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Capitalismo 4.0: ¿nuevo paradigma?

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La sociedad capitalista no logra ser sociedad más que a costa de contarse a sí misma, todos los días, una gigantesca mentira.

Carlos Fernández Liria
(filósofo, ensayista y guionista)

 

«La gente acepta que no hay alternativa», dijo la primera ministra Margaret Thatcher el 21 de mayo de 1980 en una conferencia ante un grupo de mujeres conservadoras. «¿Cuál es la alternativa?», insistió: «¿continuar como estábamos antes? Eso incrementa el gasto. Y significa más impuestos, más préstamos, tasas de interés más altas, más inflación, más desempleo». Para gobernar el Reino Unido, entre mayo de 1979 y noviembre de 1990, la Dama de Hierro, como la apodaron sus detractores, recurrió al slogan usado en el siglo XIX por Herbert Spencer, padre del darwinismo social: «There is no alternative».

En la década de 1980 los países desarrollados liberalizaron los mercados y «achicaron el Estado» (eufemismo empleado para expresar la reducción del gasto público). En pocos años se impusieron políticas de desregulación económica y financiera, libre comercio, privatización, flexibilización laboral, libre movilidad de capitales, apertura a la inversión extranjera y fortalecimiento de la propiedad privada. Con esta matriz normativa el neoliberalismo suscitó la última ola de globalización del capital y reanimó el lento crecimiento económico de la década de 1970.

Ha transcurrido casi medio siglo de neoliberalismo. El 29 de mayo pasado, en Berlín, el Forum New Economy publicó un enésimo diagnóstico: el cambio climático, profundas desigualdades sociales y graves conflictos globales (https://bit.ly/3KxcU5r). Ese foro no mencionó la desindustrialización del núcleo del capitalismo central, la vulneración de los límites planetarios, la precarización laboral, el deterioro de la soberanía nacional frente al avance de las transnacionales, y la homogeneización cultural, pérdida de la diversidad y desmantelamiento de las instituciones locales.

En América Latina los resultados del neoliberalismo no han sido mejores. En estos días las economías latinoamericanas se impulsan, básicamente, por la producción de rentas extractivas, a partir de la minería de cobre, litio, petróleo, gas, etc.; de rentas financieras, por medio del control de las deudas; de rentas derivadas de la coordinación de oligopolios en los mercados internos; y de rentas oligopsónicas extraídas de pequeños productores sujetos a poderosos compradores, como en las industrias de lácteos o de exportación de frutas. Terminado el super ciclo de las materias primas, la región padece una década de estancamiento y malestar social y político.

Yacimiento de litio en el desierto de Atacama, Chile. Imagen: Danwatch/P. Rojas Madariaga

La operatividad de los gobiernos ha sido erosionada por la austeridad fiscal, el exceso de confianza en la autorregulación de los mercados y décadas de globalización gestionada en beneficio de los intereses de las trasnacionales. La guerra comercial de EE.UU. contra China, la pandemia de 2020, la invasión de Rusia a Ucrania y el genocidio perpetrado por el sionismo han provocado el caos de la geopolítica mundial.

El populismo florece en medio de la desconfianza de la democracia representativa. Las críticas son cada vez más mordaces. En un libro reciente la periodista británica Grace Blakeley afirma que el orden neoliberal, barnizado de democracia y competencia, enmascara un propósito oculto: consolidar el poder de las clases dominantes, de sus políticos y de sus empresas (Vulture Capitalism. Corporate Crimes, Backdoor Bailouts, and the Death of Freedom, Bloomsburry Publishing, 2024).

Este sombrío balance augura el fin de la opción única de la recordada primera ministra británica. Pero el capitalismo pervivirá gracias a su proverbial resiliencia; muy probablemente modificará sus mecanismos de dominación, racionalizándolos en un nuevo capítulo de la evolución del mainstream. Ese nuevo paradigma permitirá sortear las dificultades del sistema en la coyuntura, pero sus contradicciones fundamentales subsistirán.

Adaptabilidad y resiliencia

El capitalismo es tan proclive a caer en crisis como capaz de generar anticuerpos para superarlas. Esta capacidad es consecuencia del poder político concentrado en la voluntad de los dueños del capital, sin duda. Pero también de la capacidad de reacción del mainstream para argumentar a favor de la superioridad y deseabilidad del libre mercado como eje de la sociedad.

