Sobre mi escritorio tengo decenas de ensayos académicos a corregir. Los voy separando en grupos, y en uno de ellos yace un cúmulo de historias comunes de jóvenes que tuvieron, en su mayoría, que caminar miles de kilómetros para llegar a EE. UU.
Mientras leo esta oración en el ensayo de Luis M., “…cuatro días caminando por la selva del Darién, viendo a bebés llorar de hambre y gente desesperada”, una noticia irrumpe en la pantalla de mi computadora: “El Departamento de Seguridad Nacional ha cancelado todos los programas categóricos de Permisos de Reunificación Familiar (FRP) para extranjeros de Colombia, Cuba, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití y Honduras, y sus familiares inmediatos”. Dejo el ensayo de Luis a un lado y abro la noticia. A la cancelación del TPS (Estatus de Protección Temporal), ahora se suma la cancelación del FRP. Y con ello, cae en el vacío el futuro de miles de niños y jóvenes, que junto a sus familias tendrán que permanecer en la oscuridad.
Ayer en clase, Sara, una de mis alumnas, me expresó que quiere volver a Colombia; que llegó a EE. UU. hace dos años, pero que la vida se ha vuelto muy difícil para su familia. Además, me comenta que ella no ha recibido suficiente apoyo en la escuela, pues no ha logrado obtener un buen nivel de inglés. Por lo tanto, sus calificaciones son bajas en todas sus clases. Los distritos escolares en EE. UU. no estuvieron preparados para la llegada de miles de niños y jóvenes en los últimos tres años. No tienen suficientes recursos para contratar más profesores de ESL (English as a Second Language), o para ampliar las escuelas, implementar servicios de asistencia o consejería.
Hasta noviembre del 2025, más de 1 millón de inmigrantes perdieron el estatus del TPS; entre ellos 600 mil venezolanos. Y a ellos se suman 190 mil inmigrantes que han perdido el estatus del FRP desde noviembre.
Según Children’s Rights, entre el 2022 y el 2024 más de 400.000 mil niños y adolescentes (13 a 17 años) no acompañados, llegaron a EE. UU. Y de acuerdo con varias fuentes, hay probablemente más de 3 millones de niños y adolescentes en total, que han llegado desde 2022 hasta hoy. Las razones que obliga a jóvenes y niños a dejar sus países, sin importar cómo llegan, son las mismas: extrema pobreza, violencia sexual, reclutamiento de pandillas, explotación laboral y desastres naturales. Huyen de la inestabilidad social, política y económica de países que no responden a las necesidades de la población. Pero la tragedia no se detiene al cruzar la frontera. Más de 60 trabajadores sociales que fueron entrevistados para una investigación del New York Times en 2023, estimaron que alrededor de tres cuartas partes de niños y adolescentes que llegan no acompañados y son entregados a sponsors en EE. UU., terminan trabajando a tiempo completo para pagar la deuda que sus padres adquirieron con los “coyotes” o para mantener a sus familias en su país de origen (childrensrights.org).
Hasta noviembre del 2025, más de 1 millón de inmigrantes perdieron el estatus del TPS; entre ellos 600 mil venezolanos. Y a ellos se suman 190 mil inmigrantes que han perdido el estatus del FRP desde noviembre. Perder estos dos estatus significa perder la protección contra la deportación, sus permisos de trabajo, sus licencias de conducir, sus seguros médicos, etc. Para los jóvenes que aspiran ir a la universidad, esto significa enfrentar muchas trabas o simplemente no ser admitidos. Tampoco podrán trabajar legalmente y el futuro de muchos será la explotación laboral y una vida a la sombra.
Sharon entra en la clase y la respiración de muchos se detiene. En aulas de mayoría blanca, estudiantes como Sharon, Natalia, Luis, Santiago y Claudia, entre otros, cortan el aire con su belleza, su encanto y su alegría. Les pido a todos que hablen en sus mesas sobre la experiencia transformadora que relatan en sus ensayos, una práctica para escribir una petición universitaria (Statement of Purpose). Nos saltamos la literatura por un mes para entrar en este proceso que para muchos ha sido un ejercicio catártico. Sharon, con sus enormes ojos almendrados y sonrisa fácil, narra su odisea que inició en Venezuela y la llevó por varios países sudamericanos, en un intento de sus padres por encontrar un hogar. Recuerda que estuvieron un año en Perú y fueron víctimas de xenofobia, racismo y alienación. Al punto que a ella, que apenas tenía siete años, no le permitieron ingresar a la escuela; así que durante un año tuvo que vender gelatinas en un puente para ayudar a sus padres. Las miradas de sus tres compañeros, jóvenes blancos y privilegiados, no pueden contener la tristeza. Pero Sharon sigue con su relato como si hablara de alguien más. Hay una extraña fortaleza en sus palabras; habla con firmeza y no quiere que la vean con lástima. Menciona que quiere estudiar una carrera que le permita ayudar a los niños que llegan al país, para que no pasen por todas las dificultades que ella ha pasado. La ilusión del futuro brilla en su voz y su mirada.
