Carlos Figueroa se conmueve cuando recuerda a su madre, quien murió de cáncer mientras estaba en prisión, y al recordar el cariño y solidaridad de las señoras y los niños de la comunidad indígena de Sarayaku, que lo acogió a él y al ex asambleísta Cléver Jiménez y a Fernando Villavicencio tras su huida de Quito. El médico recuerda los detalles y las vivencias de los meses que pasó prófugo y, después, preso en la Cárcel Cuatro, al norte de Quito, luego de que la justicia lo condenara por presentar una denuncia «maliciosa y temeraria» contra el presidente Rafael Correa, por los sucesos del 30S. En la Odisea se narran las aventuras de Ulises para volver a su casa en Ítaca, sorteando las trampas de dioses iracundos. Carlos Figueroa también pudo volver a casa tras muchas penurias. Esta es su odisea.
La huida hacia la selva
«La Comisión Interamericana de Derechos Humanos nos dió medidas cautelares, pero eso no fue acatado por el Estado ecuatoriano. El 21 de marzo de 2014 salió ya la boleta de captura en nuestra contra. Ese día, que era jueves, en la noche partimos para Sarayaku, con un operativo con la ayuda de Pachakutik y nuestros familiares.
«Fuimos para allá porque ellos tienen una larga historia de lucha, contra los caucheros y contra las petroleras. Personas como Marlon Santi, Franco Viteri y José Gualinga nos ofrecieron ir hacia allá. La idea nació de una conversación aquí en Quito. Tuvimos varias comunidades de todo el país que nos ofrecieron protección, en la Sierra y la Amazonía, pero preferimos ir hacia allá porque era algo simbólico. Queríamos ver si realmente hay un Estado plurinacional en el Ecuador. Al otro dia fuimos por el río Bobonaza, tuvimos mucho cuidado porque sabíamos que la Policía nos debía estar buscando. Yo había ido a la Amazonía de visita, nunca me había metido en la selva tan profundo. Todo fue nuevo para mi. Viajamos en medio de la noche y me sorprendió como los compañeros indígenas se guiaban en medio de una noche tan oscura que yo solo veía sombras a todos los lados. Había los sonidos de la selva, se oían los pájaros y los animales y el ruido del río que era muy fuerte. En esa ocasión no caminamos mucho.
«Ellos fueron desde el principio muy solidarios. Nos dieron de comer plátanos, verdes, animales del monte como las guantas, pescados, un tipo de lagarto pequeño que no sé cómo se llama, y algunos enlatados que traían de afuera.»
«Llegamos a la comunidad y nos acogieron las familiares de los dirigentes. Nos acomodamos en carpas dentro de una casa, para evitar los insectos que hay ahí. Las carpas ya las habían preparado los compañeros de allá. Ellos fueron desde el principio muy solidarios. Nos dieron de comer plátanos, verdes, animales del monte como las guantas, pescados, un tipo de lagarto pequeño que no sé cómo se llama, y algunos enlatados que traían de afuera. Ahí no hay agua potable, usan el agua del río, que a veces tiene algo de tierra, pero yo hervía el agua y le hacíamos reposar. Nos adaptamos en lo posible. Ahí no se sabe cuándo y cómo va a llover. No hacía un calor intolerable, pero sí hay grandes aguaceros. Para salir de la casa usábamos botas de caña alta que llevamos. Nos bañábamos en las tomas de agua de una casa cercana. Y usábamos las botas de caucho que llevamos de Quito.
