Khashoggi y la geopolítica

Khashoggi y la geopolítica
Turquía ha sabido utilizar de forma acertada y para su beneficio el asesinato de Jamal Khashoggi en Estambul. Desde el 2 de octubre las autoridades turcas han ido filtrando en pequeñas cápsulas informativas a la prensa mundial gran parte del conjunto de información de que disponen sobre este brutal asesinato. Es así que han ido generando una situación donde paulatinamente ha ido incrementándose un clamor internacional contra el príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman, quien el pasado sábado no tuvo más remedio que admitir la muerte del crítico con su dinastía.
22 de Octubre del 2018
POR: Decio Machado

Sociólogo y periodista. Consultor y analista político.

El asesinato de Khashoggi es una siniestra muestra de salva-jismo y estupidez por parte de la monar-quía saudí, la cual en un primer momento negó el asesi-nato para terminar recono-ciéndolo 18 días después".

Jamal Khashoggi era un periodista saudí relativamente conocido en Estados Unidos por sus columnas de opinión en el periódico The Washington Post. Fue un intelectual y escritor crítico al proceso de islamización impulsado por la familia real de su país y especialmente crítico con el rey Salman bin Abdulaziz debido a su política de guerra en Yemen y el bloqueo comercial a Qatar. Es por ello que Khashoggi sufrió intimidaciones múltiples que le llevaron a abandonar su país y exiliarse en Estados Unidos desde hace aproximadamente un año.

En el momento de su asesinato, Khashoggi se encontraba en Estambul con su novia turca, con quien pretendía casarse y motivo por el que debía acreditar su origen a través de documentos que únicamente podía expedir el Estado saudí. Es esto lo que origina su visita al consultado de ese país en la antigua Constantinopla.

Según versiones de la novia, ambos acudieron a las oficinas consulares el 28 de septiembre siendo Khashoggi reagendado para el día 2 de octubre, momento en el que le dijeron que estarían listos los documentos solicitados. Conocedor del riesgo que corría, Khashoggi le trasmitió a su novia que si ese día no salía del consulado o alguna anomalía percibía automáticamente notificara el dirigente del partido islamista gobernante en Turquía y a la Asociación de Prensa Turco-Árabe. Dicho y hecho, tras pocas horas de la entrada del periodista en el consulado y ante su desaparición, las autoridades turcas y prensa internacional fueron notificados de inmediato.

El asesinato de Khashoggi es una siniestra muestra de salvajismo y estupidez por parte de la monarquía saudí, la cual en un primer momento negó el asesinato para terminar reconociéndolo 18 días después.

Ahora bien, el asesinato de Khashoggi no es ni de lejos el peor acto llevado a cabo por la dinastía de este reino petrolero en los últimos años. Los bombardeos sobre Yemen y otras acciones bélicas auspiciadas por la coalición liderada por los saudíes están deliberadamente enfocadas a cortar el abastecimiento y la distribución de alimentos sobre la inocente población civil que sufre este conflicto bélico, teniendo como objetivo final generar una tragedia de grandes dimensiones sobre millones de personas desarmadas al otro lado de su frontera.

Según los últimos informes de Naciones Unidas, esos que han sido sistemáticamente ignorados por las potencias occidentales -especialmente las que tienen negocios de petróleo y armas con el reino árabe-, alrededor de 22,2 millones de yemeníes (tres cuartas partes de la población) necesitan asistencia humanitaria y 8,4 millones de ellos no tienen suficiente acceso a los alimentos. Lo anterior es fruto de que la fijación de objetivos militares por parte de la coalición agresora ha conllevado la destrucción de gran cantidad de barcos pesqueros, motivo por el cual la pesca en Yemen ha decaído en más de un 50%. En paralelo, se agudizó la falta de electricidad para bombear agua y el combustible para los vehículos agrícolas escasea, lo cual sumado a que los ataques aéreos devastaron la producción ganadera, sitúa a la población civil yemení al borde del colapso.

La coalición encabezada por los saudíes comenzó su intervención en marzo de 2015, posicionándose de lado del gobierno de Abdrabbuh Mansur Hadi y haciéndole la guerra a los rebeldes “hutíes”, a los que catalogó como esbirros financiados por el régimen de Irán. En esta operación bélica aparecen varios cómplices junto a la monarquía saudí: Estados Unidos asiste logísticamente y con reabastecimiento de combustible a las incursiones aéreas, el personal militar británico está estacionado en centros de mando y control, además de la participación más testimonial que otra cosa de los Emiratos Árabes Unidos.

Los ataques aéreos de la coalición se han vuelto más letales a partir del asedio del puerto Hodeida, en el Mar Rojo, impidiéndose así que las importaciones alimenticias yemeníes entren por dicho puerto para abastecer una población local de 600.000 habitantes. El mercado y el hospital de dicha ciudad portuaria también fueron sido atacados por las fuerzas aéreas saudíes, habiendo sido indultados sus responsables por el rey Salmán bin Abdelaziz.

