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De la democracia liberal al tecnopopulismo postideológico

Democracia

Imagen referencial: PlanV

Yo no creo en la sabiduría colectiva de la ignorancia individual
Thomas Carlyle

En la última década del siglo XX parecía que la democracia liberal se consolidaría en todo el planeta. Tres décadas más tarde, siete de cada diez personas siguen viviendo en países gobernados por regímenes autocráticos. Y, para colmo de males, el presidente de EE. UU. se esfuerza en cancelar dos siglos y medio de una tradición democrática considerada e§jemplar desde que el vizconde de Tocqueville publicara La democracia en América (1835).

Voces optimistas, como la de Andrés Malamud, del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa, afirman que esta «tercera ola de autocratización» será transitoria. Pero los pesimistas son miles de millones, y están cada vez menos complacidos por un sistema que insiste en mecanismos de representación que no promueven su bienestar.

El Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA) destaca las incertidumbres que aquejan a la democracia (El Estado Global de la Democracia 2025, http://bit.ly/3L1v3fc). IDEA mide cuatro factores de desempeño: representación, derechos, estado de derecho y participación (Gráfico 1). Excepto el índice de representación, los otros tres tienen mediciones bajas o medias que suman 80% en los 173 países analizados. En 2024 el 54% de los países evaluados experimentaron un descenso en al menos un factor clave de alguna categoría (como libertad de prensa, independencia judicial o credibilidad electoral), mientras que solo el 32% mostró avances.

En un reciente evento realizado en México (https://bit.ly/47JTc1A), Adam Przeworski, de la Universidad de Nueva York, admitió que «lo que está pasando en EE. UU. pone todo en duda», reconociendo el desconcierto reinante.

Estos fenómenos son expresiones de la crisis estructural global. Las mutaciones de la democracia, que se analizarán a continuación, prueban la resiliencia del sistema y su capacidad de readaptación a las demandas de acumulación del capital en las condiciones del siglo XXI.

Una palabra ambigua

De tan usada y abusada, la palabra democracia sufre «vaciamiento semántico». Aristóteles la consideró una mala forma de gobierno y durante dos mil años tuvo connotación negativa. Esta percepción cambió a mediados del siglo XIX, al incorporar tres ideas: la democracia (i) legitima el gobierno porque el poder emana del pueblo; (ii) constituye un mecanismo de solución pacífica de los conflictos surgidos en el ejercicio del poder; y (iii) nunca deja de ser un ideal, siempre perfectible (Enciclopedia de las Ciencias Sociales, Istituto Treccani, 1991).

«La democracia es un sistema en el que los ciudadanos deciden colectivamente por quién y, en cierta medida, cómo serán gobernados. Esta característica es definitoria: un régimen es democrático si y sólo si los ciudadanos son libres de elegir, incluso de destituir, a los gobiernos», afirma Przeworski, al concebirla desde una visión minimalista (https://bit.ly/3XbfKTM). En este caso, su valor es intrínseco: no es más que la capacidad misma de la ciudadanía, como colectividad, de elegir gobernantes.

Sin embargo, las personas también aprecian la democracia por las expectativas que la acompañan, para lograr ciertos valores extrínsecos. J. A. Schumpeter afirma que esos intereses (la libertad de conciencia, la justicia, la honestidad del gobernante…) solían considerarse superiores a la democracia (Capitalismo, socialismo y democracia, 1942).

En la modernidad casi todos los aspectos deseables de la vida han sido relacionados con la democracia (representación, rendición de cuentas, participación, dignidad, racionalidad, seguridad…). Pero, conforme se añaden más valores extrínsecos será más difícil calificar como democracia a ese sistema político. Y menos probable que pueda procesar pacíficamente las disyuntivas que podrían presentarse entre unos y otros (como el trade-off libertad – igualdad).

En la práctica, el citado informe de IDEA sobre la calidad de la democracia, casi no tendría sentido si el referente fuese minimalista. Lo que se reporta a continuación lleva implícita una visión maximalista de la democracia.