A mediados del siglo XIX, Karl Marx discrepó de esa deseabilidad, al mismo tiempo que el auge económico de Manchester se propagaba por Europa y el mundo. En Manuscritos económicos y filosóficos (1844) expuso su tesis sobre el trabajo alienado; La Sagrada Familia (1845), escrito con Friedrich Engels, es el punto de partida del materialismo histórico; con La Miseria de la Filosofía (1847) criticó al capitalismo; y en el Manifiesto del Partido Comunista (1948) convocó al proletariado a luchar por su emancipación. En ese año se proclamó la Segunda República Francesa, que abolió la esclavitud, estableció el sufragio universal y la educación pública e instauró la libertad de prensa.

Una década más tarde apareció Contribución a la crítica de la economía política, la primera obra importante sobre economía. Marx advirtió una contradicción fundamental en la revolución industrial.

La planta de Ford, emblema de la revolucion industrial, cuyo sistema generó la producicón en masa.

La relación entre los dueños de los medios de producción y los trabajadores que venden su fuerza de trabajo a cambio de un salario era antagónica, y el motor de ese conflicto era la disputa por la plusvalía (la diferencia entre el valor que crea el trabajador y el salario que recibe). En 1871, inspirada en el socialismo autogestionario, una revuelta popular instauró la Comuna de París. En poco tiempo (la Comuna comenzó el 18 de marzo y fue aplastada por el ejército francés el 28 de mayo) los comuneros intentaron varias reformas: separación de la Iglesia y el Estado, educación laica y gratuita, administración pública basada en elecciones, derecho al trabajo e igualdad salarial.

Al mismo tiempo se gestaba otro cambio radical. En Londres William S. Jevons publicó Theory of Political Economy (1871); en Viena Carl Menger editó sus Grundsätze (Principios, también en 1871); y en París, Leon Walras publicó Élements d’économie politique pure, ou théorie de la richesse sociale (1874). Jevons, Menger y Walras, cada uno por su cuenta, propugnaban el mismo concepto central: la teoría de la utilidad marginal. 

Estos marginalistas –como se los conoce– interpretaron en forma diferente la sociedad capitalista. La concibieron como una aglomeración de individuos, sin clases sociales. Perdieron el interés en el carácter social de la producción y en sus cambios históricos. La atención analítica se concentró en la conducta de Robinson Crusoes siempre dispuestos a optimizar su utilidad. «[E]l mundo entero podría considerarse un vasto mercado compuesto de diversos mercados específicos en los que se compra y vende la riqueza social. Nuestro objetivo es descubrir las leyes a las que automáticamente obedecen estas compras y ventas» sintetiza Walras. «Con este fin, deberíamos suponer que el mercado es perfectamente competitivo, así como en la mecánica pura suponemos de partida que las máquinas trabajan sin ninguna fricción» (Élements d’économie politique pure…). Para esta moderna y matematizada ciencia la distribución de la producción nacional dejó de ser un problema; la economía política sucumbió frente a la economía pura, ocupada en la eficiencia y optimización de los intercambios realizados en ese vasto mercado general.

La relación entre los dueños de los medios de producción y los trabajadores que venden su fuerza de trabajo a cambio de un salario era antagónica, y el motor de ese conflicto era la disputa por la plusvalía (la diferencia entre el valor que crea el trabajador y el salario que recibe).

Pero las contradicciones del sistema persistieron. Al comenzar el siglo XX los ciclos económicos y el masivo desempleo involuntario nuevamente hacían tambalear el orden de Occidente. El paradigma neoclásico –la consolidación de la revolución marginalista– parecía impotente frente a estos problemas. La situación se agravó en 1914, cuando el Banco de Inglaterra interrumpió la convertibilidad de la libra esterlina. Los asesinatos del Archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa desencadenaron la Primera Guerra Mundial. Tras cuatro años de atrocidades nunca vistas, el vengativo tratado de Versalles sirvió de fermento para el nacionalsocialismo. En Rusia la revolución bolchevique (octubre de 1917) acabó con la dinastía Romanov y el 30 de diciembre de 1922 estableció la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Norteamericanos, británicos y franceses desaprobaron el rumbo asumido por los bolcheviques. En América del Norte la crisis de octubre de 1929 terminó con el boom de esa década y comenzó la Gran Depresión.