Sin duda, la ausencia de protestas internacionales sobre los abusos y atentados contra la población civil de Yemen hizo pensar a la monarquía saudí que podría desaparecer a Khashoggi sin por ello tener que enfrentar mayor problema. Sin embargo el juego de la geopolítica posicionó las fichas de tal forma que estas pudieron ser bien jugadas por otro actor de gran deslegitimidad democrática y con una coyuntura de crisis económica en la región, el cual ahora se posiciona como defensor de la verdad y los derechos humanos en el tablero de juego mundial.

Turquía ha sabido utilizar de forma acertada y para su beneficio el asesinato de Jamal Khashoggi en Estambul. Desde el 2 de octubre las autoridades turcas han ido filtrando en pequeñas cápsulas informativas a la prensa mundial gran parte del conjunto de información de que disponen sobre este brutal asesinato. Es así que han ido generando una situación donde paulatinamente ha ido incrementándose un clamor internacional contra el príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman, quien el pasado sábado no tuvo más remedio que admitir la muerte del crítico con su dinastía.

El régimen de Recep Tayyip Erdogan, sobre quien recaen acusaciones múltiples de represión sobre la resistencia kurda y también sobre su disidencia política interna, ha conseguido reposicionarse internacionalmente ante los países de OTAN, organización militar de la que Turquía forma parte.

Para la estrategia de Erdogan los medios de comunicación han sido fundamentales, asegurándose -a través del suministro a cuentagotas de la información sobre el asesinato de Khashoggi- que este suceso se mantuviera de forma permanente en las portadas de la prensa internacional de prestigio. El último episodio de este desenlace fue la revelación de un audio que tendrían los investigadores turcos en el que se oye como el médico forense -posteriormente identificado como un colaborador habitual del Ministerio del Interior saudí- que viajaba con el escuadrón de 15 hombres que presumiblemente asesinó al periodista disidente lo descuartizaba vivo.

Imposible ya de cubrir por más tiempo estos hechos, la monarquía saudí se pronunció corrigiendo su primera versión en la cual se decía que Khashoggi había salido sano y salvo del consulado. El ministro de Asuntos Exteriores de Arabia Saudí, Adel al Jubeir, indicó en una entrevista el pasado domingo en la televisión estadounidense Fox, que el periodista crítico "fue asesinado en el consulado, aunque no sabemos los detalles que cómo fue…”.

En paralelo, las cámaras de videovigilancia del consulado saudí en Estambul han permitido a la prensa turca identificar a los 15 sospechosos del asesinato de Khashoggi, entre los cuales destaca Maher Abdulaziz Mutreb, un acompañante habitual del príncipe Mohamed bin Salman en sus viajes al exterior y otros cinco de estos son identificados como miembros de su seguridad personal. Las autoridades turcas creen que el supuesto "escuadrón de la muerte” viajó de vuelta a Riad en dos aviones privados esa misma noche.

El rey Salmán y el príncipe heredero Mohamed bin Salman -quien ejerciera como ministro de Defensa en el momento del comienzo de las incursiones aéreas saudíes en Yemen- han tenido que expresar telefónicamente sus condolencias al hijo del periodista asesinado.

Irán entre tanto mantiene silencio, viendo como se desprestigia su principal enemigo en la zona. En el lado contrario del conflicto, Estados Unidos se muestra benevolente con el régimen saudí, posiblemente debido a los fuertes intereses comunes que unen a ambos países hace décadas.

La Arabian American Oil Company, más conocida como Aramco, fue creada inicialmente por Standard Oil y tres socios (Texaco, Exxon y Mobil) tras el descubrimiento en 1944 de las importantes reservas de crudo existentes en Arabia Saudí. La monarquía ha ido comprando gradualmente sus partes a los distintos accionistas extranjeros de la compañía, la cual ahora rebautizada como Saudi Aramco se propone como la mayor petrolera del mundo y se espera que en el corto plazo esté cotizando en los mercados de Wall Street. Saudi Aramco y las compañías estadounidenses de petróleo siempre mantuvieron, y lo siguen haciendo, intereses comerciales  de gran importancia en este país del Golfo Pérsico.

En paralelo, el reino saudí desde la revolución islámica en Irán en 1979 se configuró como el principal aliado estratégico de los Estados Unidos en la región, siendo un importante comprador de armamento norteamericano en este momento. De hecho fue el primer país que visitó Donald Trump tras ser investido como presidente de los Estados Unidos.

De igual manera, el dinero saudí está detrás de las más grandes startups en Estados Unidos, firmas como Lyft, Uber o Magic Leap no existirían sin la aportación saudí en sus diferentes rondas de negocios. Fueron también los saudíes quienes extendieron un cheque de USD 45.000 millones a Vision Fund de SorfBank, el fondo de inversiones de riesgo más grande de todos lo tiempos, y tampoco se salva Silicon Valley, donde los magnates del desierto han posicionado en torno a USD 6.200 millones en los últimos cinco años.

Como se puede apreciar los derechos humanos y el derecho internacional quedan una vez más de lado cuando los intereses económicos se imponen. Adaptando aquella famosa frase de James Carville, asesor de Bill Clinton en la campaña presidencial estadounidense de 1992, “es la geopolítica, estúpido…”.