El hábitat de la mutación

Hace cuatro décadas la diplomacia hegemónica impuso la idea de que el tándem democracia – economía de mercado era la solución definitiva para universalizar el bienestar. En una sociedad capitalista, se dijo, la democracia sería el mejor sistema político para lograr el valor extrínseco más importante: el crecimiento económico. Como el libre mercado se consideraba el mecanismo de asignación óptimo, la democracia liberal sería condición necesaria para alcanzar el bienestar general (resultado esperado de la democracia en sentido maximalista).

En las últimas décadas del siglo XX la tecnocracia internacional trató de sustituir la política económica –es decir, el resultado de la deliberación de los grupos de poder para formular, decidir y aplicar medidas económicas, según las prioridades y valores sociales– por reglas fiscales, axiomas monetarios, el dogma del libre comercio y la tolerancia de monopolios y oligopolios.

Cuando la República Popular China ingresó a la OMC (2001), se esperaba que ese Estado comunista se convertiría al capitalismo e instauraría una democracia liberal.

Pero terminado el primer cuarto del siglo XXI, el tándem ha retrocedido y el desencanto se ha generalizado. Esto se constata al menos de tres maneras. El indicador estrella del éxito, el crecimiento, refleja la desaceleración de la economía mundial. Entre 1950 y 1971 la tasa de crecimiento promedio anual del PIB mundial a precios constantes fue de 3,4%, mientras que entre 2000 y 2024 se redujo a 2,9%.

La concentración de la riqueza mundial acentúa el desencanto. Solo 60 millones de adultos (1,6% de todos los adultos, en la cúspide de la pirámide de la riqueza mundial) tienen una riqueza personal neta de $ 226 millones de millones, equivalentes a 48,1% de la riqueza total del mundo. En el otro extremo, 1 570 millones de adultos (alrededor del 41% de los adultos del mundo, en la base de la pirámide), acumulan $ 2,7 millones de millones, equivalentes a 0,6% de toda la riqueza personal del mundo (la riqueza neta incluye todos los activos no financieros y financieros sobre los cuales se puede ejercer derechos de propiedad y que proveen de beneficios netos).

La concentración de la riqueza mundial acentúa el desencanto. Solo 60 millones de adultos (1,6% de todos los adultos, en la cúspide de la pirámide de la riqueza mundial) tienen una riqueza personal equivalente a 48,1% de la riqueza total del mundo.

Al sumar los dos niveles inferiores de la pirámide resulta que 3 100 millones de personas (82% de todos los adultos) tienen una riqueza personal de $ 60 millones de millones (es decir, 12,7% de la riqueza personal global total). En el otro extremo, el 17% de la población de adultos del mundo que se encuentra en los dos niveles superiores de la pirámide, acapara el 87,3% de la riqueza total.

Cuatro décadas de vigencia del dogma neoliberal del goteo no ha producido el resultado esperado. Pero ha erosionado irreversiblemente el principio de igualdad y la noción de ciudadanía, fundamentos de la democracia.

Peter Sloterdijk sostiene que el impulso de thymós (la parte del alma humana relacionada con las emociones, el valor, el orgullo y el deseo de reconocimiento) es el principal motor psicopolítico de la historia de Occidente (Ira y tiempo 2006). Todas las sociedades, dice, acumulan un sentimiento irreprimible, alimentado por quienes –con razón o sin ella– se sienten perjudicados. Esa indignación era gestionada por la Iglesia, los sindicatos y los partidos de izquierda. Pero hoy nadie canaliza la ira acumulada, que brota en forma cada vez más caótica.