El cirujano de Sarayaku
«Yo siempre he servido como médico en comunidades lejanas a las que he podido ir. Fui a las comunidades negras como Borbón, en donde hice operaciones. También estuve en Zumbahua. Por mi formación como médico, en el Hospital Eugenio Espejo, estoy capacitado para improvisar. Cuando llegué allá supe que había dos dispensarios del Estado pero no estaban los médicos, que eran jóvenes, médicos generales. Cuando ellos volvieron hicimos cinco cirugías. Algunas tumoraciones, hernias, cosas que uno debe hacer al estar capacitado. Tuve que adaptar un sitio para poder hacer los procedimientos quirúrgicos. Eso, claro, no es recomendable, pero yo estoy capacitado. Había compañeros con tumoraciones y hernias que por muchos años que no habían podido salir al Puyo para hacerse atender. Una salida al Puyo les cuesta hasta USD 600. Tenía siete cirugías más previstas, llegué a pedir algún material quirúrgico para estas otras cirugías. Estuvimos dos meses y medio, en donde atendí dos partos también. El uno de la hermana de Túpac Viteri, quien quiso tener el parto de manera tradicional, a pesar de ser médica, pero ella tuvo una demora en el parto y tuvo que asistirle a romper membranas. Lamentablemente retuvo la placenta y tuvo que viajar al Puyo porque yo no podía atender el caso ahí.
«También atendí otro parto, ahora quiero viajar unos cinco días para realizar algunas operaciones y con un grupo de colegas como médicos y odontólogos. Tengo una deuda moral con ellos por resistir a ese embate delirante del Gobierno.
La salida de la comunidad
«Decidimos salir de esa comunidad porque la acción del Gobierno era desproporcionada. No quisimos poner en peligro la vida de ninguno de los compañeros de Sarayaku.
«Yo mismo vi un avión de combate Super Tucano sobrevolando la comunidad. Unos niños salieron corriendo porque pudieron ver el avión de guerra con sus misiles volando muy bajo y temieron que los bombardearan».
Yo mismo vi un avión de combate Super Tucano sobrevolando la comunidad. Unos niños salieron corriendo porque pudieron ver el avión de guerra con sus misiles volando muy bajo y temieron que los bombardearan. Sabíamos también, por amigos militares, que el Presidente había ordenado a las Fuerzas Armadas un asalto con Fuerzas Especiales contra Sarayaku para capturarnos, luego vimos tres helicópteros de la Policía sobrevolando sobre nuestras cabezas. Subimos a la internet los vídeos de eso. La comunidad se preocupó mucho por esos sobrevuelos, pero todos los miembros de la comunidad se mostraron unidos y solidarios. Nunca habían visto un avión de combate por ahí, solo las avionetas de la zona. Cuando la Policía quiso aterrizar fueron los chicos del colegio los que ocuparon la pista. Nunca nos pidieron que nos fuéramos, pero ellos estaban dispuestos a protegernos, a dar la vida y no queríamos que eso pase. Entonces nos llevamos nuestras carpas fuera del centro poblado. Los insectos nos devoraban, no podíamos tener fuego para que no nos vieran.
«A veces dormíamos ahí, otras volvíamos al poblado. Pero siempre tuvimos miedo de que lancen un asalto y alguien sea muerto o herido. Por otro lado, la gente de ahí nos decía que era muy difícil que aún las Fuerzas Especiales nos pudieran encontrar, porque en la selva es muy complicado. Pero si ellos llegaban, nos íbamos a entregar, no queríamos un enfrentamiento. Es tan difícil el terreno, que los compañeros nos decían que para ubicarnos tenían que mandar miles de hombres. Decidimos salir de ahí. Pasamos a despedirnos, una niña me regaló una flor dentro de una resiña, que sin duda era un objeto muy preciado para ella. Las amas de casa estaban muy emocionadas cuando finalmente nos fuimos. Recuerdo a doña Narcisa, a doña Corina, que nos abrazaron y se despidieron con lágrimas. Supe que ellas lloraron cuando les contaron que fui detenido.
Una niña de Sarayaku le regaló esta flor en una resina, cuando partió hacia la clandestinidad. La conserva con cariño.
