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Karol G, Tropicoqueta y el doble rasero en la música

La semana pasada Karol G presentó Tropicoqueta, su nuevo álbum. Como ocurre en estos casos, los juicios de calidad se asientan sobre los discos anteriores de la propia artista y los lanzamientos recientes de otras figuras que, en el imaginario, se encuentran en lugares similares del territorio musical. Por el lado propio, el disco inmediatamente anterior, Mañana será bonito, fue un álbum y una gira que elevó todas las métricas de la artista, al punto de ratificarla como una de las más grandes de la historia en Latinoamérica. Por el lado de otros cantantes, sin duda, Debí tirar más fotos sería ese disco con el que inevitablemente iban a surgir comparaciones. Y surgieron.

Es más: ya había muchos trends en redes según los cuales Tropicoqueta había copiado el concepto del disco de Bad Bunny. Mientras en Colombia recibimos la portada del álbum como una clara referencia a los 14 Cañonazos Bailables de Discos Fuentes, en el resto del mundo digital no había duda de la copia.

Tropicoqueta encendió el debate digital. No tuvo la misma suerte de su disco anterior, donde las opiniones positivas se propagaron con fuerza y fanatismo. Esta vez hubo ruido, mucho, que se podría resumir en dos fuentes principales. De un lado, la de los fanáticos que extrañaron las canciones desgarradoras pero llenas de esperanza de Mañana será bonito. Del otro, la de los haters, con acusaciones punzantes sobre copia, plagio y todas las variaciones de intertextualidad en la música (sampleo, referencias más que evidentes, nostalgia facilona, interpolaciones y homenaje, y un largo etcétera siempre pronunciado con mofa).

Pasada una semana del lanzamiento, y luego de ver cientos de videorreacciones e hilos de Twitter criticando a Karol G, va siendo hora de entender qué es lo que hay bajo tanto ruido digital, tantos análisis segundo a segundo de las canciones de la artista versus éxitos anteriores, entre los que se encuentran canciones de George Michael, The Beatles y videos virales de TikTok.

Es claro que Karol G asumió un riesgo. Su nuevo disco se aleja del reguetón que la catapultó. Explora una paleta de colores que incluye tecnomerengue, balada ranchera, cumbia villera, bachata, vallenato y pop latino. Tan solo una cuarta parte del disco pertenece al género urbano que la hizo globalmente famosa. Presentarle esta propuesta a su audiencia base es, en sí mismo, un movimiento audaz que, por otro lado, podría entenderse como el intento de convocar nuevas audiencias. ¿Qué ocurre cuando una artista que viene del reguetón intenta entrar en otros mundos sonoros? Que muchos de esos mundos la rechazan de entrada, por prejuicio o por territorialidad simbólica.

En cuanto a esto segundo, vale decir que de tiempo atrás les han pedido a los artistas de reguetón que varíen un poco sus sonidos. Y es lo que hemos escuchado en años recientes: salsa, merengue, techno y otros géneros han entrado de manera más protagónica. Así que, en ese sentido, Tropicoqueta se suma a la voz que pide incluir otros aires, asunto crucial si entendemos que la generación que creció escuchando reguetón se acerca a sus 40 años.

Pero la respuesta del público ha sido ambigua. Hay quienes valoran la propuesta, celebran el gesto nostálgico, aplauden el paso de bichota a tropicoqueta y cantan los sonidos tropicales y románticos que presenta el disco, y los asumen como un retorno a la raíz musical, desde una memoria emocional compartida.

Contra eso hay que decir que las voces críticas han sido más mordaces y han ganado más minutos en pantallas digitales, más eco. Las acusaciones de plagio, de falta de originalidad, de apropiación indebida, de querer parecerse a otros artistas han ganado mucha fuerza, al punto de incomodarla en el Live que hizo Karol en la plataforma Instagram, donde debió interrumpir la música para aclarar la diferencia entre copia y sampleo. Además de compararla con Bad Bunny, la han acusado de copiarse de Rosalía (un debate que lleva años en el aire); de fusilar vallenatos colombianos, baladas románticas y canciones emblemáticas del repertorio latinoamericano.

Discos Fuentes, por cierto, no vio en la carátula del disco un plagio, sino un homenaje, y publicó un mensaje donde agradecían a Karol G por honrar su legado visual. Sin embargo, esa lectura no fue la más popular en redes, prevalecieron el juicio anticipado y una notable necesidad de señalar, con meticulosidad casi quirúrgica, cada posible referencia, cada coincidencia, cada “parecido sospechoso”.

Se trata de algo que ya venía resonando en redes. El caso más sonado fue el del sencillo Si antes te hubiera conocido (2024), un merengue que remite de inmediato al baile latino, pero que en cuestión de horas fue tomado como plagio a Rosalía con Despechá (2024). A pesar de que otros cantantes urbanos ya habían lanzado merengues recientemente, la discusión dejaba el sabor de que, para efectos del merengue, tiene más legitimidad una artista española que una colombiana criada bailando merengue, cumbia y vallenato.