Cabe recordar que luego de una década de suscrito el Acuerdo de París, lo más destacable es el avance de las energías renovables, pero muchos gobiernos siguen fomentando la extracción de combustibles fósiles, principales causantes del cambio climático. Los objetivos del Acuerdo no se cumplirán. Los impactos del cambio climático ya son evidentes, pero el negacionismo bloquea la cooperación internacional, paraliza la acción colectiva y la implementación de políticas efectivas y pone en riesgo la vida de millones de personas.

Los actores del drama democrático

Los actores estelares de este drama democrático son los políticos populistas como Silvio Berlusconi, durante nueve años primer ministro de Italia, «la tierra prometida del populismo real», como la llama Giuliano da Empoli (Los ingenieros del caos, 2019).

Los directores de campaña de estos nuevos populistas no son politólogos profesionales. Son expertos en marketing digital, son los ingenieros del caos. Su «auténtico talento», señala da Empoli, es su capacidad para acopiar la ira identificada por Sloterdijk y canalizarla a través de medios digitales que parecen creados para exacerbar las pasiones: los «fight club de los cobardes», como denomina a las redes sociales Marylin Maeso (Les Conspirateurs du silence, 2018).

Uno de los primeros fue Arthur Finkelstein (1945-2017), licenciado de la U. de Columbia y del Queens College. Trabajó como programador informático en la Bolsa de Valores de Nueva York y con el pionero de las encuestas a pie de urna, Irwin Lewis. Hizo análisis demográficos en la campaña de Richard Nixon y en 1976 apoyó a Ronald Reagan; también asesoró a George H.W. Bush. En 1996 fue el cerebro tras la primera victoria electoral de Benjamín Netanyahu. Ya famoso por sus campañas crudas y agresivas, y por sus sofisticados análisis demográficos, se convirtió en el asesor estrella del autócrata ultraconservador húngaro Viktor Orbán.

El Movimiento 5 Estrellas (M5S, por sus siglas en italiano) es un partido populista-sincrético, autodefinido como no encasillable en el espectro izquierda-derecha. Fundado en 2009 por el informático teórico y experto en modelos de comercio electrónico y marketing digital Gianroberto Casaleggio (1954-2016) y por el cómico Beppe Grillo, el M5S defiende la democracia directa. Davide Casaleggio, hijo de Gianroberto y actual gerente de Casaleggio Associati srl, empresa que administra las plataformas del M5S, es autor de AI Democracy. How Artificial Intelligence Will rewrite politics and society (2024).

En Chile, la reciente campaña electoral del ultraderechista José Antonio Kast, fundador del partido republicano, estuvo monitoreada por Bernardo Fontaine, dueño de empresas vinculadas con el marketing político.

Matteo Salvini, vicepresidente del Consejo de ministros del actual gobierno presidido por Giorgia Meloni (Fratelli d’Italia), basa sus campañas en la Bestia, programa de inteligencia artificial que fagocita cualquier tipo de información para generar eslóganes y campañas capaces de cautivar a millones de votantes. La Bestia es una creación de Luca Morisi, doctor en filosofía de la U. de Verona y profesor de “computación filosófica”, materia que analiza cómo la revolución digital re-definirá los temas clásicos del pensamiento occidental.

Javier Milei no habría triunfado sin una disruptiva campaña digital a base del uso intensivo y eficiente de las redes sociales. El director de la estrategia, Fernando Cerimedo —fundador del medio digital La Derecha Diario, dueño de Numen, empresa de publicidad y marketing— había trabajado para Jair Bolsonaro, Mauricio Macri y Patricia Bullrich. Monitoreó las redes sociales para generar contenidos virales. Milei contó además con un responsable de la cuenta X, un influencer que gestionó las cuentas de TikTok y varios youtubers que aportaron contenidos no formales a la campaña digital.

En Chile, la reciente campaña electoral del ultraderechista José Antonio Kast fundador del partido republicano, estuvo monitoreada por Bernardo Fontaine, dueño de empresas vinculadas con el marketing político. Candidatos a legisladores de todo el espectro político recurrieron a trols y noticias falsas para difundir información falsa o engañosa de sus oponentes (https://bit.ly/4pgkOSR).