Fin de la Primera Guerra Mundial | AGENCIA AFP-Historia Bélica @HistoriaMilitar

El capitalismo parecía, una vez más, dispuesto a devorarse a sí mismo. Pero apareció un gentleman que propuso priorizar el nivel del ingreso nacional para evitar el desempleo involuntario. John M. Keynes aseveró que esas variables dependían de la demanda agregada –el gasto de toda la economía. Destacó la importancia de las tasas de interés para impulsar la inversión privada. Y puntualizó que la inversión pública depende de decisiones políticas, y no de la tasa de interés, por lo que el gasto fiscal podía servir para modificar la demanda agregada. Todo esto amortiguaría los ciclos económicos y sus adversas consecuencias en el nivel de empleo.

Keynes desarrolló estas ideas en The General Theory of Employment, Interest and Money (1936). Escrito con una prosa complicada y casi sin recursos matemáticos, este texto resultó opaco e inaplicable. John Hicks lo formalizó en el modelo IS-LM, perfeccionado por Franco Modigliani en 1944. El IS-LM condensa en un sistema de ecuaciones simultáneas la esencia de las teorías keynesianas, según sus creadores. Pero la verdadera economía keynesiana nunca fue un paradigma, aunque varias de sus propuestas fueron empaquetadas en la síntesis neoclásica y aplicadas en Norteamérica y Europa occidental desde los años 40 del siglo pasado.

Luego de la Segunda Guerra Mundial la economía de Occidente ha evolucionado en cuatro etapas: I. Fordismo (1945 a 1971), caracterizado por la producción en masa, el despliegue de la era del petróleo y el automóvil, el predominio de la síntesis neoclásica y la indisputada hegemonía de EE.UU. II. En la década de 1970 sobreviene la crisis estructural del fordismo; arrecian las críticas de los economistas neoconservadores a las inconsistencias teóricas de la síntesis neoclásica; la era del petróleo alcanza su madurez y aparecen las primeras señales de debilitamiento de la hegemonía norteamericana. III. Postfordismo (1980 a 2008), la economía de la información y las telecomunicaciones sirve de plataforma logística de la globalización; la doctrina neoliberal y el capital financiero consiguen preponderancia global. IV. Desde 2008, crisis estructural del neoliberalismo; las tecnologías de la información y las telecomunicaciones logran su plenitud; EE.UU. se resiste a cohabitar en un mundo multipolar y aparentemente termina la era de la naturaleza barata.

¿Capitalismo regenerativo?

Desde 2001 el encuentro anual del Foro Social Mundial realiza discusiones sobre alternativas a la globalización. La muletilla del desarrollo sostenible es parte del léxico tecnocrático del FMI y Banco Mundial desde el segundo lustro de este siglo. Incluso la OCDE y el Foro de Davos tienen estrategias de desarrollo sostenible, indicadores ad-hoc y foros «neutrales» para discutir los problemas del cambio climático, la desigualdad y la pobreza.

Muchas ONG se empeñan desde hace décadas en combatir al neoliberalismo. Tal vez Greenpeace fue la primera. La red internacional de organizaciones campesinas y agricultores familiares Movimiento Vía Campesina impulsa desde 1993 la soberanía alimentaria y la reforma agraria. Desde 1995 Oxfam denuncia la desigualdad, la pobreza y la injusticia. ATTAC (Asociación por la tributación de las transacciones financieras y la acción ciudadana) aboga desde 1998 por el control democrático de los mercados financieros. Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Confederación Sindical Internacional… la lista podría seguir. Hasta ahora los resultados de estos esfuerzos han sido mínimos y la economía neoliberal no se ha desviado un ápice de su trayectoria original.

