Carondelet?
Los ciudadanos, en medio de estos dos proyectos, no tienen una opción democrática, pero también es responsabilidad de un sector de la prensa y de pseudo especialistas que han tomado partido. Se ha tomado a estas elecciones como una disputa entre bandos que se están repartiendo el país, pero no hay un proyecto político. Eso es lo que vimos en este debate electoral y en los anteriores. El proyecto político de los candidatos es llegar al poder. Y una vez en el poder no se sabe qué van a hacer ni con las instituciones ni con la ciudadanía ni con la democracia ni cómo se va a mejorar la calidad de vida de los ecuatorianos.
En el correísmo hay una militancia, es uno de los partidos más organizados, sino el único. Pero es el único partido apropiado para este sistema descompuesto, el que ha sacado réditos de esto.
¿El retorno de Correa no es un proyecto político del correísmo? ¿El nuevo Ecuador no es un proyecto político del noboísmo?
Lo de Noboa no deja de ser una frase. Sobre lo que plantea este presidente-candidato, lo nuevo se apalanca en una vieja tara, el populismo, el autoritarismo, cuya base no se encuentra en los ciudadanos sino en el poder empresarial y en la fuerza pública. Ese es el soporte de este gobierno. En el correísmo en cambio hay una militancia, es uno de los partidos más organizados, sino el único, algo que no se puede dejar de reconocer. Pero es el único partido apropiado para este sistema descompuesto, el único que ha sacado réditos de esto, porque ellos armaron las leyes electorales. La reforma electoral del 2020 que intentó arreglar todo esto sufrió una serie de retazos.
¿Cómo se arma ese intento de reforma electoral?
La génesis fue en la consejería de Luis Verdesoto. Una propuesta consultada por especialistas, académicos, periodistas, activistas… y lastimosamente fue presa de la discusión de baja ralea que se da en la Asamblea. Mira lo que ocurrió con el Art. 93 del Código de la Democracia: el espíritu de la norma fue desechado, era para que no exista la figura del presidente-candidato. Correa fue precisamente eso y la idea era que no se repitan esos abusos y excesos. El correísmo ha sido víctima de su propia creación, ellos crearon este monstruo y tienen que hacerse responsables de esto.
El correísmo triunfó en el 2006 cuando creó la antimarca de partidocracia, ¿lustros después volvimos a lo mismo, nos estamos mordiendo la cola?
El correísmo es parte de la nueva partidocracia de este sistema. Hay una hipótesis que yo no creo que debe ser desechada. El Ecuador en términos formales tiene un régimen presidencialista, pero en términos prácticos es dominado por el parlamentarismo. Desde esta óptica, el enfoque del correísmo es llegar al parlamento para cogobernar, como lo hizo en su momento lo hizo el PSC.
Agrégale a eso el Consejo de Participación, creado para simular precisamente la legitimación de las autoridades de control a través de una designación por parte de ciudadanos comunes.
Consejo que precisamente ahora no es más que un espacio para la disputa del poder partidista para la toma de las instituciones. Ahí no hay ciudadanos sino recaderos de los partidos políticos, del poder de turno en cualquiera de sus matices y colores. Hoy, la institución electoral está secuestrada y sujeta al vaiven de los intereses que representan estas personas, cuando deciden no dar paso a un concurso para renovar el CNE con autoridades que están prorrogadas seis años. ¿Por qué lo hacen? ¿Cuál es la conveniencia de mantener a las actuales autoridades locales en este proceso electoral? Porque todos salen ganando con su permanencia. Ningún partido ha propuesto nada al respecto. Lo único que hay es un venta de humo.
El otro elemento de este sistema electoral que nos rige es la inmensa población de partidos y movimientos políticos, ¿por qué ocurre esto?
Esto forma parte de la multicrisis que afecta al país. Hay varios elementos, primero el aventurerismo, ahora hay más gente con intenciones de ser candidata que organizaciones políticas. Estas organizaciones no son sólidas, hay un mercadeo de voluntades para ubicar gente en las listas, no hay democracia interna, todo el mundo quiere usufructuar del dinero que da el Estado para la campaña electoral: publicidad gratuita para desconocidos, como acabamos de ver en un debate donde justifican su presencia. Otro elemento es la laxitud de requisitos para ser candidato a cualquier dignidad. Creo que no basta con ser ecuatoriano y tener una edad determinada. ¿Por qué no piden sus declaraciones de impuestos? ¿Que no tengas deudas con el IESS? La probidad notoria es una necesidad y se está tratando en la Asamblea, pero el tema está congelado. Y repercute en los camisetazos en la Asamblea, ahora con 14 legisladores y legisladores que se sometieron al poder de turno. El beneficiario es Daniel Noboa, que de paso vetó la ley que sancionaba esa práctica.
A nadie le conviene sino sostener la mentira en la que todos quieren creer. De esta institucionalidad electoral se benefician los partidos y sus caciques y no denuncian esto, porque todos son beneficiarios.
Y lo que tenemos son personas que llegan auspiciados por etiquetas y empresas electorales que simulan ser partidos y movimientos políticos.