Estos personajes tienen singulares destrezas para interpretar grandes volúmenes de datos. En 2016 Cambridge Analytica obtuvo, sin consentimiento, datos personales de unos 87 millones de usuarios de Facebook. Los utilizó para crear perfiles psicológicos que sirvieron para dirigir mensajes políticos personalizados e influir en las decisiones electorales a favor de Donald Trump. Cambridge Analytica, que no evitaba difundir noticias falsas en redes sociales y otros medios para manipular la información pública, también fue un actor determinante en el referéndum del Brexit.

Los ingenieros del caos comprendieron antes que nadie «que la rabia constituía una fuente colosal de energía, y que podía explotarse para lograr cualquier objetivo, siempre y cuando se entendieran los mecanismos y se dominara la tecnología […] Lo importante es alimentar la rabia y el miedo –el combustible del populismo postmoderno– con contenidos ‘calientes’ que susciten emociones», dice da Empoli.

El populismo postmoderno es el producto de la ira canalizada por medio de algoritmos. Sin embargo, quienes finalmente cargan con la pesada responsabilidad de que personajes como Donald Trump o Javier Milei sigan ganando elecciones, son sus seguidores, deseosos de castigar a las fuerzas políticas tradicionales. El votante actual es el mismo cliente tipo de Facebook: un individuo compulsivo, con el deseo irresistible de no abandonar esa plataforma (… o Instagram, o TikTok, o X, o WhatsApp, o Telegram…), esperando recibir «esas pequeñas dosis de dopamina» que le han hecho dependiente.

Los votantes pueden apoyar a mandatarios que económicamente no les son propicios, pero que se comprometen a corregir cuestiones como el aborto o aspectos específicos de la política exterior, afirma Frenkel.

El primer resultado de este drama es la relajación del lenguaje. La vulgaridad y los insultos personales son la moneda corriente de la disputa política. Los prejuicios, el sexismo y el racismo han emergido de sus escondrijos, liberados de todo pudor por sujetos autoproclamados libertarios. El drama, disfrazado de campaña política, ofrece recuperar la voz del pueblo, finalmente liberada de los opresivos códigos impuestos por élites globales políticamente correctas. «Déjenme ser el abanderado de vuestra ira», dijo en su primera campaña el más improbable candidato a la Casa Blanca. Casi una década más tarde Trump sigue acosando al orden mundial creado por los anteriores huéspedes de esa casa.

Las ideas del drama

En un artículo reciente Jeffrey Frenkel, profesor de la Escuela Kennedy de la Universidad de Harvard, se pregunta si los votantes de MAGA (el movimiento encabezado por Trump) son racionales —en el sentido económico—, es decir, que las personas actúan en función de sus propios intereses (http://bit.ly/3JC7x80). ¿Por qué tantos obreros norteamericanos apoyan las reducciones del gasto federal en servicios de salud y los recortes masivos de impuestos para las personas de ingresos más altos?

Frenkel propone tres hipótesis. La primera es la de información errónea o faltante, como cuando un político promete lo imposible o se olvida de sus promesas de campaña. La segunda es la posibilidad de que los votantes no entiendan las consecuencias de las políticas implementadas y, simplemente, siguen apoyándolo. Esto explicaría el respaldo a la guerra arancelaria, tan perjudicial para los consumidores norteamericanos.

Habría una explicación, «más incómoda» (para los economistas de la corriente principal la realidad es incómoda si no se ajusta a sus postulados teóricos): «Como demostró el historiador Thomas Frank (¿What’s the Matter with Kansas?, 2004), el comportamiento de los votantes suele estar impulsado por la cultura y la ideología». Serían los principios y valores del pueblo norteamericano los que sostienen a un mandatario que transgrede sistemáticamente lo que se consideraba «políticamente correcto».

