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Como si estuviéramos muertos… 

Mural en la ciudad de Lago Agrio. Imagen referencial. Foto: PlanV

La oficina de la fundación tenía un aire tranquilo, casi acogedor. Las paredes blancas que rodeaban el espacio tenían pinturas dibujadas por hijos de refugiados, esos dibujos y agradecimientos daban la sensación de estar en un refugio seguro, lejos del caos. Pero el calor amazónico no perdonaba. Era sofocante como un horno, que hacía difícil respirar. Sentarme se volvió casi imposible, el sudor pegajoso hacía que mi ropa se aferrara a la piel y a la silla blanca de plástico en la que estaba sentada y la única fuente de alivio era un ventilador que giraba en varias direcciones, negándose a apuntar hacia mí cuando más lo necesitaba. Parecía que ese ventilador daba aire caliente, tal vez era él la razón de tanto calor. A mi lado, un botellón de agua helada se convertía en mi salvación. En el momento que comenzaron las entrevistas, todo cambió, el agobio del calor se desvanecía.   

Llegar a Lago Agrio, provincia de Sucumbíos, significa enfrentarse a una ciudad que es a la vez un refugio y un territorio hostil. Fundada en la década de 1970 en medio del auge petrolero, sus calles son una mezcla de polvo, comercio ambulante y rostros de todas partes. Está a 270 kilómetros al nororiente de Quito, un viaje que toma entre seis y ocho horas por carretera. Por su cercanía a la frontera, el principal paso fronterizo cercano es San Miguel, un poblado donde el control migratorio y militar es constante. 

Vista panoramica de Lago Agrio. Foto: PlanV

Pero Ecuador, que durante décadas ha sido un refugio, ahora enfrenta su propio éxodo. La violencia, la crisis económica y la falta de oportunidades han empujado a más de 350.000 ecuatorianos a salir del país desde el 2022, según ACNUR, muchos de ellos con destino a Estados Unidos. De acuerdo a cifras de Human Rights Watch, 80.000 lo hicieron por la selva del Darién, un corredor de muerte entre Colombia y Panamá. Las políticas migratorias impuestas por la administración de el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, endurecieron las condiciones para los ecuatorianos, cerrándoles las puertas del asilo y obligándolos a tomar rutas más peligrosas. Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados  (ACNUR) 

Es irónico, mientras ayudamos a colombianos que huyen de su país por el reclutamiento forzado, vemos cómo nuestros propios compatriotas están haciendo lo mismo. 

Detrás del miedo y el recelo están los refugiados colombianos que habían dejado atrás su vida y su identidad, arrastrados por la violencia de su país. La organización Tierra Para Todos había facilitado estos encuentros. Un espacio donde los migrantes compartían sus vivencias con voces temblorosas y determinación de quien ha sobrevivido lo indescriptible.   

Valentina: «no sabíamos si mañana viviríamos»

La primera en sentarse frente a mí fue Valentina*. Sus ojos se abrieron con sorpresa cuando me vio. No dijo nada. Creí que esperaba encontrar a una periodista de más edad, con un aire serio y distante. En cambio, me encontró a mí, una chica de 21 años con la cara roja, el cabello pegado y esponjado por el calor con una grabadora en la mano. Al principio, su desconfianza fue evidente, sus respuestas cortas, medidas, decía no entender las preguntas para evadirlas. Pero poco a poco, su postura cambió. Sus manos se relajaron, su voz se tornó más segura. “Vivíamos con miedo constante. No sabíamos si al día siguiente estaríamos vivos o quién más desaparecería”, relata mientras sus ojos se llenan de lágrimas. Era docente universitaria en Colombia, pero el miedo a perder a su hijo ante el reclutamiento forzado por la guerrilla la obligó a huir con su familia. En Ecuador, ha encontrado una oportunidad para empezar de nuevo, pero también enfrenta los desafíos de adaptarse a una nueva vida lejos de su hogar. «Extraño mucho mi tierra, pero sé que no puedo volver. Aquí, al menos, puedo dormir tranquila». 

Alexandra: «me escondí en un baúl para que no me maten»

Luego llegó Alexandra*. Su sonrisa tranquila contrastaba con lo que estaba a punto de relatar. Parecía en paz, hasta que los recuerdos la alcanzaron. Sus palabras comenzaron a fluir hasta que, de repente, se detuvieron. Bajó la mirada. Un silencio pesado se instaló entre nosotras. Sus labios se movieron como si intentara formar palabras, pero no pudo continuar. Su voz se quebró, y con ella, la barrera que había intentado mantener en pie. Sus ojos, ahora vidriosos, hablaban por ella. “El día después de la masacre, hombres armados llegaron a mi casa a buscarme. Me escondí en un baúl mientras gritaban que me iban a matar”, recordó con la voz temblorosa. Huyó a Ecuador con su bebé en brazos, fruto de una violación por la guerrilla Comandos de Frontera. «Solo llevé la ropa de mi hijo. Todo lo demás quedó atrás», dice mientras seca sus lágrimas con una servilleta ahora manchada por el maquillaje. Aunque está lejos del lugar donde ocurrió todo, sigue enfrentando el miedo constante de cruzarse con quienes le hicieron daño.   

