Izquierda y derecha. Dos ciclistas que visten de azul marino se aproximan a la meta y pedalean de manera sincronizada: izquierda y derecha. Antes de llegar al final, el nativo de Chelmza, Polonia, se adelanta un poco, el otro que nació en la provincia de Carchi, Ecuador, lo alcanza. El primero se ríe y enseguida contagia el júbilo a su compañero. Faltan doscientos metros para culminar la etapa dieciocho del Tour de France (2020). El ecuatoriano levanta las manos del volante, aplaude y no parece cansado, el europeo sigue a lado boyante. Mario Sabato, relator argentino, grita en la transmisión: ¡Sos un grande Richard! ¡Locomotora! ¡Chucu, chucu, chucu!
A finales de los años cincuenta, exactamente en 1957, el ensayista y semiólogo francés Roland Barthes (1915-1980) publica por primera vez el libro: Mitologías, que hasta el momento posee tres reediciones: 1980, 2003 y la última en el 2012. Este corpus ensayístico trata de los mitos cotidianos de Francia y de Europa occidental antes de iniciar la década de los sesenta. Dentro de esta obra hay un análisis llamado: El Tour de France como epopeya.
En el inicio del texto Barthes explica que los apelativos que los periodistas colocan a los nombres de los ciclistas de la competencia proceden de lo antiguo, del origen o de la raza: Branckart: el franco, Ruiz: el ibero, Robic: el celta. Esas denominaciones se repiten a lo largo del episodio de la etapa y se transforman en puntos fijos durante el azar de la carrera: “como si el hombre fuera, ante todo, un nombre que logra dominar los acontecimientos”, y los valores de estos patronímicos suenan con mayor fuerza en la voz de los relatores: lealtad, traición y estoicismo.
Según el semiólogo francés, esta competencia ciclística puede ser tomada como una alegoría a La Odisea homérica. Por su geografía: “el Tour representaría ese instante ambiguo en que el hombre personifica fuertemente la naturaleza para captarla mejor y librarse de ella más fácilmente”.
Carapaz, le roi de la montaigne
El ecuatoriano durante los trayectos del circuito francés pasó varias peripecias. Dos llantas traseras dañadas. En la primera etapa de la carrera a pesar de la lluvia alcanzó el puesto cuarenta y cuatro. En otras fases obtuvo el control de pelotón en el ascenso de Col de la Lausette y ayudó a su compañero, el colombiano Egan Bernal, en la clasificación general. En el trecho quince cae estrepitosamente y es su peor muestra en la competencia. Y en el tramo dieciséis consigue su primer podio donde recibió el premio: combatividad.
La etapa número dieciocho de uno de los tours más importantes del orbe empezaba con una enorme fuga de treinta y dos corredores. En el kilómetro ciento veinte y tres inicia el duelo de la montaña entre el suizo Marc Hirschi y el ecuatoriano Richard Carapaz, que por tercer día consecutivo lucha por la fase. El primero gana el puerto ubicado en la bajada del Cormet de Roseland. A los ochenta y cuatro kilómetros de la meta ambos coronan el paso de montaña Col de Saises. El europeo sigue en primera línea seguido por el sudamericano. Después de cuatro kilómetros Carapaz arremete y se adelanta porque el europeo se va al suelo después de una curva. Ya en el segundo puerto de categoría de la jornada, el ecuatoriano, su compañero de equipo Michal Kwiatowski junto al español Pello Bilbao encabeza la ruta. En el puerto de Col de Aravis el carchense lidera el certamen. Con veinte puntos ya es dueño del maillot de lunares: es el nuevo emperador de la cumbre.
En los últimos metros ambos socios del equipo INEOS comparten la gloria e incluso charlan, pero el abrazo de ambos marca un antes y un después en el famoso trayecto europeo.
Según Barthes, el sistema que rige en el Tour de France no es el combate “sino la tienda de campaña donde el guerrero elabora las intenciones.” La injuria de unos y la solidaridad de otros.
El abrazo es un gesto eufórico que cierra y enaltece al heroísmo.

