martes, diciembre 23, 2025
Ideas
Paúl Trujillo

Paúl Trujillo

Gestor de capital privado, con un masterado en Riesgos Financieros.

Entre la cocaína y los chimpancés: el desafío de pensar con evidencia

El crimen organizado no se alimenta tanto de ideologías como de vacíos, opacidades y complicidades. Ayer se debilitó la capacidad del Estado; hoy, potencialmente, se filtra por donde más duele: el poder económico, la élite empresarial, el ámbito del actual gobierno.

En Ecuador, el debate político actual parece moverse entre espejos retrovisores y puntos ciegos. Un reciente reportaje del The New York Times señala que durante el gobierno de Rafael Correa se tomaron decisiones que debilitaron la lucha contra el narcotráfico —la salida de la Base de Manta, el quiebre de la cooperación antidrogas, la erosión institucional— y que ese vacío fue aprovechado por cárteles internacionales para instalarse con comodidad, como quien encuentra una puerta trasera abierta. Esa lectura, nos guste o no, obliga a enfrentar una realidad incómoda: los grandes problemas raramente nacen de un día para otro, y suelen germinar en decisiones políticas que se justifican en el discurso, pero cuyos efectos se revelan años después, cuando ya es tarde para lamentarse.

Pero mirar solo hacia atrás sería tan fácil como irresponsable. Porque mientras señalamos con el dedo al pasado, otro frente se abre hoy mismo con la investigación que apunta a que contenedores vinculados a la empresa de la familia Noboa habrían sido usados para mover cocaína hacia Europa. No es una acusación sentenciada, pero sí lo suficientemente grave para exigir transparencia absoluta y una revisión rigurosa de los mecanismos de control. Sería un error caer en la lógica de “mi corrupto sí, el tuyo no”. El crimen organizado no se alimenta tanto de ideologías como de vacíos, opacidades y complicidades. Ayer se debilitó la capacidad del Estado; hoy, potencialmente, se filtra por donde más duele: el poder económico, la élite empresarial, el ámbito del actual gobierno. Si no somos capaces de exigir la misma vara para todos, la historia se repetirá como un círculo vicioso, solo cambiando de protagonistas.

Y aquí entra una tercera historia, sorprendente y reveladora, para conectar los puntos. Un experimento reciente en Uganda demostró que los chimpancés eran capaces de reconsiderar su decisión ante nueva evidencia, capaces de distinguir entre información relevante y redundante, capaces incluso de reconocer una ilusión. Mientras tanto, nosotros, seres humanos orgullosos de nuestro raciocinio, discutimos todos los días, defendiendo creencias como trincheras, ignorando datos que incomodan a nuestra identidad política. Frente a los hechos sobre narcotráfico en Ecuador, ¿somos capaces de hacer lo que hicieron aquellos chimpancés en Uganda? ¿Evaluar la evidencia, incluso cuando contradice lo que queremos creer? ¿Aceptar que el correísmo cometió errores estructurales y que, al mismo tiempo, las sombras también pueden rozar al gobierno actual? ¿O preferimos el confort de la indignación selectiva?

Quizá el mayor desafío del país no sea solo combatir el narcotráfico, sino enfrentar la metástasis intelectual que supone no querer cambiar de opinión. Un Estado débil puede abrir la puerta a la súperautopista de la cocaína y una sociedad que no piensa críticamente, le pone la alfombra roja. La madurez democrática implica admitir que los problemas no tienen dueño único y que la coherencia no consiste en defender al líder de turno o al caudillo nostálgico que quiere regresar al poder, sino en defender la verdad, aunque incomode. Y tal vez ahí, en ese instante de duda fértil —cuando la evidencia golpea y la convicción tiembla—, podamos ser un poco menos humanos en nuestro orgullo y un poco más chimpancés en nuestra capacidad de corregir el rumbo.

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