Hay algo extrañamente incoherente en ese juicio. Cuando Rosalía saca un merengue, se celebra como vanguardia. Cuando Karol lo hace, se lee como copia. Cuando C. Tangana retoma músicas de su pueblo, se aplaude su sensibilidad. Cuando Karol lo hace, se duda de su creatividad. Si Bad Bunny lanza un álbum con salsa y bolero, nadie lo acusa de haberle robado la idea a Rauw Alejandro, quien lo hizo antes. Pero si Karol experimenta, las alarmas suenan. Algo no cuadra.

Se ha llegado incluso a criticarle que incluya un sample de un niño argentino, Felipe, diciendo su nombre en un cumpleaños, en un video que se hizo viral en TikTok años atrás. De inmediato surgieron advertencias sobre el uso de la voz de un menor, y hasta hubo titulares en noticieros de varios países hablando de presuntas violaciones a los derechos de autor por parte de la artista. En este caso, como en tantos otros, parece que la gente no se toma el trabajo de mirar los créditos, ni de revisar las declaraciones que ella misma y la familia del niño han dado.

Pero hay más: hay quienes se han atrevido a afirmar que eso de incluir audios hablados en las canciones es una clarísima copia a lo que hizo Rosalía en varias canciones del álbum Motomami. Se desconoce que la práctica del sampling, sin embargo, no es nueva ni marginal. Es uno de los fundamentos del hip hop, del house, del pop contemporáneo. Y la base del reguetón. Artistas como Gustavo Cerati, Daft Punk y Björk, todos, han construido sus universos sonoros a partir del sampleo.

Se sabe que en redes todo funciona al calor de las emociones, pero tanto ruido (incluso aunque cada acusación tuviera asidero) no deja de generar preguntas: ¿Qué es lo que representa Karol que tanto duele en un parte de la audiencia?

Parece ser que la respuesta no está en la música, sino en quien la hace. En quién se apropia, en quién tiene permiso para jugar con lo ya existente y quién no. Hay un doble rasero evidente cuando se trata de artistas mujeres, en especial, latinas, que habitan lo popular, a quienes se les exige originalidad absoluta, pureza creativa, perfección moral.

Este texto no busca absolver a Karol G de nada. Karol ha mostrado suficiente agencia para llevar adelante los asuntos de su carrera. Si hubiera un caso legal por plagio, hay instancias para resolverlo. Pero lo que sí llama la atención es la desproporción con la que se la juzga. No es crítica musical lo que predomina, es una obsesión por desmontarla, por afirmar que su éxito es inmerecido, que su carrera es un fraude. Una molestia contra su figura, disfrazado de crítica musical.

En ese afán, se repite que su ascenso fue gracias a Anuel AA. Se analizan colaboraciones de años pasados para decir que solo pegaba si iba con otros artistas (siempre hombres, casi siempre de Puerto Rico). Se revisan cifras de YouTube como si fueran pruebas forenses. Como si fuese un “descubrimiento” el hecho de que los artistas colaboran entre sí para crecer en números.

Entonces, ¿por qué tanta insistencia en deslegitimar a Karol G? ¿Qué es lo que realmente molesta? ¿Que haya logrado construir una marca global desde Medellín, sin pasar por los filtros de validación de la crítica blanca anglo? ¿Que haya convertido lo que antes se consideraba “música de barrio” en una estética aspiracional? ¿Que combine ternura y sexualidad, que sea empática y empresaria? ¿Que su equipo esté formado mayoritariamente por mujeres? ¿Que su fundación apoye a niñas y mujeres en situación de vulnerabilidad?

Quizás eso sea lo que no se le perdona: haber ganado sin pedir permiso. Haberlo hecho a su manera, sin disfrazar su origen, sin cambiar su acento, sin renunciar a lo popular. Haber recuperado a figuras como Myriam Hernández, Anaí, Amaia Montero. Haber convertido su carrera en una plataforma que conecta generaciones, países, géneros, historias. Y encima, haberlo hecho con dulzura.

Tropicoqueta, con todo y sus altibajos, no es un disco que pretenda innovar. Es un álbum que quiere recordar. Que busca lo conocido para resignificarlo. Que celebra lo tropical, lo coqueto, lo latino. Y ese gesto, en un contexto que sigue exigiendo a las mujeres que justifiquen su lugar de procedencia en todo momento, es algo subversivo.

En vez de discutir si sampleó o no a tal artista, podríamos (luego de leer los créditos del álbum) preguntarnos por qué ella sí tiene que demostrar constantemente su valor, mientras otros artistas reciben el beneficio de la duda con naturalidad. Podríamos admitir que el pop siempre ha sido cita, pastiche, collage.

Y podríamos, sobre todo, preguntarnos qué representa Karol G que incomoda tanto. ¿Su libertad? ¿Su ternura? ¿Su éxito sin culpa? ¿Que esté ayudando a otras mujeres? ¿Que no se adapte al molde de la “artista seria” pero igual nos convoque a todos?

* Doctor en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana. Docente-Investigador de la Universidad de Medellín.

Publicado originalmente en razonpublica.com

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