Jamie es un adolescente de 13 años con un rostro angelical. Listo, amante de la Historia universal, hábil en el dibujo y flojo para los deportes. Idolatra a su padre, quien trabaja de 06:00 a 20:00. En su familia prima el diálogo. Nunca una nalgada. Y nadie teme dar y recibir abrazos. Jamie parece vivir a plenitud su adolescencia, pero es el principal sospechoso del asesinato, con siete puñaladas, de una compañera del colegio. ¿Qué pasó? ¿Quién lo hizo? ¿Fue realmente Jamie Miller?
De cuando en cuando, Netflix y otras plataformas de streaming ponen al mundo entero a mirar, en espejo de cuerpo entero, sus horrores, miserias y abismos. En la cadena de la N roja, el desgarro emocional llega hoy con Adolescencia, serie británica de cuatro capítulos, tan dolorosa como necesaria en tiempos pospandémicos en que el acoso escolar, el sexting y la pornovenganza, amplificadas en redes como Instagram o Snapchat, avasallan a niñas, niños y adolescentes, y reducen a escombros las posibilidades de control y guianza de padres, tutores o educadores.
Pero este no pareciera ser el caso de los Miller, una familia armónica, pero quizá con dos fatales limitaciones: no haber dialogado más sobre lo que Jamie sentía, a sus 13 años, en términos de autoaceptación, autoestima y capacidades de socialización con sus compañeras. Y no haber acompañado críticamente las búsquedas e interacciones de Jamie con varias comunidades virtuales, particularmente con la manósfera y los incel, cuyas definiciones se desarrollarán en próximas líneas.
Un filoso diamante de la Tv británica

Adolescencia es actualmente la serie más vista de todas las plataformas, a escala global y con apenas una semana al aire. Por donde se la mire es una joya hiperrealista, pero disecciona sentimientos, percepciones y certidumbres sin cauterizar las heridas.
Jack Thorne y Stephen Graham son los autores de la serie, con un guion redondo, contundente, en el cual, a lo largo de cuatro capítulos de una hora cada uno, nada falta y nada sobra. De entrada, la premisa es desafiante: narrar un crimen desde la perspectiva del victimario, sin juicios de valor, sin panfletos morales, tratando de exponer qué pasaba por la cabeza y el corazón de un dulce chico de 13 años que acaba con la vida de su compañera de clase.
El referente, además, es muy pertinente con la actualidad de Gran Bretaña: en la última década las muertes de adolescentes, a cuchilladas, crecieron del 56% al 80%, de acuerdo con la Oficina Británica de Estadísticas Nacionales.
Graham, a la par, es el coprotagonista de la serie, al dar vida a Eddie Miller, el padre de Jamie, interpretado por Owen Cooper. Son dos caracterizaciones impecablemente desgarradoras, dentro de un elenco uniforme en aciertos y desafíos. Imposible pasar por alto el trabajo de Erin Doherty, como la psicóloga Briony Ariston, y el de Ashley Walters, como el inspector de policía Luke Bascombe.
Adolescencia es dirigida por Philip Barantini y desde lo visual aporta un recurso clave para este trabajo psicológico: el uso de un solo plano secuencia por cada capítulo, un trepidante manejo lineal del tiempo narrativo, con una cámara asfixiante, pues sumerge al espectador en el vértigo de las acciones y en los sollozos y palpitaciones de los personajes.
Adolescentes, soledades, redes y violencia extrema
La serie de Netflix pone reflectores sobre dos comunidades virtuales tóxicas que trágicamente ganan más tierra fértil entre adolescentes víctimas de algún tipo de violencia. Un espejismo letal de comunidad porque apunta a reunir a quienes se sienten rechazados por las chicas porque la presión de sus entornos sociales más cercanos (compañeros de escuela, amigos del barrio) hace que se perciban como feos e impopulares.
Pero el fin de dichas comunidades no es la catarsis o la ayuda entre pares, sino la configuración de reacciones radicales: misoginia u homofobia. Esto, a breves rasgos, es la manósfera.
La cultura incel, en cambio, parte de la referencia del colectivo Célibes involuntarios (involuntary celibate, en inglés, de allí la palabra incel), el cual, a finales de los 90, reunía a personas que enfrentaban soledad.
Sin embargo, con el auge de las redes sociales para perfiles más jóvenes (Instagram, TikTok, Twitch, Snapchat o foros en la web profunda), el término incel fue tomado por grupos que, bajo la excusa de algún rechazo o un problema de socialización, propugnan acciones radicales de misoginia u homofobia, desde pornovenganzas (compartir fotografías íntimas de alguien tras un rechazo o una ruptura) hasta homicidios.
¿Jamie realmente mató a su compañera?

