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Ecuador: el descontrol de las armas de fuego alimenta la violencia criminal

Armas

Las Fuerzas Armadas del Ecuador muestra un decomiso de armas de grueso calibre en el estero Huaylá de la parroquia Puerto Bolívar, en la provincia de El Oro. Foto: Fuerzas Armadas

En las calles de Guayaquil, Manta, Salitre, Esmeraldas, Durán y Quito, las balas ya no suenan como un eco lejano de conflictos ajenos: son la banda sonora de la vida cotidiana. Cada detonación cuenta una historia de impunidad, y detrás de cada arma de fuego hay un vacío institucional que le permitió llegar hasta ahí.

Ecuador vive una epidemia silenciosa: la proliferación de armas en manos de la delincuencia violenta. El fenómeno tiene un rostro visible —las muertes, los tiroteos, los sicariatos— pero sus raíces están enterradas en la opacidad de un sistema estatal que no logra controlar ni rastrear el flujo de armas que circula en el país.

El Estado armado y desarmado

En teoría, el monopolio de las armas pertenece al Estado. La Constitución y la ley son claras: sólo las Fuerzas Armadas pueden autorizar la tenencia y el porte de armas de fuego. Pero en la práctica, ese monopolio se ha convertido en un espejismo.

El Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas (CCFFAA), responsable del sistema CAMEX (Control de Armas, Municiones y Explosivos), debería ser el guardián del arsenal nacional. Sin embargo, los resultados muestran otra realidad: mientras las cifras de homicidios se disparan, el Estado sigue sin saber con precisión de dónde provienen las armas que matan.

Los operativos CAMEX, presentados como la primera línea de defensa, se centran en controles vehiculares y decomisos superficiales. Su efecto disuasivo es limitado, y su capacidad investigativa, casi inexistente. “El control de armas en Ecuador es más ceremonial que científico”, confiesa un ex oficial que ha participado en los operativos. “Revisamos autos, incautamos armas, pero nadie rastrea de dónde vienen”. Lo más grave de todo, es que inclusive las armas que son recuperadas de las calles, son procesadas inadecuadamente, y muchos de sus portadores quedan en la impunidad, se les otorga medidas alternativas o se minimiza el delito.

Las Fuerzas Armadas a través del Bloque de seguridad, durante operaciones de ámbito interno, personal del militar ejecutaba patrullajes a pie en el sector Brisas del Pacífico, del cantón Pedernales, cuando identificaron a una persona con actitud sospechosa. Al notar la presencia militar, el individuo huyó y se refugió en una vivienda aparentemente abandonada. Foto: Fuerzas Armadas

El laberinto de los permisos

El sistema de permisos de tenencia y porte es otro reflejo del caos. En la página del Ministerio de Defensa, los trámites parecen ordenados, con formularios, requisitos y plazos. Pero detrás de esa fachada administrativa se esconde un sistema fragmentado y vulnerable. Los permisos se conceden a través de centros y subcentros de control de armas de las Fuerzas Armadas. No existe, sin embargo, una base de datos pública y verificable que permita auditar cuántas armas están registradas, quiénes las poseen o cuántas se han desviado hacia el crimen. Tampoco hay evidencia de auditorías periódicas ni de trazabilidad inversa en casos de armas usadas en delitos. Así como tampoco, se audita el proceso tedioso y extenso que debe enfrentar un ciudadano que aspira poder defenderse frente a la inexistencia de una respuesta inmediata del Estado ante una emergencia con delincuentes violentos, extorsionadores o cualquier otra forma de acciones delincuencias que son cada día más comunes, permitiendo a los delincuentes actuar con total certeza de la indefensión de sus víctimas.

En teoría, cada arma debería tener una historia: su fabricante, su importador, su primer comprador, cada transferencia. En Ecuador, esa historia se interrumpe justo cuando más importa: cuando el arma aparece en una escena del crimen.

Según una investigación de la agencia británica Reuters, de más de 40.000 armas incautadas desde 2019, apenas 900 han sido rastreadas hasta su origen. El resto duerme en bodegas judiciales, anónimas, sin que nadie pueda responder cómo llegaron a las manos equivocadas. Y muchas de ellas terminan destruidas públicamente como un éxito de la gestión CAMEX sin haber terminado de estructurar pericias básicas que, por el volumen de las incautaciones y los costos asociados a estas pericias, prácticamente no se las realiza.

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Una trazabilidad extraviada

Ecuador ha suscrito instrumentos internacionales que lo comprometen a mantener sistemas eficaces de marcaje y trazabilidad de armas. El Protocolo de Armas de Fuego de las Naciones Unidas —parte de la Convención contra la Delincuencia Organizada Transnacional— exige a los Estados registrar y marcar cada arma de forma única. Junto a este, el Instrumento Internacional de Rastreo (ITI) y el Programa de Acción sobre Armas Pequeñas y Ligeras (PoA) definen estándares mínimos de control y cooperación.