Activistas de AI participan en el Día de Acción Mundial por el Clima. © Benjamin Girette / Hans Lucas

«El énfasis neoliberal en el absolutismo del libre mercado ha sobrevivido a su utilidad, lo evidencia el hecho de que está agravando varios de nuestros más acuciantes problemas, como la exorbitante desigualdad de riqueza y el avance de la crisis climática», dice Larry Kramer, presidente de Hewlett Foundation, establecida en 1966 en Palo Alto, California, una de tantas ONG con perfil empresarial sumada a la campaña contra el neoliberalismo. Esta fundación se ha propuesto contribuir al desarrollo de ideas para conformar un nuevo paradigma mejor equipado para procesar los retos del siglo XXI. Quieren financiar –lo dicen explícitamente– la generación de ideas desde cualquier parte del espectro ideológico para «encontrar al sucesor del neoliberalismo» y, en general, apoyar al coro de voces que reclaman una nueva y mejor forma de pensar sobre la economía, el gobierno y la sociedad (https://bit.ly/45vlBXt).

«Por sí solos, los mercados no detendrán el cambio climático ni lograrán una distribución del ingreso menos inequitativa. El goteo ha fallado […] Existe un amplio conjunto de renovadoras investigaciones sobre cómo diseñar nuevas políticas industriales, buenos empleos, mejor gobernanza global y políticas climáticas modernas […] Lo que se necesita es un nuevo consenso político que aborde las causas profundas de la desconfianza de la gente, en lugar de solo enfocarse en los síntomas, o de caer en la trampa del populismo y sus respuestas simplonas», concluye en su declaración final de mayo pasado el Forum New Economy, refrendada con las firmas de economistas de prestigio mundial como Dani Rodrik (Harvard), Branko Milanovic (City University New York), Mariana Mazzucato (University College), Adam Tooze (Columbia), Laura Tyson (Berkeley), Thomas Piketty…  

«El énfasis neoliberal en el absolutismo del libre mercado ha sobrevivido a su utilidad, lo evidencia el hecho de que está agravando varios de nuestros más acuciantes problemas, como la exorbitante desigualdad de riqueza y el avance de la crisis climática», dice Larry Kramer, presidente de Hewlett Foundation.

Biome Trust, liderada por el neozelandés Matthew Monahan, administra un fondo «cuadrático» hospedado en la plataforma blockchain de Gitcoin. Los aportantes pueden donar desde USD 5 de su billetera Metamask para financiar proyectos ambientales de conservación, de agricultura regenerativa, derechos de la naturaleza y finanzas sostenibles. Esta fundación sin fines de lucro usa la tecnología para regenerar el medioambiente, considerándolo «como una extensión de nosotros mismo, como una entidad que respira y vive» (https://bit.ly/4cna66N).

Partners for a New Economy es un fondo filantrópico en el que participan Ford Foundation, KR Foundation, Marisla Foundation, Oak Foundation, Omidyar Network, Mava Foundation y Swiss Philanthropy Foundation. Desde 2015 financia iniciativas que muestren un entendimiento profundo de los límites planetarios y la urgencia de transformar la economía para vivir dentro de esos límites; que empujen las fronteras del pensamiento económico y trabajen para cambiar las reglas, objetivos y esquemas mentales en los que se basa el capitalismo (https://bit.ly/3Vnzker).

One Project, nacida en Silicon Valley, promueve una transición justa hacia una «economía regenerativa democrática», en un mundo sostenible post capitalista (https://bit.ly/3Rtjyxs). Invocan una visión plural y hablan de una humanidad que comparte su trabajo. «Nuestra visión del mundo nos precede y trasciende, es variable y múltiple, como será nuestro futuro juntos», dicen. One Project hace suya una expresión del Ejército Zapatista de Liberación Nacional: «un mundo donde quepan muchos mundos».

La Royal Society for (the encouragement of) Arts, RSA, activa desde 1754, propone un «capitalismo regenerativo» (¿acaso el establecimiento ya acepta que el capitalismo neoliberal es degenerativo?) que priorice lo local y la calidad del crecimiento, que amplíe la definición de capital y dé preferencia a los grupos de interés por sobre los accionistas (https://bit.ly/456rFFS).

La lógica del cambio de paradigma

El paradigma neoliberal parece inmutable. Las «bidenomics» (inversión en infraestructura, créditos tributarios, más apoyo a la educación, nuevos programas sociales, política activa contra el cambio climático, promoción de la igualdad racial y económica) prácticamente han pasado desapercibidas. La oposición conservadora las ha calificado de falaz retorno a la planificación central sin darles mayor importancia (véase, para solo citar uno, el portal web del Manhattan Institute en https://bit.ly/3VqHVNp).