«Hicimos un operativo para salir. Gente de Sarayaku fue al Puyo a ver dónde estaban los militares y los policías. En todas las pistas cercanas había militares y policías. Pero pudimos evitar ser detenidos, porque nos metimos por la selva y cruzamos el río cinco veces con el agua hasta el cuello, a pesar de que la corriente es fuerte. Tuvimos que sostener a Cléver Jiménez porque como es más pequeño casi se lo lleva la corriente. Fuimos con cuatro guías, uno de ellos, Hugo Medina, quien murió hace poco tras sobrevivir al accidente de una avioneta en Sarayaku. Espero poder reconocer todo lo que hicieron por nosotros.
El retorno a Quito a ver a su madre
«Desde el Puyo salimos Cléver y yo, Fernando tomó otro camino. Yo me separé luego de Cléver, que quedó bajo la protección de otros compañeros. Yo decidí volver a Quito porque mi madre estaba con un cáncer cabalgante y sufría demasiado por mi situación. Ella lloraba mucho, su cuadro se había agravado. Yo vivía con ella y esto le afecto mucho. El grupo de la Policía que anda tras «los más buscados» fue el que me capturó. Ese grupo me perseguía como prioridad. Mi madre me iba a ver a la casa en donde estaba refugiado. Yo no salía. Seguramente les siguieron. Creo que estuve más de un mes. Mi madre me fue a ver en tres ocasiones. Cuando ya estuve preso mi madre me iba a ver con más tranquilidad, lo único bueno de la detención. La última vez que la vi no pudo entrar a verme en la cárcel, la semana anterior a su muerte.
La captura
«Un día llegó el GIR a capturarme con armas y pasamontañas, botando la puerta, a plena luz del día. Seguramente se enteraron que yo iba a salir de esa casa, llegaron justo el último día que yo iba a pasar ahí. Yo me iba a ir dos horas antes de que llegaran, pero por circunstancias ajenas no pude.
«Me hablaron de forma soez, les exigí que me respeten, que yo era un médico no un delincuente. Luego vino un coronel a pedirme disculpas, a decir que era su trabajo. Me dijo de parte del ministro Serrano que yo colabore, que les ayude a localizar a Jiménez y Villavicencio».
Yo salí por la ventana y me fui caminando, me detuvieron a una cuadra porque me alcanzaron a ver. Estuvieron a punto de fracasar. Me hablaron de forma soez, les exigí que me respeten, que yo era un médico no un delincuente. Luego vino un coronel a ofrecerme disculpas, a decir que era su trabajo. Me dijo de parte del ministro Serrano que yo colabore, que les ayude a localizar a Jiménez y Villavicencio. Le dije que yo no sabía dónde están, pero que tampoco iba a decir una palabra. Eso pasó cuando llegó el fiscal, este coronel hizo salir a todos y yo le dije que no iba a ayudarles. Con mi actitud enérgica ya vio que no iba a decir nada. De ahí me llevaron a Flagrancia, y luego a la Cárcel Cuatro, a pesar de que la Jueza que me condenó había dispuesto que cumpla ahí la pena, el director no me quería recibir diciendo que tenía que pedir permiso a la ministra de Justicia. Era la noche del 22 de julio.
En la Cárcel Cuatro
«Desde la cárcel se puede ver la entrada de un centro comercial. Se ve la gente pasar. En esa cárcel hay policías y ex policías, así como guías penitenciarios. No hay delincuentes ahí, nadie me maltrató. Me hice amigo de todos. Ahí hay cuartos pequeños, con literas. Pero hay mucha limpieza y disciplina. No es una mazmorra, como esa nueva que han hecho en Latacunga donde no hay agua potable, ni reciben visitas. Ahí hay autogestión, Yo aprendí a tallar madera, hice algunos cuadros. La gente tiene ahí un taller de carpintería, que también es producto de la autogestión. Todos los implementos eran comprados por los presos. No había ninguna ayuda del Ministerio de Justicia. Si hay paredes pintadas, jabón y papel es porque los internos ponen la plata. Me recibieron ex militares y policías como Fabián Arcos y ellos me dieron su respaldo. Cuando llegaba a la Cárcel empezaron a gritar «Viva Carlos Figueroa, abajo Correa y el Gobierno» y por eso hubo una requisa en su contra. Los que gritaban eran ellos. Todos me trataron muy bien, una gente muy buena. Había suboficiales de la Policía que les condenaron a tres años, también los seis ex policías que estaban acusados de magnicidio. Les mandaron a decir que le pidan disculpas al Presidente, solo un suboficial lo hizo, pero hasta ahora están presos, porque no les quieren dar el indulto si no piden todos perdón. No cumplen con su palabra.