Esos tratados no son simples recomendaciones: establecen obligaciones concretas. La trazabilidad, en lenguaje jurídico, es una herramienta de prevención del delito. Permite reconstruir la ruta del arma, identificar el punto de desvío y sancionar a los responsables. Pero en Ecuador, esos principios se diluyen en la práctica. El control está militarizado, pero no modernizado. Las Fuerzas Armadas conservan los registros, la Policía incauta las armas, la Fiscalía investiga los delitos, y Aduanas controla las fronteras fiscales. Cuatro instituciones, cuatro sistemas, cuatro lenguajes. Ninguno habla con el otro.

El resultado es un vacío perfecto: las armas se mueven libremente entre esos compartimentos, sin dejar huella. La evidencia está en el día a día de la violencia en las calles.

La herencia del monopolio militar

Cuando el control de armas recae en una institución con vocación de defensa —y no de justicia o transparencia—, el resultado suele ser un control rígido hacia afuera y laxo hacia adentro. El sistema CAMEX se presenta como escudo del Estado, pero opera más como una red de patrullajes rutinarios que como un aparato de inteligencia. La trazabilidad inversa, ese proceso técnico que permite rastrear el origen de un arma, no forma parte estructural del protocolo militar. El problema no es la existencia del control militar, sino su aislamiento. El Ejército tiene una lógica de custodia, no de investigación. Sin cooperación interinstitucional, el sistema CAMEX es como un candado sin llave: se cierra, pero no abre respuestas.

A ello se suma un sistema de permisos caótico, con criterios dispares y escaso seguimiento. En algunos casos, armas autorizadas para uso civil terminan siendo empleadas por grupos delictivos. En otros, el extravío o robo de armas registradas nunca se investiga, especialmente aquellas que pertenecían a empresas de seguridad.

Así, el monopolio militar del control se ha convertido en un monopolio de la descoordinación.

La ausencia de un sistema de rastreo eficaz convierte cada incautación en una victoria vacía. Se decomisa el arma, se exhibe el resultado, pero no se corta la cadena que la alimenta.

Cuando el crimen lleva la delantera

Mientras el Estado tropieza con su propia burocracia, las organizaciones criminales operan con precisión quirúrgica. Las armas ingresan al país por tierra, mar y aire: cruzan la frontera sur desde Perú, llegan ocultas en contenedores desde Estados Unidos o se ensamblan a partir de piezas introducidas por contrabando. Las rutas de tráfico son conocidas, pero rara vez desmanteladas. La razón es simple: sin trazabilidad, no hay investigación; sin investigación, no hay responsables.

La ausencia de un sistema de rastreo eficaz convierte cada incautación en una victoria vacía. Se decomisa el arma, se exhibe el resultado, pero no se corta la cadena que la alimenta.

En palabras de un funcionario judicial: “El Estado ecuatoriano sabe cuántas armas incauta, pero no cuántas circulan ni de dónde vienen. Es como contar cadáveres sin contar las balas”.

Lo que el mundo ya aprendió

En países donde el control funciona, la trazabilidad no es una aspiración, sino un hábito institucional. En Europa, cada arma legal lleva un código único que permite rastrearla en horas. INTERPOL gestiona la base iARMS, con más de un millón de registros, donde los Estados pueden cruzar información sobre armas ilícitas en tiempo real.

El Programa de Acción de la ONU (PoA) recomienda que cada Estado mantenga registros por al menos 30 años, que las armas sean marcadas en el momento de su fabricación o importación y que exista cooperación internacional para rastrear cada una.

Ecuador, que ha suscrito estos compromisos, apenas ha dado pasos incipientes. Implementar un sistema nacional de registro y marcaje digital, conectado a bases internacionales, sería un punto de partida. Pero se necesita algo más: voluntad política y una institucionalidad que hable un solo idioma, entender que las FFAA son solo una parte de la estructura del control de armas por el Estado, no su eje, y mucho menos los únicos responsables.

Un país sin huellas

El drama de las armas en Ecuador no es sólo el de las balas, sino el de las huellas que no se siguen. Cada arma sin historia es una historia sin justicia.

Mientras las instituciones compiten por jurisdicciones y operativos, las calles se llenan de ruido metálico. El Estado tiene leyes, protocolos y tratados. Lo que le falta es memoria.

Porque el verdadero control de armas no se mide por cuántas se decomisan, sino por cuántas se pueden rastrear y sacar de las calles. Y en ese terreno, Ecuador sigue desarmado.

 

Fuentes consultadas:

 

 

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