El calor de la frontera se había vuelto insignificante ante el peso de estas historias. Las cifras de ACNUR lo respaldan: en 2023, Ecuador alberga a más de 77,000 refugiados reconocidos, el 95% de ellos colombianos. La violencia, el narcotráfico y los grupos armados no solo destruyen vidas en Colombia, sino que también extienden su sombra más allá de sus fronteras.   

Ruby: «no sé dónde está mi hijo»

 Ruby* también compartió su historia, pero no en la fundación. La visitamos en el centro de Lago Agrio, en un pequeño parque donde vende comida. Se movía rápido entre su puesto y los clientes, pero hizo un espacio para hablar con nosotros. La entrevista fue corta, no solo por el calor intenso del ambiente y de las llamas de su cocina que se pegaban a la piel, sino por el estruendo de una señora en una tarima cercana, que hablaba fuerte con un micrófono, aturdiendo a todos los que pasaban. Era difícil escucharla cuando su voz se quebraba o cuando el recuerdo de su hijo la hacía llorar en silencio.  

“Nos salvó. Nos avisó que vendrían por ellas, y solo tuvimos dos horas para huir”, dice mientras se aprieta las manos. Su hijo mayor se sacrificó para que su madre y sus hermanas pudieran escapar.»No sé dónde está, no sé si está vivo o muerto». Ahora, ella sigue adelante como puede, vendiendo comida y tratando de no pensar demasiado en el pasado. Pero el miedo nunca desaparece. «Trabajo con tapabocas y guantes. Me da miedo que me reconozcan», confiesa. 

Édison y Linda: «en Quito nos vacunaron y huimos»

Edison* y Linda* se acercaron a hablar conmigo, mientras sus hijas se encontraban en una oficina contigua a nosotros dibujando y siendo cuidadas por los miembros de la fundación para que no escucharan lo difícil que es la vida de sus padres. Ellos me miraban a los ojos mientras relataban con pesar la mala suerte que los siguió de Colombia a Ecuador. En su país, la violencia se volvió insoportable, y cuando llegaron a Quito, pensaron que podrían empezar de nuevo vendiendo comida. “Presenciamos dos asesinatos cerca de nuestro puesto. La sangre en el suelo apenas se secaba cuando nos comenzaron a pedir vacunas. Fue demasiado”, relata Edison con la voz cargada de rabia e impotencia. Linda asiente en silencio, sus manos se entrelazan con fuerza. “Intentamos resistir, pero cada vez nos pedían más dinero, y cuando nos negamos, empezaron las amenazas”, agrega ella con la mirada perdida. 

 Decidieron mudarse a Lago Agrio, buscando tranquilidad para sus hijas, aunque el miedo nunca desaparece. “Aquí es más tranquilo, pero seguimos con la incertidumbre. No sabemos si en algún momento alguien nos reconocerá y vendrá por nosotros”, confiesa Linda con la voz apagada. A pesar de todo, ambos sueñan con obtener asilo en otro país, pero, mientras tanto, agradecen haber encontrado un lugar donde sus hijas puedan jugar sin miedo.  

Imaginar la vida

Cada testimonio era un viaje por el dolor y la esperanza. Me senté a observar a los refugiados después de cada entrevista, tratando de imaginar la vida que dejaron atrás y la incertidumbre con la que conviven. Pienso en sus cicatrices invisibles, en la forma en que sus voces se quebraron al recordar lo que han perdido. En sus miradas hay dolor, pero también fortaleza porque a pesar de las circunstancias que pasaron mantienen una sonrisa.  

 Las historias que recogí para esta crónica no son solo cifras o relatos lejanos. Son personas que siguen caminando, a pesar del miedo, a pesar del desarraigo. Son madres que cocinan en la calle para alimentar a sus hijos, jóvenes que tratan de recuperar su confianza en el mundo, padres que buscan un lugar donde sus familias puedan dormir sin temor.  

 Y, al final, mientras el ventilador sigue girando sin rumbo y el calor se aferra a mi piel, me doy cuenta de que la resistencia humana es más fuerte que cualquier frontera, que cualquier guerra. Estas personas no han perdido la esperanza y, mientras sigan alzando la voz, tampoco nosotros debemos perderla. 

*Todos los nombres han sido cambiados por seguridad de los refugiados. 

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