Los votantes pueden apoyar a mandatarios que económicamente no les son propicios, pero que se comprometen a corregir cuestiones como el aborto o aspectos específicos de la política exterior, afirma Frenkel. Entonces, la cultura y las ideas también pueden desempeñar un papel importante en la configuración de las percepciones sobre la economía. «Quizá los votantes quieran ser buenos ciudadanos o dar un buen ejemplo a sus hijos. Tal vez quieran demostrar el coraje de sus convicciones, poder participar de manera creíble en discusiones políticas con sus comunidades, demostrar apoyo a su ‘equipo’ o afirmar su identidad cultural […] No es inevitable que la cultura o las ideas vayan en contra de la racionalidad económica», concluye.

Frenkel tiene razón, pero sus argumentos son insuficientes. Da Empoli sostiene que Italia fue el primer país donde algoritmos desarrollados por ingenieros capturaron el poder para un nuevo tecnopopulismo post-ideológico. Gianroberto Casalaggio escribió en su blog personal: «Los días de la ideología han terminado […] El M5S no es ni de izquierda ni de derecha. Es de encima y de más allá» (citado en Christopher Bickerton y Carlo Invernizzi Accetti, Technopopulism. The New Logic of Democratic Politics, 2024).

En el tecnopopulismo coexisten la racionalidad tecnocrática, jactándose de su conocimiento técnico, con discursos populistas henchidos de ‘voluntad popular’ y críticas a las elites corruptas (la casta aborrecida por Milei)

Tony Blair, Beppe Grillo, Matteo Salvini y Emmanuel Macron serían tecnopopulistas en diferentes versiones, siempre dispuestos a declarar que no necesitan de las viejas identidades ideológicas. Esto plantea la posibilidad de que la mutación de la democracia en las últimas décadas la habría liberado de los conflictos ideológicos.

En el tecnopopulismo coexisten la racionalidad tecnocrática, jactándose de su conocimiento técnico, con discursos populistas henchidos de ‘voluntad popular’ y críticas a las elites corruptas (la casta aborrecida por Milei). Al prometer la satisfacción de las demandas populares mediante gestiones tecnocráticas, se convierte en una práctica erosiva, incluso de la democracia en sentido minimalista, pues debilita los mecanismos de representación y elude el debate ideológico explícito y las agendas valóricas.

Esta elusión es parte del drama electoral, pero no prueba la irrelevancia de la ideología. Aunque se autocalifiquen de postideológicos, los tecnopopulistas no pueden prescindir de los sistemas de creencias y valores normativos que dan coherencia a sus fines prácticos, expresados en sus decisiones. Al eludir el tema ideológico se pretende tomar distancia de una noción relevante para el pensamiento estructural, próximo a las izquierdas, pero reprobada desde Napoleón Bonaparte hasta los tecnopopulistas, pasando por los tecnócratas internacionales autoproclamados pragmáticos, en contraposición a sus críticos, heterodoxos e ‘ideologizados’.

La ideología es imprescindible. En El sublime objeto de la ideología (2003) de Slavoj Zizek, el velo ideológico asume dimensión universal: no es solo una explicación falsa de la realidad administrada por las clases dominantes para estabilizar en el tiempo un sistema social; es una estructura imaginaria incorporada en la mentalidad de todo ser humano. La ideología se manifiesta como una estructura imaginaria integrada profundamente en la subjetividad humana que se proyecta como prácticas sociales inconscientes, no como mera ignorancia.

¿Por qué deseamos tener el último, más sofisticado y caro modelo de smartphone, a sabiendas de los impactos sociales y ambientales que acarrea su fabricación? Multitudes de personas informadas sobre los riesgos civilizatorios que trae consigo el cambio climático no han dejado de comportarse como cualquier negacionista consumista. La ideología no solo es una representación –falsa– del mundo; constituye una realidad social en sí misma, capaz de sostener fantasías inconscientes y de estructurar la realidad social y la identidad del sujeto.