La muerte de su madre
«Yo había pedido que me dejen despedirme de mi madre. Cuando ella murió, a los 74 años, pedí al director que me deje ir al funeral. Hay una cabina telefónica dentro. Mi hermana me llamó llorando y me dijo que mi madre había muerto. El director me dijo que no me podía permitir salir por la situación política. Hubo gestiones de gente dentro del Gobierno que lograron que me permitan salir con grandes medidas de seguridad, por 20 minutos, al funeral de mi madre. No pude despedirme en vida, pero hablé por teléfono con ella. Le hice una carta que fue reproducida, en donde narraba la dura vida que tuvimos y que siempre ayudé a criar a sus hijos. Le dije que sentía que he cumplido, pienso que todo se debe decir en vida, nada después, ni los lloros. Le dije que todos mis logros fueron por mi familia. Cuando se es de una familia humilde, los logros pequeños son mucho. Mi madre sentía mucho orgullo de los logros de sus hijos. Me puse a llorar mucho cuando hablamos, yo lloré durante horas ahí en la cárcel. Finalmente estuve ahí 20 minutos, el director me dijo que no hable con la prensa. Saludé con todos los que estaban ahí, con muchos amigos y colegas. Supe que fue Fernando Alvarado al entierro, pero yo no lo vi.
Liberación en la madrugada
«Cumplí los seis meses de cárcel y decidieron adelantar mi liberación para que no haya mucho revuelo mediático. Se cumplían los 180 días en lunes, pero adelantan mi salida para un sábado a pesar de que no liberan a nadie los sábados. Me despertaron a las cinco y media de la madrugada, no me dejaron bañar, ni llamar a nadie por órdenes de la ministra de Justicia. Me pusieron en la puerta de la calle cuando aún no amanecía. Hice lo que pude por demorarme recogiendo mis cosas, ya había mandado mis libros, algunos los doné a la cárcel, yo ya había pensado que eso iban a hacerme, sé que han liberado gente en Latacunga de madrugada. Una persona de ahí me dio haciendo una llamada, porque también quisieron impedir que me ayuden, pero un capitán del Ejército que es bien parado me dio llamando y no se dejó intimidar. Me recogió Napoléon Saltos, quien vive cerca, luego otras personas se enteraron. Lo que querían es que no se sepa, lo que siempre quieren. La prensa estaba convocada a las 09:00, pero a las 08:30 yo me paré en la puerta de la cárcel a dar entrevistas y me hicieron una limpia los compañeros de Pachakutik. Es verdad que yo salí antes y luego regresé, no me iban a impedir hablar.
Yo jamás pensé en pedir disculpas al Presidente, como llegó a decir Alexis Mera. Yo tengo principios, lo que dije es verdad. El general Ernesto González dice en su libro que el que ordenó el asalto por teléfono fue el Presidente, que no hubo ningún secuestro, hasta ahora no aparecen los secuestradores del tal secuestro, ni los cabecillas del golpe de Estado. Esa es una falacia para intentar engañar a la gente y justificar los muertos de ese día.
Mi madre decía que uno debe tener sangre en la cara. Yo tengo dignidad y yo creo en el alma eterna, y recuerdo a Espejo, a Montalvo, a los pueblos originarios que han tenido dignidad. Responsabilizo a toda la gente del Ecuador por lo que ocurre en el país. Todos son culpables de la corrupción por acción u omisión; como decía Cléver Jiménez, este Gobierno es el más corrupto de la historia».

