Quito, noviembre de 1991
Cada grafiti eran treinta segundos de latidos acelerados, sincopados, en el límite de lo racional y el abismo. Era limbo, flotación, el mundo pasaba en imágenes retro veloces. Todo era impulso, cero meditación.
Cuando conversábamos lo que pintaríamos, rara vez hacíamos críticas, la idea no era someter a debate lo que se pintaba porque no se trataba de un taller literario. Formábamos parte de una tribu urbana de literatura extrema en permanente expansión.
Las primeras noches fueron epifánicas, siguieron un impulso liberador, cada grafiti poseía una fuerza volcánica acumulada dentro de cada uno de nosotros. Todo se resumía en seis o siete palabras que se convertían en tornados cuando la pintura quedaba impregnada en la muralla. Las paredes dejaban de ser límites de la propiedad privada para convertirse en nuestros lienzos donde liberábamos nuestros demonios.
Quito, abril de 2024
Ecuador es un país con un incremento de la violencia social muy alto, tiene un promedio de 23 asesinatos diarios. Las bandas de narcotraficantes se convirtieron en transnacionales del crimen. La gente vive con temor a ser asaltada, secuestrada o asesinada. El miedo es permanente, la mayor o menor cantidad de esta angustia depende de los lugares que recorres. La actitud es importante, pero una sociedad militarizada funciona como un gigantesco panóptico, algo nunca imaginado cuando éramos jóvenes.
Le pido a Chatgpt4 que analice una imagen. Es la foto de uno de mis grafitis favoritos, pintado en 2003: “Cuando me suicido despierto en Quito”. A este grafiti lo considero una síntesis de mi relación con Quito, un lugar de vida, muerte y resurrección.
Chatgpt4 no está lejos del significado personal de esta creación furtiva. Interesante como IA profundiza en lares que son más ambiguos y humanos, ¿puede entrar en mi mente? Porque ese grafiti era mi metáfora iniciática, un lugar de origen, o un sitio de importancia sentimental”. ¿Las IA podrían hacer grafiti? NO, porque el recorrido hacia una pared, agitando el aerosol es como el recorrido de un futbolista al punto penal en una tanda de penales de una Copa Mundial. Así de profanador y desafiante, desde ese lugar de desazón y valentía las palabras se desparramaban como algoritmos que eclosionaban.
Hoy los grafitis dejaron de tener influencia en la cotidianeidad de Quito, todo se reduce a verborrea política de la peor clase o a tags. En algunos sitios se han ubicado grafitis murales con un innegable valor pictórico con un tinte impresionista bien logrado. A diferencia de los grafitis de los noventa, casi todos estos grafitis artísticos se realizaron con la autorización de los dueños de la pared. No existió transgresión ni pulsaciones sincopadas.
A propósito de la exposición de arte urbano, instalada en el Centro de Arte Contemporáneo de Quito, la curadora María Fernanda López realizó una selección de grafitis de diversos géneros y me pidió que pinte dos grafitis de mi época vandálica. Obviamente me sentí extraño pintando un grafiti dentro de un museo porque mi primer museo fue la ciudad, con su respirar sincopado. Lo hice, con los mismos trazos, sin la sensación de transgresión, pero dejando la impronta, la firma epifánica. Allí quedaron dos grafitis de mi autoría junto a decenas de grafitis, la mayoría de artistas del aerosol que habían trabajado obras con un innegable conocimiento de artes plásticas, algunos impresionantes por su dominio de colores y trazos.
Una ciudad de grafitis sigue siendo una utopía, ahora más lejana en medio de la locura publicitaria que contamina el espacio visual de una babilonia convertida en mall. Pero sí, los he visto, todavía algún soñador poseído por alguna energía subversiva rompe la linealidad, el guion de una ciudad de jóvenes generaciones recluidas en sus pantallas donde se sienten protegidos mientras el mundo estalla. En medio del marasmo urbano se escucha el sonido de una válvula de aerosol que es apretada decididamente, mientras su autor realiza los trazos exactos para desaparecer esta triste ciudad.