Es necesario cuestionar ese gran otro simbólico para liberarse de él. Siguiendo a Jackes Lacan (el filósofo-psiquiatra explorador del inconsciente freudiano), Zizek afirma que el goce psicológico producido por una acción es distinto a la simple satisfacción corporal de una necesidad. El goce es la pulsión generada en nosotros por un significante (una opción política, un gadget tecnológico, la comida gourmet…).

La ideología opera a un nivel más profundo, psicológico, como una trama que articula deseos, fantasías y relaciones de poder, como un relato que nos contamos para entender y participar de la realidad. Pero unos relatos pueden acarrear más gozo que otros. Esto explica por qué no sirve desenmascarar la ideología en la sociedad de masas: porque lo que nos ata a ella no son prejuicios epistemológicos, sino goces inconscientes (https://bit.ly/43fWZC0).

El tecnopopulismo propone una amalgama de tecnocracia y populismo, con una retórica que alega haber superado la dicotomía izquierda/derecha. La ideología no está ausente, pero permanece disimulada tras una apariencia de pragmática racionalidad científica. Este ardid dificulta la confrontación de ideas y expresa un ejercicio de la política reacio a confrontar las contradicciones del sistema, ocultas tras una fachada de neutralidad tecnocrática.

El montaje del drama

Antes de las redes sociales, la política era una ocupación de largo plazo. Requería filiación partidista, programas de gobierno, metas y objetivos. El afiliado debía militar en el partido, acatar sus reglamentos, estudiar su ideología y hacer proselitismo. Todo esto se percibe intolerablemente lento en la era del Internet. Para hacer política ahora basta con acceder a un blog. El blog debe contener títulos engañosos y violentos: «Vergonzoso…», «Malas noticias:», «No podemos soportarlo más…» Y a renglón seguido la recomendación: «Compártelo», «Máxima difusión». Lo que interesa es el número de clics, para que los temas con más difusión se conviertan en los caballos de batalla del candidato.

Las campañas políticas ahora son campañas de marketing digital en blogs, podcasts y plataformas en las que se denuncian problemas populares, capaces de estimular el resentimiento hacia los poderes establecidos. Y se proponen remedios concretos, pero simplistas. El objetivo final no solo es asumir el control del gobierno del país; también se busca erosionar los fundamentos de la democracia representativa desde adentro, en nombre de la democracia ‘directa’.

El tecnopopulismo busca posicionar en la primera línea de la agenda el castigo a las élites políticas tradicionales, de derecha o izquierda. En especial a estas últimas, culpables de traicionar la voluntad popular y de atender intereses minoritarios, en lugar de atender los intereses de «una mayoría silenciosa», señala Empoli.

En 2007 dos periodistas del Corriere della Sera, Sergio Rizzo y Gian Antonio Stella, publicaron La casta. Cómo los políticos italianos se han vuelto intocables, verdadero manifiesto contra el sistema político que denuncia el abuso de poder, la corrupción, el nepotismo, los privilegios y los costos sociales de una clase política aristocrática e intocable. Según Rizzo y Stella, el sistema político italiano se había convertido en una élite que saquea los recursos públicos para su enriquecimiento.

En la práctica esta mutación refleja los cambios de objetivos de la élites, y también de ese sustantivo amorfo y generalizante: el pueblo. Gracias al Internet y a los teléfonos inteligentes y sus redes sociales, ahora el pueblo ya no confía en los expertos. «El hecho de caminar con la verdad en el bolsillo […] sobre el que es suficiente ejercer una ligera presión para obtener todas las respuestas del mundo, incide inevitablemente en nosotros», afirma Empoli.

Bickerton e Invernizzi conciben el tecnopopulismo como una forma de organizar la competencia electoral (es decir, la democracia en sentido minimalista). La mutación de la democracia es impulsada por partidos de extrema derecha, vestidos de tecnopopulismo. Como Vox, apoyado en una red internacional de donantes multimillonarios ultraconservadores norteamericanos, oligarcas rusos y aristócratas. Esta organización ganó notoriedad cuando pusieron carteles publicitarios en transportes municipales en los que aparecía Adolf Hitler con los labios pintados y la etiqueta #feminazis.