Spoiler alert: sí. Jamie lo hizo. Una noche cualquiera salió de casa bajo la excusa de reunirse con sus dos mejores amigos. Uno de ellos le prestó un cuchillo. Se despidieron y Jamie avanzó hasta donde se encontraba su compañera, la siguió hasta un parqueadero, Jamie le dijo unas palabras, la chica lo empujó y él asestó las puñaladas.
La serie empieza y termina en la habitación de Jamie. El capítulo 1 muestra la violenta detención del adolescente y la quirúrgica frialdad del sistema penal para jóvenes. Un comienzo no apto para taquicárdicos.
El 2: las pesquisas del inspector Bascombe en el colegio de los muchachos, para nada una institución educativa y sí un símil de un campo de exterminio, mediante el bullying de todos contra todos: maldito espiral de reproducción de la violencia. Aquí es clave la conversación entre el detective y su hijo, quien también es víctima de acoso en ese colegio. Él enseña a su padre todos los nuevos códigos de comunicación entre jóvenes, a partir de emojis, para camuflar toda la violencia de la manósfera y las comunidades incel.
El tercer capítulo es el demiurgo de la serie, con un soberbio diálogo entre Jamie y la psicóloga Ariston. Aquí el adolescente, luego de una serie de ataques de pánico, paranoia y violencia verbal y física, empieza a transitar de la negación (no aceptar que asesinó a su compañera, pese a las evidencias contundentes) hacia la aceptación de su nueva y compleja realidad.
Este episodio permite ordenar el rompecabezas emocional que llevó a Jamie a cometer el homicidio. Pese a su rostro angelical, Jamie se sentía feo. Pese a sus virtudes en el dibujo o con la Historia, no se sentía popular y no encajaba en un contexto de adolescentes a quienes la sociedad induce a una masculinidad tóxica basada en la fuerza y la posesión.
Jamie sentía cierta atracción física por la chica que mató. Y cuando en el colegio estalla el escándalo tras la viralización de una foto de sus senos, Jamie creía que al sentirse vulnerable la chica ahora sí se fijaría en él. Entonces le invita a salir, pero la joven reacciona con burlas y con prácticas de ciberacoso en Instagram, bajo la reiteración de que Jamie siempre será rechazado por las mujeres.
«Debí haberlo hecho mejor»

El cierre de la serie amplifica la también descarnada aceptación de los Miller de que su tierno hijo cometió un asesinato. Es un torbellino de recriminaciones y lamentaciones. Pero también es el momento para que cada miembro de la familia Miller dé un lugar a sus emociones. Una frase en boca de la hermana de Jamie es clave: sus padres no se equivocaron, fue Jamie quien se equivocó fatalmente, “pero es nuestro Jamie”.
Es imposible mirar los últimos 10 minutos sin llorar a mares, tanto como lo hace Stephen Graham, Eddie Miller en la serie, con un descarnado cierre abierto. Ese día es su cumpleaños 50. Jamie le llama desde la correccional y le dice que va a aceptar su culpa ante el tribunal. Ya han pasado 13 meses desde la captura.
Eddie entra a la habitación del chico. Estalla en llanto. Toma el oso de peluche, lo arropa con el edredón y da un beso en esa frente afelpada, mientras solloza: “Perdóname, hijo. Debí haberlo hecho mejor”…