Este es un álbum de cromos. Hay partidos de alquiler y candidatos de transacción. Estoy seguro que si se hace una fiscalización no podrían justificar las firmas gracias a las cuales obtuvieron vida jurídica. Sigo sorprendido de cómo el partido de Noboa llegó a tener en tan corto tiempo, y en el marco de una consulta popular, una organización política, cuando otros se han demorado años en tenerla y con todos los obstáculos.
Nadie de los partidos ha denunciado ni ha investigado eso…
Porque a nadie le conviene sino sostener la mentira en la que todos quieren creer. De esta institucionalidad electoral se benefician los partidos y sus caciques y no denuncian esto, porque todos son beneficiarios de quien les da vida jurídica, de quien les ayuda con los trámites.
El correísmo impuso un reseteo de los partidos cuando obligó a todos a recoger las firmas y calificarse de nuevo. Al parecer era una renovación, pero ¿de qué sirvió a la luz de lo que estamos viviendo?
No ha servido para nada, porque el requisito de las firmas ha sido tergiversado y superado por las organización políticas. Estoy de acuerdo con Participación Ciudadana de que se necesita un padrón de afiliados, pero eso nunca va a suceder mientras estén las actuales autoridades electorales, mientras las élites políticas sigan rumiando en las hendijas y fisuras de la ley, de lo cual se benefician. En el Latinobarómetro de las Américas, menos del trece por ciento de los ecuatorianos cree en los partidos políticos y menos del diez por ciento en la institucionalidad electoral. Entonces hay un problema de fondo: estos partidos, con esos candidatos, que no supieron justificar, en eso llamado debate, cómo llegaron a esa papeleta, cuál es el mérito que tienen para estar como candidatos a la presidencia y en otros casos como candidatos a la Asamblea. Hay un gran vacío que se llena con un mercado de transacciones y de voluntades. Tan malos son los procesos de democracia interna para la salud pública de este país, que incluso una persona vinculada a Norero (el narcotraficante y lavador de dinero) está en una papeleta para asambleísta, legitimado por todo esto.
El CNE siempre tiene justificaciones para mirar para otro lado: no tengo competencia, no puedo controlar el mundo virtual, ¿para qué sirve el Consejo Electoral?
Hay justificaciones desde «no me lo permite la ley» hasta «solo soy uno y no puedo hacer nada». Creo que esa no es una justificación, porque el consejero Verdesoto, en más de dos años de gestión solitaria hizo mucho. En su momento el consejero Pita también lo hizo. Mientras esa institución no sea independiente, las autoridades siempre estarán atadas a quien esté en el poder.
Esta actual conformación del CNE salvo algunos cambios, es producto de la reforma institucional dirigida entonces por el doctor Julio César Trujillo, y es como haber escupido al cielo por parte de los sectores que pretendieron descorreizar las instituciones y tenemos ahora esto.
Lastimosamente hay que decirlo: ese proceso falló, fracasó en el momento en que los partidos metieron (de nuevo) su mano, cuando los emisarios y operadores de los partidos metieron su mano en las instituciones, cuando se volvieron a las prácticas del correísmo, antes criticadas y ahora ejecutadas por otros actores.
En la reforma electoral del 2020 se trabajó sobre la base de muchas ideas y grandes aportes. Este libro es parte de una memoria histórica sobre lo que no se tiene que hacer, sobre los problemas que tenemos como país.
¿Estamos predestinados entonces, como nación, a tener una más que pésima representación en la Asamblea, en los municipios, en la Presidencia de la República?
Lastimosamente el nivel de candidatos y candidatas que tenemos, los movimientos y partidos que tenemos, las cuasi propuestas que intentan generar y los problemas que tuvimos y tendremos desde mayo de este año, son el reflejo de una sociedad que todavía no cree en sí misma, anclada en el arribismo, en el populismo clientelar… Hemos llegado a tocar fondo y no nos damos cuenta, porque las necesidades más elementales terminan siendo más acuciantes terminan empeorando por la crisis política, que decanta en esta serie de problemas y que la ciudadanía no relaciona. No entiende que la corrupción electoral también es el problema de la falta de empleo, de la pésima salud, la mala educación. No entiende que de todas estas carencias estructurales y provocadas, las brigadas médicas de los políticos se justifican. Como sociedad estamos acostumbrados a las dádivas, anclada en lo mendicante y así lo hemos naturalizado en el ejercicio de la política como ciudadanos.
El sistema de partidos y la institucionalidad electoral poco ha sido analizada en el Ecuador, y Democracia en tensión, su investigación, aporta para futuras decisiones. ¿Cuál ha sido la motivación para abordar este tema?
En la reforma electoral del 2020 se trabajó sobre la base de muchas ideas y grandes aportes. Este libro es parte de una memoria histórica sobre lo que no se tiene que hacer, sobre los problemas que tenemos como país. Es un libro que en este contexto electoral genera varias alertas sobre un presidente-candidato, sobre un sistema de partidos fallido, una institucionalidad no independiente… Este libro es también una insignia a la verdad frente a lo que estamos atravesando y espero escribir sobre estos procesos, y lo que han sido estos seis últimos años de institucionalidad electoral, llena de ostracismo. Hay que escribir para no olvidar.

