El ingrato oficio de gobernar

El ingrato oficio de gobernar
Correa, no obstante el viraje neoliberal de su gobierno, no quiso renunciar a los halagos del poder, y sí perdió la perspectiva de su proyecto. El “socialismo del siglo XXI” devino en un discurso legitimador de un gobierno que se ferió una oportunidad histórica, convirtiéndole al Estado en un botín para enriquecer a su círculo íntimo y a sus allegados, sin el menor escrúpulo.
24 de Enero del 2019
POR: Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Este plan le dará pie a Correa para tildar a Moreno de traidor, en la pers-pectiva de capitalizar el descon-tento que ya comienza a aflorar por la demora del go-bierno en definir un rumbo claro de acción".

El caso de Alexis Tsipras pone en debate el tema de la variación en la aplicación de los modelos. De peligroso enemigo populista, hoy Bruselas lo ensalza como estadista “por la aplicación del rescate y el histórico acuerdo con Macedonia” (El País, 20 enero de 2019). La autora de este artículo, María Antonia Sánchez, sostiene que Tsipras nunca ha perdido el norte, ni la perspectiva; confía en que en el Parlamento dicho acuerdo será ratificado “aún con el 70% de la población en contra, según el último sondeo publicado”. Escribe la autora: Tsipras “mira al frente, a largo plazo obviando los numerosos baches como simples gajes del ingrato oficio de gobernar”.

En los debates en torno a los modelos suelen olvidarse las circunstancias en medio de las cuales estos modelos se aplican. Los gobernantes se ven obligados a ajustar sus programas a la realidad. Tales los casos de Hurtado y de Correa. El primero, optó por la austeridad, en razón de que en el gobierno no es posible actuar “teniendo en cuenta solo los principios”. El segundo, tampoco pudo mantener su enfoque “ecologista” , “marxista”, siendo condenado por la aplicación de modelos “extractivistas”.

Esto muestra que las luchas que libran la izquierda y la derecha, por imponer su verdad, se sitúan en un plano abstracto. El momento en el que la una o la otra acceden al poder, aterrizan de los principios a la realidad.

Claro que ello requiere “templanza”. Porque tal viraje genera disconformidad entre los mismos partidarios, para quienes este vuelco implica una capitulación. También los adversarios se ven sorprendidos, y no dejan de sospechar que, más que de capitulación, se trata de un movimiento táctico con el que se simula retroceder “para tomar impulso”.

Desde luego que no se sabe el efecto que esa maniobra táctica pueda tener. En el caso de Tsipras el 70 por ciento de la población se puso en su contra, comenzando por su partido. Osvaldo Hurtado recuerda que las medidas tomadas por él como presidente, no fueron acogidas ni por su partido ni por su gabinete.  “¿A qué presidente le va a gustar sucretizar la deuda? (…) todos, de la derecha a la izquierda y el centro, los con plata, los de clase media, todos (estaban) en contra”. De no haber sido por el apoyo de las Fuerzas Armadas, su gobierno hubiera estado a punto de caer.

Según María Antonia Sánchez, autora del artículo citado, Tsipras “nunca ha perdido el norte ni la perspectiva, pese a todos los obstáculos que le han salido al paso en cuatro años de mandato”. El gobernante que quiere pasar a la historia no se detiene cuando las circunstancias le imponen la adopción de medidas impopulares. Él no está para ser aplaudido. Los que aspiran a la reelección se cuidan de tomar medidas duras. Quieren siempre congraciarse con los electores. Son esclavos de las encuestas.

Hurtado se jugó por la democracia, no por su popularidad. Correa, no obstante el viraje neoliberal de su gobierno, no quiso renunciar a los halagos del poder, y sí perdió la perspectiva de su proyecto. El “socialismo del siglo XXI” devino en un discurso legitimador de un gobierno que se ferió una oportunidad histórica, convirtiéndole al Estado en un botín para enriquecer a su círculo íntimo y a sus allegados, sin el menor escrúpulo. También Correa desgarró la institucionalidad democrática y provocó una polarización que afectó la cohesión social. Su “gobernabilidad” se afincó más en el boom de los commodities, antes que en su capacidad de gobierno.