El AfD, partido de extrema derecha, es conocido como el principal grupo de Facebook de Alemania. Su funcionamiento gira en torno a esa plataforma, lo que lo diferencia de otros actores políticos. En Francia, los primeros grupos de indignados que al poco tiempo se conocerían como los chalecos amarillos empezaron en Facebook. Luego, ya más organizados en grupos como La France en Colère!!!, utilizaron esa plataforma como órgano de información y de coordinación. Facebook no solo ha servido de medio para acopiar la materia primar del Big Data; también ha funcionado como un multiplicador formidable del principal componente de la mutación política: la ira. Ha sido una suerte de vector de contagio, desde el universo virtual a la realidad.

En esta nueva praxis los ingenieros y los físicos pueden fundar partidos y elegir los candidatos que mejor se ajustan a su visión. El artículo 1 del estatuto del M5S establece que es «…una plataforma y un medio de confrontación y de consulta que tiene su origen y establece su epicentro en el blog http://www.beppegrillo.it. La única forma de comunicarse con este movimiento es mediante su correo electrónico: movimento5stelle@beppegrillo.it».

El modelo de organización aparenta una arquitectura abierta, pero en realidad es controlado desde la cúspide. Es como un hormiguero, en el que cada hormiga cumple su función, pero no sabe cómo funciona el partido. Para las hormigas –los militantes de base– el Internet representa una revolución democrática; para quien controla el blog y el email, el Internet es una poderosa herramienta de control. En la cúspide de la organización basta un clic para excluir, sin apelación, a cualquier indeseable.

Un balance preliminar

La democracia liberal nunca ha tenido una bonanza plena, aunque sí ha disfrutado de varios periodos de auge. En estos momentos 68 autocracias gozan de buena salud; ni en China ni en Rusia el poder ha cambiado de manos mediante elecciones libres y justas, y parece poco probable que ocurra en el futuro próximo.

La valoración del estado de la democracia adquiere pleno sentido desde una visión maximalista. Es decir, considerando la capacidad de ese sistema de gobierno para alcanzar valores extrínsecos a ella. En especial a partir de la década final del siglo pasado, cuando el pensamiento hegemónico proclamó que la única opción para lograr el progreso de la humanidad era afianzar el tándem democracia – economía de mercado.

A pesar de esta proclama triunfal, cuatro décadas más tarde el progreso no se ha universalizado. El capitalismo enfrenta una crisis estructural global que, con el telón de fondo del cambio climático, se expresa en la proliferación de nuevas formas autoritarias de gobierno y en la desglobalización de la economía. Desde esta perspectiva, el auge del tecnopopulismo no es una crisis más, de entre tantas que surgen aparentemente en forma espontánea para agregarse a la policrisis que pretenden sofocar el Banco Mundial o la OCDE. Es la expresión, en el nivel jurídico-político, de la actual crisis estructural del capitalismo.

Antonio Gramsci calificó al fascismo de «síntoma mórbido» de la crisis de hegemonía. Éste surge cuando el orden ya no puede sostenerse según el canon democrático liberal, pero es imperioso controlar a las masas y frenar la lucha política y económica de sectores subalternos. En estos días, la solución autoritaria al colapso democrático del capitalismo no ha sido el fascismo; ha sido el tecnopopulismo postideológico.

Defender la democracia no equivale a revertir el tecnopopulismo. Revertirlo sería como intentar reconstituir las mismas condiciones que han provocado la crisis en la que se encuentra la democracia. Dado que, hoy por hoy, es más fácil imaginar el colapso de la humanidad que concebir un sistema distinto al capitalismo, revertirlo sería como programar un bucle para reiniciar el ciclo.

 

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