Andrea tuvo que huir de Ecuador ante las amenazas y la violencia en Daule. Perdió a varios miembros de su familia. Me dice que extraña los esteros, el paisaje, la comida y su barrio. Y que le angustia la incertidumbre.
En otra mesa, Natalia narra: “no me podía quedar atrás. Era la frase que más se repetía en mi cabeza, no me podía permitir descansar, tenía que seguir el ritmo de los demás para poder salir de la selva”. Cuenta que una noche se perdió de su madre; ella tenía solo 13 años. En esos casi cuatro días por el Darién vio personas fallecidas al borde del camino o entre matorrales, niños perdidos, gente enferma o con hambre; vio una tragedia interminable que, además, no terminó sino hasta llegar a la frontera mexica-americana.
Más allá, en otra mesa, Diego habla de cómo su madre, quien tenía una pequeña tienda en Venezuela, era amenazada constantemente por pandilleros que le exigían una cuota semanal. Tuvieron que marcharse porque era imposible cumplir esas exigencias. Esa es la misma historia de Andrea, quien tuvo que huir de Ecuador ante las amenazas y la violencia en su pequeña ciudad de origen, Daule. Perdió a varios miembros de su familia. Me dice que extraña los esteros, el paisaje, la comida y su barrio. Y que le angustia la incertidumbre, el no saber si algún día la arrestaran o a sus padres y terminen encarcelados y deportados.
Al contrario de los demás, Daniela es tímida y ha preferido no hablar. Sus compañeros respetan su decisión. Al final de la clase se ha quedado para pedirme que la excuse por no participar. No supo qué decir porque su historia es la más difícil. Le digo que no se preocupe y le doy un abrazo y salimos juntas de la clase. Pero en el pasillo empieza a hablar. Recuerda que en un barrio pobre de Maracaibo donde vivía con sus padres y hermanos, todo era miedo y violencia. Ella era muy pequeña y siempre tenía hambre. Recuerda que solo comían arroz con margarina y de vez en cuando algo de pollo. Perdió a sus padres en un ataque de armado entre pandilleros, y su abuela y una tía decidieron huir y llegar como sea a EE. UU. Sin embargo, no siente que esta ciudad, este país es su hogar. Le ha costado mucho aprender el idioma y sentirse parte de una comunidad.
Ya en casa, me pregunto qué hacer con tantas historias, cómo ayudarlos, que decirles o no decir nada. Son estudiantes de Secundaria tomando clases de nivel universitario en este programa para el que trabajo. Chantal, mi colega y maravillosa profesora de una de las Secundarias, batalla todos los días para que estos chicos, y todos los estudiantes inmigrantes que están por graduarse, logren entrar en la universidad y, sobre todo para que logren obtener becas para pagar sus estudios. Es un tren que empuja todos los días, con el mismo ánimo y sin desmayar. Dentro de la escuela están protegidos por ahora; pero todo esto sucede mientras ahí afuera, en las calles, barrios, restaurantes… hay persecución a inmigrantes, sin importar su estatus ni edad.
De vuelta a clase, con los ensayos bajo el brazo, observo en cada aula a los estudiantes que quizá han perdido ya su estatus migratorio, ya sea su TPS o su FRP. Sus padres han quedado a la deriva y ellos también, ya que en su mayoría ya trabajan para ayudarse y ayudar a sus familias. En sus países de origen hay caos y crisis. Varios gobiernos latinoamericanos se han alineado con las políticas migratorias de EE. UU. y han abandonado a sus ciudadanos, a pesar de que, en casos como el de Ecuador, los inmigrantes contribuyen a la economía del país con el envío de remesas.

