¿Quo vadis, Moreno?

¿Quo vadis, Moreno?
Después de su éxito en la consulta popular, poco, muy poco ha cambiado en Moreno. Correa y sus fantasmas se han convertido en una especie de molinos de viento a los que se confunde con los verdaderos problemas del país y de su propio gobierno. En efecto, no vemos, y no porque seamos ciegos, que se haya dado suficiente importancia a procesos sociales como para que marquen cambios importantes en el manejo del Estado. Respetando ciertos pequeños eventos, el país no es objeto de una seria y profunda renovación.
12 de Noviembre del 2018
POR: Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

La fábula de los dos conejos viene bien porque segui-mos atrapa-dos en el tema de la inmensa corrupción correísta y hace-mos todo lo posible para no ver que el país se rezaga cada vez más".

Ha transcurrido prácticamente un año y medio desde que asumiera el poder en un clima profundamente marcado por la sospecha, la expectativa y la duda. Lo primero tuvo que ver con su relación directa, casi consustancial con Correa. Es cierto que su discurso inaugural ya ofrecía un horizonte político diferente al de su antecesor que, luego de abandonar el palacio legislativo, fue a parar en un hospital con una grave crisis de colerín porque su pupilo ya no lo alabó como esperaba ni se comprometía claramente a seguir sus pasos. 

A un año y medio de gobierno, es bueno detener el paso para mirar atrás y adelante, sin dejarse atrapar por ningún pesimismo que, a priori, descalifica todo. ¿Ser neutrales? Imposible puesto que todos y cada uno de los ciudadanos nos hallamos inmersos en el proceso. Pero se duele el alma política al ver cuán afanoso el gobierno marcha entusiasmado sobre el propio terreno. 

Después de su éxito en la consulta popular, poco, muy poco ha cambiado en Moreno. Correa y sus fantasmas se han convertido en una especie de molinos de viento a los que se confunde con los verdaderos problemas del país y de su propio gobierno. En efecto, no vemos, y no porque seamos ciegos, que se haya dado suficiente importancia a procesos sociales como para que marquen cambios importantes en el manejo del Estado. Respetando ciertos pequeños eventos, el país no es objeto de una seria y profunda renovación. 

Por más que se le ha denunciado desde muchos espacios, el correato sigue metido en el régimen convertido en la más tenaz e infame de las rémoras. De hecho, en los ministerios desde los cuales deberían haber ya aparecido nuevos proyectos y nuevas propuestas técnicas, ideativas y operativas no pasa nada. Enancados a en un falso e hipócrita anticorreísmo, ministras y ministros caminan en la noria. Lo que más se ve y se oye son los discursos de ministros y ministras que, hace poco tiempo no más vestían de verde, y que ahora enuncian (no anuncian) su total compromiso con el cambio morenista. Pero no pasa nada. Porque en verdad en Moreno no existe el enunciado programa de verdadero cambio social. Se gobierna como si no supiésemos del camaleonismo primitivo de quienes han vivido y sobreviven gracias al poder. 

El gobierno de Moreno no se ha socializado. Los ministerios que tienen que ver con lo social siguen más encriptados que nunca, y no precisamente por lo acucioso y prioritario de lo económico, sino porque lo social sigue y seguirá siendo la última rueda del coche. “Hoy como ayer, mañana como hoy, y siempre igual”. Lo social es el tema privilegiado de los discursos de marras y de las entrevistas en los medios. Y no se da un paso adelante, no precisamente por problemas económicos, sino porque el gobierno carece de una política social clara y operativa. Y porque los correístas incrustados en la piel de Moreno lo impiden.

¿Cómo pensar que aquellos que afanosamente (a veces con no poca necedad) armaron los proyectos sociales para el correato y que forman parte del gobierno actual, se van a dedicar con empeño y sabiduría a los mismos? Imposible. Algunos, pocos, muchos de ellos solo anhelan el fracaso de Moreno para beneficiar a Correa. Ninguno de ellos estaría dispuesto a desbaratar los procesos correístas en pro de Moreno. Como ejemplo, valdría la pena pensar en salud y educación en los que lo único que acontece es el silencio. 

El país se llena casi a diario con las noticias de las toneladas de drogas incautadas, hasta en los cuarteles. Pero desde que se suprimió la Secretaría de Drogas, el tema se ha reducido a eso y a nada más. ¿Qué habrá pasado con la educación, la investigación, la prevención en drogas? Temas, por cierto, absolutamente anodinos cuando lo prioritario se ha ubicado más allá de los sujetos y de su educación para colocarlo en la materialidad in-significante del decomiso. No hay dinero para prevenir pero probablemente sí para otras bagatelas políticas. 

Que no se nos responda: si los perros nos ladran, amigo Sancho, es que caminamos. No, ni lo uno ni lo otro. Porque de lo que se trata es de la experiencia creciente de que el país no se mueve al ritmo que debería hacerlo para no rezagarse aún más en la comunidad de las naciones americanas. Nuestros índices de crecimiento y los de satisfacción son demasiado bajos. El país sigue endeudándose cada vez más y, por desgracia nos hemos quedado en la crítica absolutamente necesaria e indispensable del despilfarro correísta que nos colocó al borde un abismo. Moreno no puede transformarse en ese abismo.

A estas alturas, la fábula de los dos conejos viene bien porque seguimos atrapados en el tema de la inmensa corrupción correísta y hacemos todo lo posible para no ver que el país se rezaga cada vez más en la tal lucha contra la corrupción que no puede convertirse en promesa de recién casados.