Se habla de que el gobierno del Presidente Moreno es de “transición”. Sin embargo, no está claro de qué transición se trata. La distancia que ha puesto frente al régimen anterior ha sido aplaudida por tirios y troyanos. Pero en los dos años que lleva de gobernante, no ha definido una línea de acción concordante con sus principios ni con la realidad. Da la impresión de que el gobierno no tiene norte. En un momento parece decidido a jugarse por el ajuste económico, en otros parece que vacila y recula. No se sabe si está con los empresarios, con la clase media enquistada en la burocracia, con los movimientos sociales, si está con Ruptura de los 25, si está con la izquierda o con la derecha, con los pobres o con los ricos.

El anuncio de que el Gobierno alista un plan de concesión para empresas eléctricas y de telecomunicaciones da pie para hablar de privatizaciones. Según la información de prensa (Expreso 22 de enero de 2019) “el Estado recibiría cerca de 24 mil millones de dólares por la firma de contratos de adhesión según Santiago Cuesta, consejero presidencial”.  ¿A dónde irán a parar esos millones de dólares? ¿A seguir engordando a la burocracia dorada o se destinarán para impulsar la producción y la competitividad? Al parecer hay dos modalidades de privatización, la que se orienta al mercado, y la que seguirá prolongando el superávit fiscal.

Sin duda este plan le dará pie a Correa para tildar a Moreno de traidor, en la perspectiva de capitalizar el descontento que ya comienza a aflorar por la demora del gobierno en definir un rumbo claro de acción. Ya se empieza a añorar el “temple” de Correa, dada la cultura proclive al autoritarismo de buena parte del electorado ecuatoriano.

Pero no solo en la economía se advierten déficit. En el campo social se siente un gran desasosiego. El empleo y el subempleo crecen, la pobreza y las desigualdades sociales se ahondan. Y en este contexto el gobierno cometió un gran desatino: desviar la atención del horrendo crimen cometido en Ibarra hacia la nacionalidad del victimario. Sugerir que la nacionalidad del criminal fue la causante del femicidio dio lugar para que Maduro y Diosdado Cabello le acusaran a Moreno de instigar la xenofobia. Esto también será utilizado por Correa.

Hace falta, pues, un plan integral que no centre su atención solo en la economía. Faltan políticas públicas en los más diversos frentes. La violencia contra las mujeres atraviesa todos los ámbitos de la sociedad. Hay un problema cultural arraigado. El machismo no es de ahora, viene de lejos. Ello incumbe a la educación en todos los niveles, familiar, público y privado. Es un “hecho social”, al decir de Durkheim.

La “falencia policial” no está desconectada de la situación social de la policía, del origen social de los policías, de la discriminación de la que son víctimas. Las lacras de la justicia, de jueces corruptos, del entrampamiento de la justicia en redes de intereses y prácticas contrarias a la ley.

La sociedad y el Estado no han podido desterrar formas arcaicas de organización. Las instituciones no han logrado consolidarse. Siguen primando las jerarquías sociales, los vínculos de parentesco, las trincas, los arreglos al margen de la ley. Los partidos políticos son círculos cerrados en los que se cultiva el arribismo, el acomodo, las ambiciones; son ajenos a las ideologías, a la moral, a los deberes con la sociedad y con el país. Hay un divorcio entre las campañas electorales y la tarea posterior de gobierno.
Hace falta un gran acuerdo nacional para garantizar una transición a un orden verdaderamente democrático, basado en objetivos claros y precisos para construir un país que valore la vida en común, en el que sus gobernantes y ciudadanos rindan cuentas, asuman sus responsabilidades y no se queden impávidos frente a los crímenes que se cometen en su presencia.

Todos somos Martha y Daniela, pero también todos somos policías y “amigos” que abusamos consciente o inconscientemente de nuestra supremacía machista.