Un cambio de paradigma comporta tanto intereses materiales como preferencias ideológicas. Entonces, ¿cobijará el capitalismo a un paradigma no funcional, como pretenden las ONG reseñadas líneas arriba? La historia esbozada tan sumariamente en este ensayo muestra que los cambios de paradigma (la secuencia de modelos económicos del mainstream) ocurren cuando una escuela de pensamiento arrebata el liderazgo intelectual a otra, debilitada por la proliferación de anomalías, en presencia de una coyuntura política de riesgo para los intereses de los dueños del capital.

No se trata de un problema de calidad científica. No es posible afirmar de manera concluyente que el paradigma clásico sea menos científico que el neoclásico, y éste menos científico que la escuela postkeynesiana. Solo es posible aseverar que, frente a la economía neoclásica dominante, este momento existe un abigarrado grupo de iniciativas y escuelas motejadas de heterodoxas, convenientemente represadas en condiciones de disputa preparadigmática.

Un nuevo modelo científico es indispensable. Pero su sola urgencia no es suficiente. Los cambios de paradigma económico siempre estuvieron respaldados por el poder. Mientras ese respaldo no se manifieste persistirá el neoliberalismo. El capitalismo es mucho más que un sistema económico; es un modo de poder que impulsa la civilización en la que vivimos. Quienes gobiernan ese modo de poder –los dueños del capital, sus políticos, las organizaciones controladas por ellos, los académicos del mainstream y de varias alternativas heterodoxas, y los formadores de opinión– se esfuerzan por ocultar sus herramientas. Y una de esas herramientas, tan necesaria como la tecnología, los medios de información o la estructura financiera internacional, es la economía neoclásica, expuesta como no vinculada, ahistórica y, por lo tanto, técnica, neutral y no ideológica.

El anhelado cambio de paradigma de los promotores de la economía 4.0 solo ocurrirá cuando un modelo económico alternativo y funcional se conjugue con la razón de poder del capital. Y este evento solo exige una recalibración de la ideología dominante.

El anhelado cambio de paradigma de los promotores de la economía 4.0 solo ocurrirá cuando un modelo económico alternativo y funcional se conjugue con la razón de poder del capital. Y este evento solo exige una recalibración de la ideología dominante, suficiente para dotar de coherencia a los cambios de rol del Estado, o para justificar la exclusión de determinada forma de organización política, o para modificar los derechos de propiedad y el orden internacional. Esto explica, al menos en forma parcial, la proyección unidireccional del capitalismo en los últimos dos siglos, bajo cuatro paradigmas distintos: clásico, neoclásico, síntesis keynesiana y neoliberalismo.

Un relevo paradigmático, dentro de la misma matriz civilizatoria (el capitalismo), resolvería la crisis coyuntural de acumulación, pero no disipará las contradicciones intrínsecas del sistema. En lo que corresponde a la contradicción capital-trabajo esto ha sido constante en los cambios anteriores. En esta ocasión también es acuciante procesar una segunda contradicción, evidenciada hace más de dos décadas por John Bellamy Foster, sociólogo de la Universidad de Oregon y director de Monthly Review. Foster argumenta que existe una contradicción fundamental entre capital y naturaleza, que surge de la lógica inherente del capitalismo, al priorizar el crecimiento sin fin y la acumulación de ganancias, sobre la sostenibilidad ambiental (https://bit.ly/3yYvWyZ). 

El problema no es únicamente un paradigma obsoleto; no se trata –solo– de un impasse epistemológico. Cualquier teoría económica conocida asume que la política, la sociología, la antropología, las ciencias de la naturaleza, la sicología, las relaciones internacionales y otros aspectos de la sociedad y su entorno, que afectan a la economía, son externos a sí misma. Si bien los efectos de esos factores externos perturban los resultados económicos, dejan incólumes las categorías económicas fundamentales. Es el capitalismo el que añora un cambio de paradigma, para que la torre de marfil permanezca intacta. Lo que ocurre es que todavía no aparece el sucedáneo adecuado. Sin embargo, dada la intensidad con la que nos afectan las contradicciones de ese sistema, lo que requiere la humanidad es una más amplia teoría del capitalismo, no un nuevo paradigma económico.

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